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Franqueza alemana

Los empresarios alemanes lamentaron que en Argentina la interpretación de la ley cambie según quien sea que ejerce el gobierno

Cuando se pregunta a un argentino qué características cree que tienen los alemanes, generalmente aparecen adjetivos como frontales, rigurosos, eficientes. Se dice que los alemanes acostumbran decir y hacer las cosas sin dar demasiados rodeos ni dar lugar a interpretaciones libres.

Diversos momentos de la reciente visita de la canciller Angela Merkel a la Argentina sirvieron para corroborar esta creencia. En una rueda de consulta acerca de lo que necesitarían las empresas para invertir más en Argentina, los ejecutivos alemanes pusieron el foco en la necesidad de que haya planificación a largo plazo, más transparencia y mayor seguridad jurídica.

Con todo, el 70% de las empresas reunidas pronosticó que sus ventas en Argentina crecerán, en tanto que el 56% anunció mayores inversiones "en 2018" (¿el eterno segundo semestre?). De todas formas, casi ninguna de las inversiones anunciadas parecería salir del terreno de lo "normal" que las mismas empresas han venido haciendo durante toda su vida en el país, sino que parecerían conformar el mínimo necesario para mantener sus activos en buen estado.

Lo que ocurre con los empresarios alemanes no proviene de una naturaleza especialmente conservadora, sino que es propio cualquier inversión de largo plazo, venga de donde venga. Por eso, el alud de inversiones que pronosticaba Macri sólo ocurre en el flujo financiero. En la economía real, el capital llega con cuentagotas.

A cuento de esta dicotomía entre euforia financiera y cautela en las inversiones reales, un ascendente periodista preguntaba esta semana qué incidía más en una decisión de inversión: la rentabilidad o la institucionalidad. Se trata de una pregunta mal formulada, pues la institucionalidad es sólo uno de varios factores que se ponderan a la hora de determinar cuál debe ser la rentabilidad necesaria para avanzar con una inversión.

Si sólo la institucionalidad contara, los inversores extranjeros no comprarían tantos títulos de deuda pública o privada, en dólares y hasta en pesos, como lo hacen. La cuestión es que la inversión financiera tiene cualidades que hacen a la Argentina elegible aun cuando siga sin ser un buen destino para instalar una fábrica. De hecho, el precio de los títulos de deuda de la República subieron mucho en los últimos dos años y el premio que ofrecen contra los bonos de países vecinos se comprimió casi 5 puntos porcentuales en el proceso. El capital les llega porque los inversores consideran su rentabilidad adecuada para la liquidez y el riesgo de crédito que tienen en el corto plazo.

Instalar una fábrica, por el contrario, requiere previsibilidad de largo plazo. La planta no puede convertirse de inmediato en efectivo si la cosa se pone fea.

De todos modos, algunas inversiones reales han comenzado a llegar, aunque han estado concentradas en sectores que recibieron incentivos. Por ejemplo: la producción de gas natural en Vaca Muerta, imprescindible para recuperar la autosuficiencia de hidrocarburos. Otro ejemplo: la generación de electricidad, vital para terminar con la fragilidad del sistema eléctrico y con los recurrentes cortes de luz.

Argentina necesita inversiones para desarrollarse, pero no tiene el capital para hacerlo. Cuenta con los recursos, naturales y humanos, para ser un lugar atraer ese capital. Pero necesita leyes estables, transparencia y planificación de largo plazo, algo que en su historia le ha costado mucho ofrecer. El peso de esta historia juega un rol clave en las decisiones de inversión.

En 2012, el entonces ministro de Economía Axel Kicillof decía que "seguridad jurídica y clima de negocios son conceptos horribles". Quizás lo dijera desde su academicismo: los libros de texto insisten en ignorar este tipo de conceptos abstractos, difíciles de "modelar".

Pues bien, los empresarios alemanes convocados por Merkel se ocuparon de poner en claro que, aunque no lo veamos, el tema existe, haciendo una referencia explícita a que "Argentina tiene una historia que cada cuatro u ocho años cambia de rumbo". Si para invertir hace falta rentabilidad, sería astronómica la rentabilidad que se requiera de cualquier proyecto que necesite recuperar el capital y una ganancia en un plazo tan exiguo.

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