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Que cien años no son nada

Más que la tasa o el plazo del bono de 100 años, lo importante es que el bono ocurre porque el déficit fiscal es muy elevado.

El Programa Financiero anunciado por el Ministerio de Finanzas a comienzos de año informaba de necesidades de financiamiento por unos $723 mil millones para hacer frente al déficit primario más los vencimientos de capital e intereses de la deuda pública.

Se proyectaba que los mercados de capitales proveerían unos $510 mil millones, de los cuales $179 mil millones provendrían de emisiones en el mercado internacional. Neto de los vencimientos de capital, la deuda por títulos aumentaría en unos $200 mil millones, de los cuales la deuda externa representaría apenas US$545 millones.

Recorrido casi medio año, se advierte que será necesario emitir más de lo previsto. El Presupuesto nacional suponía un tipo de cambio promedio de $17,92 por dólar para el año. Pero en lo que va del año el tipo de cambio promedio ha sido de $15,68 por dólar, con lo cual cada dólar de títulos vendidos rindió, en pesos, 13% menos de lo proyectado.

La acumulación de vencimientos entre abril y junio, aunado al tipo de cambio menor al esperado explican por qué se ha llegado al monto originalmente proyectado de emisiones de deuda externa en apenas seis meses. La fortaleza del peso ha hecho necesario vender más títulos en moneda extranjera para alcanzar los pesos que se proyectaba recaudar.

Para satisfacer las necesidades de emisión de títulos, el equipo de Finanzas podía escoger entre distintas monedas y plazos. Desde un primer momento, el equipo financiero puso como objetivo explícito construir una curva de referencia en dólares, que provincias y emisores del sector privado pudieran utilizar para saber con mayor precisión el precio al que podrían emitir sus propios títulos de deuda.

En el afán por construir la curva, fueron ampliándose los plazos, a medida que el apetito de los inversores por la deuda argentina crecía, gracias a la confianza que inspiraban la política económica del Gobierno.

Apenas se resolvió el conflicto con los holdouts, la demanda por los títulos argentinos se concentraba en los plazos de 3 a 5 años. En aquel momento, el plazo de 10 años no atraía tantos inversores.

Con el correr de los meses, el mercado se sintió más cómodo y las emisiones resultaron más fluidas. Tanto que la curva argentina se pobló con papeles a 10, 20 y 30 años. Hasta que esta semana ocurrió lo que hace un año hubiera sido imposible: Argentina colocó un título a 100 años. Se ha vertido mucha tinta sobre la conveniencia o no de la emisión: ¿fue una bendición o puro machismo del equipo de Finanzas?

Es evidente que si alguien le presta al país a 100 años con una tasa de 7,9% lo hace únicamente porque lo considera conveniente. La prueba más contundente está en los US$10 mil millones de demanda que recibió el país por el bono. Ese rendimiento le permite al inversor recuperar el capital en 13 años y disfrutar de la renta durante 87 años más. Claro que, tratándose de Argentina, la cuestión nunca es tan simple como sentarse a esperar los pagos: desde 1816, el país entró en default ocho veces. Si 100 años es mucho tiempo en cualquier lugar, en Argentina es una eternidad.

Más discutible es si para Argentina era conveniente comprometerse a pagar esa tasa fija durante un siglo. Ni los detractores ni el Gobierno lo saben, aunque gasten saliva en atacar o celebrar la emisión. Pero, en cien años, seguramente habrá momentos, como el actual, en que parezca errado aceptar una tasa tan alta, y otros en que podría ser vista retrospectivamente como un gran acierto.

También resulta intrascendente, y desviada del punto principal del asunto, el debate sobre el supuesto "festival de bonos" al que nos ha conducido el Gobierno. La deuda pública total crecerá menos de 4 puntos del PBI este año, de los cuales apenas 2 puntos serán explicados por la mayor deuda por títulos y un insignificante 0,3% del PBI por la porción correspondiente a la deuda externa. Cuesta encontrar, entre estas cifras, un escándalo o un "festival de bonos".

Al final del día, lo más relevante de la emisión no es el plazo, ni el rendimiento, sino el motivo por el cual tuvo lugar: el déficit fiscal. Claro que sobre esta cuestión ni el Gobierno ni la oposición parecen demasiado interesados en debatir.

De todas formas, el mercado parece creer que después de las elecciones habrá un ajuste fiscal. Indudablemente, los rendimientos de los bonos ayudan a que alimentar esa fe.

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