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La corrupción puede llegar a aburrir

Agitar la corrupción como tema de campaña puede ser un arma de doble filo si de la acusación no se pasa a la determinación de culpas.

En el programa Análisis PM, Jorge Fernández Díaz afirmó que el asesor presidencial Jaime Durán Barba le había aconsejado a Macri "profundizar la grieta" para aumentar las chances de Cambiemos en las elecciones legislativas.

Parece improbable que Durán Barba o Macri hayan resuelto revelar con tal candor sus planes al periodista, pero, sin embargo, es factible que no erre en el diagnóstico. Así lo confirma el protagonista principal que parecería haber elegido el Gobierno para la campaña: la corrupción.

La irrupción de dos temas así lo confirman: las denuncias de Aldo Ducler, banquero muy cercano a los expresidentes Kirchner, respecto de las maniobras mediante las cuales éstos se hicieron con los recursos de Santa Cruz y luego facilitaron la entrada de los Eskenazi en YPF, y los rumores de que el Gobierno ya tiene en su poder un listado con quienes recibieron sobornos de la empresa brasileña Odebrecht, deslizado en la versión online de Clarín por Marcelo Bonelli.

No deja de llamar la atención el oportunismo con que aparecen estas noticias, a escasos 13 días del cierre de las candidaturas. Temas que llevan más de una década, como el de los fondos de Santa Cruz o al menos un par de años, como el de las delaciones de Odebrecht, toman impulso en un momento oportuno para el Gobierno.

Si Bonelli tuviera razón, la pregunta apropiada sería acerca de los motivos por los cuales el Gobierno aún no hizo llegar la información a la justicia. Porque muy grave es que haya habido sobornos, pero muy grave también sería manipular los tiempos de presentación de las pruebas para obtener algún beneficio electoral.

Basar la campaña sobre cuestiones vinculadas con la corrupción puede ser una frazada corta, como se ve en Brasil. En primer lugar, porque la investigación en ese país está a punto de salirse de cauce y podría acabar por alcanzar a nuestro país de las maneras más inesperadas. Será arduo ver quién queda tan libre de culpa como para poder arrojar la primera piedra. La experiencia brasileña sugiere que el proceso podría tener una duración más larga y un alcance más extendido que lo deseable.

El hecho es que los jueces han comenzado a premiar quizás en demasía las delaciones. Marcelo Odebrecht está en la cárcel, pero los hermanos Batista han sido premiados por su delación contra Temer con la exención de una causa penal y con la posibilidad de vivir en los EE.UU.

Semejantes beneficios han estimulado a hablar a muchos empresarios y políticos. Todos quieren delatar a cambio de salvarse de la cárcel, como los Batista. El entusiasmo de los potenciales delatores podría dar pie a una caza de brujas que extienda el estancamiento de la actividad parlamentaria y de la misma actividad económica en Brasil.

El punto es que la propia investigación podría, eventualmente, perder apoyo popular si se perciben que los beneficios son menores que los costos económicos que se asumen.

Macri ha reclamado en repetidas ocasiones que desea que los argentinos volvamos a hablar con la verdad, para reconstruir la confianza entre nosotros. Pero, si fuera cierto que su Gobierno manipula la información con fines políticos, afanado en, como dice Fernández Díaz, agrandar la grieta entre su administración y la administración corrupta que lo precedió, estaría obrando en sentido opuesto al de sus palabras. Y llevando a cabo una campaña que no tiene más que diferencias temáticas con la que podría llevar un gobierno de otro signo.

Es posible que el debate en torno a la corrupción logre ser instalado como tema central para la campaña que conduce a las elecciones de octubre. Pero la corrupción no es un tema que ayude a construir un futuro mejor, sino que trata sobre un pasado que debería ser investigado por la justicia y no ser susceptible de manipulación política. Y, como parece haber comenzado a ocurrir en Brasil, podría correr el riesgo de ser una moda pasajera, sobre todo si las acusaciones no conducen a una investigación y a la determinación de cargos para los culpables.

Puesto que al fin de cuentas: ¿A quién puede sorprender saber que algún exfuncionario haya recibido sobornos? Y: ¿A quién saber que los fondos de Santa Cruz fueron apropiados por los Kirchner? La repetición de la especie ha hecho que cualquier acusación deje de constituir una novedad, por más alto que ahora se la grite. La verdadera novedad sería tener culpables.

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