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El riesgo de las elecciones

El Gobierno busca seducir al mercado pero al mismo tiempo lo asusta con su estrategia política.

El viaje del presidente Macri a Hamburgo para participar de la reunión del G-20 ocurre en un contexto muy distinto del que tenían las participaciones argentinas en estas reuniones hasta diciembre de 2015. El realineamiento internacional argentino le ha venido permitiendo acceder con fluidez a los capitales externos que financian la corrección gradual de los desequilibrios macroeconómicos.

Junto con este beneficio financiero, el vínculo cada vez más estrecho con las potencias vuelve a los activos del país cada vez más vulnerables a lo que ocurra en aquellos países. Y exagera la importancia de riesgos locales que mientras nuestros mercados estaban aislados pasaban desapercibidos, pero ahora son referencia ineludible en los prospectos.

MSCI, la entidad que construye los índices de acciones que utiliza la mayor parte de los fondos mutuos como referencia para sus inversiones, hizo hincapié en estos riesgos domésticos para decidir mantener a las acciones argentinas dentro del índice de mercados de frontera, en lugar de reclasificarlos hacia el mucho más relevante índice de mercados emergentes. La decisión no-positiva de MSCI se sostuvo sobre la necesidad de tomarse un tiempo para confirmar que los cambios se sostienen en el tiempo.

Es que a la coherencia del discurso económico del Gobierno se oponen algunos riesgos que emanan del propio discurso oficial. Cuando, por estrategia electoral, Marcos Peña agita el fantasma de la vuelta del kirchnerismo, juega un juego peligroso para el mundo financiero. Algunos economistas y funcionarios, en voz baja, levantan el dedo contra el Jefe de Gabinete, asignándole a esta estrategia política la culpa de la decisión de MSCI.

Financiar una baja gradual del déficit y la inflación requiere del acceso fluido al ahorro externo. Éste ha estado disponible porque el mercado cree que el Gobierno será capaz de concretar muchos cambios estructurales a mediano plazo. Cuando aumenta el riesgo de que el cambio se revierta, la llegada del capital externo pierde fluidez. Por eso mismo, una estrategia política basada en la creación del fantasma del regreso de Cristina Kirchner no es inocua y puede derivar en una carambola aleatoria.

El temor a una marcha atrás como la que supondría este fantasma quizás sirva al juego electoral, pero de poca ayuda resulta para las necesidades cotidianas del Tesoro y para atraer inversiones externas. Es que si el nuevo rumbo tiene tanto riesgo de ser torcido, como amenaza el propio Gobierno, la decisión de MSCI y la demora en la llegada de las inversiones externas encuentra una justificación válida.

Con altos rendimientos para los bonos argentinos y valoraciones accionarias que ofrecen un gran descuento sobre el valor intrínseco de las empresas, no sorprende que el dinero llegue con fluidez hacia los activos financieros del país. Pero desde hace un par de semanas los precios comenzaron a perder vigor, por la percepción de que ha aumentado el riesgo político y por la decisión de MSCI, dos factores íntimamente ligados y en cuya aparición el Gobierno no es inocente.

Porque el riesgo subjetivo que activó no tiene, en la realidad, un correlato tan evidente. La coalición de Cristina Fernández sólo estará presente en la Provincia de Buenos Aires y en un par de distritos más; por muy bien que le vaya, no sacará más de 15% de los votos a nivel nacional. Demasiado poco como para hacer creíble la amenaza que enarbola el Gobierno, pero lo suficiente como para que el veleidoso mercado la crea.

La reinserción Argentina en el mundo y la creciente interrelación entre sus activos financieros y los mercados del exterior agranda el riesgo que proviene de fuentes externas. Los riesgos macroeconómicos propios, con la inflación y el déficit fiscal a la cabeza, sólo dependen de nosotros. Para éstos, el Gobierno planteó un sendero gradual de corrección que resultaba creíble para los inversores, pero las elecciones lo han hecho dudar, a partir de la estrategia política de Cambiemos. ¿Es bueno agrandar un riesgo político que en los hechos no parece tan grave?

Convertir un círculo virtuoso en un círculo vicioso depende a veces de factores bastante subjetivos. Riesgos externos no faltan, y los problemas macroeconómicos propios son desafiantes. No hace falta crear nuevos fantasmas cuando no los hay.

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