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Un curso de negociación para el Gobierno

El Gobierno deberá revisar su estrategia de negociación si no quiere poner en riesgo el programa fiscal

El acuerdo alcanzado entre el Gobierno y las provincias al momento de acordar una nueva redacción para la Ley de Impuesto a las Ganancias pone de manifiesto la precariedad con que se dirimen los grandes temas de la Nación. Resulta llamativa la simpleza con que se modificó diametralmente la redacción de una media sanción en Diputados que parecía escrita en piedra.

Los éxitos legislativos logrados al comienzo del mandato de Macri, aquellos que le permitieron designar jueces para la Corte Suprema o arreglar con los holdouts, fueron logrados gracias a extensas negociaciones previas en que se logró convencer a los legisladores y así lograr el objetivo beneficioso que se pretendía. En el tema Ganancias, encarado con poca coordinación y mucha prisa, el Gobierno sufrió un sofocón que lo forzó a negociar ya no para obtener beneficios sino para controlar los daños.

Daños que importan mayores erogaciones del fisco y un mayor déficit. La oposición parece haber comprendido bien que este flanco constituye el talón de Aquiles del oficialismo. Al Gobierno no le sobra demasiado espacio para convencer a los mercados financieros de la razonabilidad de su programa gradual de ajuste. Hay quienes ven en la salida de Prat Gay cierto descontento de Macri para con la heterodoxia del exministro y su suficiencia a la hora de confiar en su capacidad de convencimiento. Pero también medió el descontento de Prat Gay para con la forma en que se lo apartó del tratamiento del asunto Ganancias, que sin dudas le competía de manera central.

Que haya finalmente habido una redacción más dadivosa de lo que pretendía Prat Gay (también el Gobierno), pero que ésta no fuera tan destructiva como la que Massa y el FPV habían aprobado en Diputados, estuvo más vinculado con la interna del PJ que con la habilidad negociadora de los operadores del macrismo: los gobernadores peronistas no quisieron otorgarle una victoria a Massa.

Queda abstracta, a la luz del desenlace, la pregunta sobre qué hubiera pasado si Macri vetaba la ley. Ante la alternativa de mostrarse firme y prometer que el año que viene insistiría con un proyecto superador, optó por acordar, quizás suponiendo que así se aseguraría una Navidad tranquila.

Esta situación se viene repitiendo con peligrosa asiduidad: el Gobierno cede a cuanta presión enfrenta. Cede con dinero y con relajación de las metas fiscales, y para colmo no genera grandes beneficios con tal dadivosidad. Sindicalistas, piqueteros, líderes de organizaciones sociales, gobernadores y opositores han sido una máquina de generarse ingresos o beneficios a costa del Gobierno, cediendo poco a cambio. Y se ha hecho una costumbre esta de apretar para generar ingresos: no pasa un día en la Ciudad de Buenos Aires sin que el tránsito sea un infierno a causa de las manifestaciones, huelgas y piquetes realizados por los mismos beneficiarios de las dádivas gubernamentales.

Ya lo ilustró Emilio Pérsico, el líder del Movimiento Evita, en una entrevista reciente, cuando dijo que el Gobierno "no puede bajar el gasto público porque nosotros no se lo permitimos" (http://www.revistacrisis.com.ar/notas/puchero-la-evita).

Resulta ésta una gran encrucijada hacia adelante. El Gobierno está atrapado entre la necesidad de cautivar a los mercados y a la vez asegurarse una paz social por cuya fragilidad teme. El cambio de Prat Gay por el más ortodoxo y fiscalista Dujovne responde a una estética que no funcionará si no se concreta en los hechos.

El mundo cambió a partir de la elección de Donald Trump. Para Argentina, el crédito perdió fluidez y su costo se encareció. Es una pregunta abierta si el financiamiento del abultado déficit pronosticado para el año entrante estará disponible. Parece razonable suponer que lo estará, pero los mercados suelen ser veleidosos. Lo que sí es una certeza es que, sin un ajuste fiscal creíble después de las elecciones de 2017, la paciencia se acabará.

Fiascos como los de la Ley de Impuesto a las Ganancias muestran que para ganar esa credibilidad el Gobierno deberá cambiar su estrategia de negociación. Por ahora, con poca coordinación entre sus cuadros, sus oponentes no lo ven como un hábil negociador. Por el contrario, lo ven como a alguien que para evitar problemas saca la chequera sin pedir casi nada a cambio.

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