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Sobre la inflación y el BCRA

No por presiones políticas sino por la falta de evidencia acerca de un rebote inflacionario, es probable que el BCRA no vuelva a subir las tasas.

La suba de 2,6% del Índice de Precios al Consumidor (IPC) levantó polvareda dentro del Gobierno y puso en alerta a los economistas y al mercado financiero.

Cuando hace un mes el Banco Central (BCRA) aumentó 1,5 puntos porcentuales la tasa de interés, los economistas criticaron con dureza a la autoridad monetaria por considerar que su meta de inflación de 17% era una demasiado ambiciosa y potencialmente dañina para la economía.

Con el IPC de abril las críticas se renovaron, quizás a modo de previsión respecto de la decisión que la suba en el IPC pudiera desencadenar en el directorio del BCRA. Una nueva suba de tasas sería, para ellos, escandalosa y frenaría la economía en un punto en el que, con fragilidad, parecería querer comenzar a levantar vuelo.

Es vox populi el disgusto que varios ministros tienen con Federico Sturzenegger por su estoica batalla contra la inflación. Lo acusan de no interesarse por la marcha de la economía. O, peor aún, de pretender frenarla para contener la inflación. Que es lo que justamente hacen los banqueros centrales en los países serios para mantener la inflación a raya.

El enojo de ministros y economistas se centra en lo que consideran una posición híper-ortodoxa del BCRA, que suponen inadecuada en vísperas de las elecciones legislativas de este año, para las cuales consideran políticamente imprescindible llegar con una economía recuperada.

Es difícil que el BCRA decida aumentar la tasa nuevamente el próximo martes. No por los pronósticos agoreros que hacen los economistas respecto del impacto electoral que tal decisión generaría, ni por un relajamiento de la política monetaria. Lo más probable es que no lo haga porque no necesita hacerlo.

Las cifras del INDEC son preocupantes, pero dejan margen para la duda. Sobre ellas actuaron factores "de única vez" y factores estacionales que no se repetirán en varios meses. Entre los primeros está el aumento en las tarifas de gas en el Gran Buenos Aires. Entre los segundos, se observan aumentos en indumentaria (por el cambio de estación) y educación (con cuotas mayores para cubrir los acuerdos salariales) que acabaron por ser los rubros que más impulsaron la suba inflación de abril.

Los alimentos, el rubro con mayor ponderación en el IPC, subieron 2,2% en abril. Pero también en este rubro hay cuestiones excepcionales: sólo la carne y los lácteos registraron subas fuertes, por cuestiones estacionales, mientras que el resto tuvo aumentos mucho más moderados y consistentes con la meta.

Más allá de estas cuestiones técnicas, la inflación debería morigerarse en los próximos meses. Los números de abril fueron influidos por el reacomodamiento de precios regulados, en los que ya no habrá novedades hasta noviembre, y por un alto componente de estacionalidad. Sin estos dos factores, la suba del IPC hubiera sido de 1,5% en abril. Un número bastante próximo a la inflación "núcleo" que registraron la Capital y Córdoba, y a la meta del BCRA.

Además, cuesta percibir presiones inflacionarias en un contexto en que hay capacidad ociosa en muchos sectores productivos. No son pocas las industrias que comentan a quien quiera oírlas que entre la poquedad de la demanda y la apertura de la economía que permite la llegada de productos importados baratos, no pueden aumentar los precios al ritmo del IPC.

Es difícil, pero no imposible, que el BCRA suba la tasa el próximo martes. Pero no por presiones políticas sino porque así como antes no tenía indicios firmes de que la inflación estuviera controlada, ahora no puede asegurar que esté desbocada.

Estamos tan acostumbrados a no hacer lo que debemos hacer, que cuando alguien lo hace nos parece irracional. Que el IPC del INDEC registre el mayor aumento de precios en el país habla a las claras de una novedad: las estadísticas públicas son creíbles.

Como también es normal que el BCRA haga lo que hace si su función es controlar la inflación. ¿Qué tiene que ver un objetivo permanente (bajar la inflación) con una meta circunstancial (ganar las elecciones)? Esa forma de pensar la cosa pública es la que nos ha costado décadas de ilusiones perdidas. La política podrá tener una opinión respecto de cómo bajar la inflación, pero no debe hacer de ese objetivo permanente un rehén de las elecciones. Claro que esto sólo aplica en tanto queramos ser alguna vez un país normal.

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