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Un norte para el Gobierno

El Gobierno parece en ocasiones poco dispuesto a implementar el plan estratégico que tiene en mente

En no pocas ocasiones, el Gobierno ha dado muestras de una impericia preocupante. El mejor equipo de los últimos 50 años no sólo ha cometido algunas gaffes muy costosas, sino que en no pocas ocasiones parece empeñado en negociar en términos ventajosos para quienes más se oponen a su éxito. Como ocurre con los piqueteros y como parece que acabará por ocurrir con los docentes de la Provincia de Buenos Aires.

Definir una estrategia de crecimiento y desarrollo es la tarea de un Gobierno. Vender esa idea a la población es indispensable para generar consenso alrededor de ella. Es imposible lograr apoyo para un proyecto desconocido.

Que el Gobierno no diga con todas las letras hacia donde pretende llevar al país puede deberse a la arrogancia o a una actitud culposa. Sería arrogante si presupone que todos saben para dónde vamos. Sería culposo si no marca el rumbo porque teme ser tildado de desalmado por aquellos a quienes ese rumbo desplace. Pero de eso se trata, precisamente, gobernar: de decidir lo que se considera mejor para el conjunto de la sociedad, aunque la decisión afecte a algún sector.

Y es que culposa para su actitud en relación con sus mayores detractores: los sindicatos y los líderes piqueteros. Con todas las armas en la mano y un apoyo popular sustancial, no se ha animado a blandir las armas con que cuenta para anular la resistencia de esos opositores.

De dónde viene esa culpa no es difícil de discernir: muchos de quienes no votaron a Macri en 2015 no lo digieren porque lo consideran rico, sus funcionarios son ricos y por lo tanto suponen que gobierna para los ricos y que es insensible con las penurias cotidianas de la gente. Contra estas acusaciones se siente indefenso el Gobierno y lleva las de perder cuando una disputa se le plantea con esta lógica.

Y sin embargo, poco de lo ocurrido durante el último año parecería justificar una acusación de insensible por parte de la oposición. Los resultados preliminares de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) correspondientes al cuarto trimestre de 2016 sugieren, en su conjunto, una leve mejora en las condiciones del mercado de trabajo respecto de lo observado en los dos trimestres anteriores. Incluso, las cifras sugieren que aunque no todo el empleo perdido durante 2016 había sido recuperado hacia fin de año, la pérdida de puestos de trabajo había sido reducida a un número poco significativo.

El problema es que las penurias están concentradas en determinados sectores, y no afectan a la totalidad de la población. En un esquema en que se busca atraer inversiones para los sectores más productivos de la economía, los más afectados serán los empleos en los trabajos de baja productividad, o poco competitivos con el resto del mundo. Liberar importaciones, por ejemplo, afectará a algunos productores locales y a algunos miles de empleos en esos sectores. Pero los beneficios alcanzarán a los millones de consumidores que los compran.

Los principales reclamos de sindicalistas y líderes piqueteros, despidos y reducción del gasto público, no encuentran correlato en los datos.

Los resultados de la EPH no parecerían dar sustento a la queja por la pérdida de puestos de trabajo. Un reclamo que tampoco las encuestas de opinión recogen. En todas ellas la pérdida del empleo pelea por un claro tercer puesto con la corrupción (muy por detrás de la inflación y la inseguridad) entre las preocupaciones de la gente. Ni por asomo hay una sensación de crisis como la que plantean los sindicalistas y piqueteros.

Respecto del gasto público, no hay dudas de que el estado gasta mucho y mal, ni de que lo ha hecho nuevamente en 2016. La queja, por lo tanto, parecería referirse al futuro: si el Gobierno es consecuente con su plan, el empleo público de menor productividad debería preocuparse. Parte del conflicto docente puede entrar en esta sintonía.

No se trata de tener o no sensibilidad social. Es una cuestión de tener o no un plan que se considera superador para el conjunto de la sociedad. Para eso fue elegido. Será inevitable que algunos ganen y otros pierdan con cualquier plan.

Cuando transa con sindicalistas y piqueteros, para quienes el fracaso del plan estratégico del Gobierno es una necesidad, el Gobierno conspira contra sí mismo y contra quienes lo votaron para cambiar. Cuando los encara con actitud culposa, termina indefectiblemente enriqueciendo a sus líderes, sin borrar en absoluto las causas estructurales que perpetúan las penurias de las bases.

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