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La mayor suposición del Presupuesto

El desafío para el Gobierno es que el mercado siga creyendo que existe un programa de reducción del déficit fiscal

Hace poco más de 10 meses, el ministro de Hacienda diseñó un sendero de reducción del déficit fiscal que conducía a un presupuesto equilibrado en 2019.

Es probable que ese sendero supusiera la capacidad de efectuar ajustes en el gasto público que resultaron impracticables, como en el caso de la eliminación de los subsidios en las tarifas de gas y electricidad. Entre la teoría y la práctica median un montón de variables que los modelos de libro de texto no recogen: sindicatos, consumidores enojados (que votan), intereses políticos.

Así es que el tiempo hizo que aquel sendero inicial debiera ser reemplazado por previsiones bastante menos optimistas. Parte de estas nuevas previsiones se ven ahora reflejadas en el proyecto de Presupuesto para 2017, en el cual el déficit fiscal, que originalmente se preveía que cayera 1,5% del PBI en 2017 respecto de 2016, ahora se mantiene en los mismos niveles. Todo un desafío para la política de financiamiento.

Quizás más preocupante resulte el hecho de que no sólo en 2017 sube el déficit, sino que no se anunció el programa de reducción para los años siguientes. Apenas si se escuchó al ministro, en un reportaje radial, mencionar que en 2019 el déficit será de 1,4% del PBI. Ya no habrá un presupuesto equilibrado ese año.

Existen economistas que, demasiado enfrascados en sus modelos macroeconómicos, reclaman del gobierno acciones impracticables. No se puede exigir un derrumbe del gasto público brutal que resulte inaceptable para la sociedad.

Pero si se pueden pedir reglas claras; reglas que no cambien. Este punto es particularmente importante si el sostenimiento del déficit y la gradualidad fiscal se sostienen sobre la credibilidad que la política económica genera en el mercado de bonos que financia los desequilibrios. Puesto que, como parte de su plan de reducción de la inflación, el Gobierno ha optado por depender cada vez menos del financiamiento del Banco Central y cada vez más del financiamiento mediante la colocación de bonos.

He ahí donde el Presupuesto 2017 enfrenta su mayor reto: en la necesidad de que el mercado financiero siga tan predispuesto como hasta ahora a proveer los fondos que sostienen la gradualidad. Esta es la suposición clave del proyecto de Presupuesto. La verificación de esta hipótesis no depende solo de la buena voluntad de los prestamistas, sino de otros factores. Factores sobre los que el Gobierno nada puede hacer, como el nivel de tasas de interés en el resto del mundo, y factores sobre los que tiene gran responsabilidad, como, por ejemplo, dotar de credibilidad al sendero de ajuste fiscal y al programa financiero que proponga.

Pues la famosa razón de deuda pública con el mercado a PBI, en la que el Gobierno se relaja para afirmar que el endeudamiento nacional es bajo y para suponer que no habrá problemas de financiamiento, es una medida muy parcial del asunto. Supone que el Tesoro nunca debería pagarles a los organismos del sector público a los cuales les debe. Pero en los hechos el Banco Central cambió una letra intransferible por bonos transables. Y el pago de los juicios de jubilados y el ajuste de los haberes probablemente haga que parte de los bonos que hoy tiene el Fondo de Garantía de Sustentabilidad termine por pasar al mercado.

Una cosa es que el descalabro de arranque requiera mantener desequilibrios en el corto plazo, y otra que no quede claro cuando esos desequilibrios serán curados. Si, como se ha dicho, no es razonable exigir que se elimine todo el déficit de un plumazo, si se puede exigir que el sendero de ajuste y el programa de financiamiento sean informados con claridad.

La justificación más recurrente para el hecho de que el gasto público no se contraiga en 2017 es política y no económica: el Gobierno necesita ganar las elecciones del año que viene para seguir adelante con su programa de reformas. Una especulación que no distaría mucho de aquellas a que nos tenía acostumbrados el kirchnerismo, por más elegante que sean las formas con que se las exprese.

La gradualidad se sostiene sobre la avalancha de fondos financieros que financian el bache fiscal. Una avalancha que hace un año hubiera parecido imposible de concretar. Y que así como llegó puede esfumarse si el mercado deja de creer en que el déficit fiscal tenderá a desaparecer en el futuro próximo.

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