Editoriales

Entre el elogio y la elegía del guardapolvo blanco

¿Quién se acuerda de Genaro Giacobini? A decir verdad, más que preguntar de ese modo, habría que hacerlo interrogando acerca de quién conoce, en la actualidad, algo que haga al nombrado merecedor de ser recordado. Para contribuir a hacerlo habría que señalar que Genaro Giacobini (1889-1954) fue, según se dice, un dedicado médico porteño; de los llamados "médicos de barrio", que ejerció su profesión en parte de lo que es hoy Parque de los Patricios, en el sector en su época conocido como "barrio de las ranas"; en el que moraba una población de bajos recursos, de las que hoy en día llamaríamos "marginal", aunque en esa época no lo era, en cuanto así no era tratada.

Militante radical, en el año 1922 fundó lo que bien se podría llamar su "propio" partido político –y es adecuado que así se lo haga por cuanto para sus conciudadanos se daba una identificación inescindible entre su nombre y el de su partido, que llevaba el curioso nombre –por no decir estrafalario, con todo respeto- de "Partido Salud Pública".

Partido por el que una vez fue candidato más que nada testimonial a presidente de la Nación, ya que la presencia territorial de su agrupación se reducía a la ciudad de Buenos Aires, no obstante el hecho que por su entusiástico proselitismo, y su buen nombre, en la época de apogeo el Partido Salud Pública llegó a instalar tres de los suyos en el Concejo Deliberante de esa ciudad.

A la vez el nombre de su agrupación política se explica por su interés obsesivo -cabría hablar de una sana fijación- por la salud pública. Prueba de lo cual se la tiene en el hecho –tal como lo ponen de relieve sus apologistas- que bregó por la asistencia buco dental gratuita, la creación de bibliotecas municipales, la policía municipal, la ficha médico escolar y el mantenimiento de las órdenes religiosas en los hospitales (esto último por el respetuosos orden que imponía "su presencia" adonde los ojos de los directores no llegaban).

A la vez, también se destaca, dentro de las innumerables iniciativas que tuvo como consejero escolar y concejal, una de las más conocidas y trascendentes fue la que habría dado origen al uso obligatorio del guardapolvo blanco por los alumnos en las escuelas primarias, "por motivos higiénicos y para neutralizar las diferencias de clase y de posición económica que se denunciaban por la vestimenta de los alumnos".

Sea o no sea esta toda la verdad, no resulta impertinente su recuerdo en estos días que se ven pocos chicos marchar a las escuelas de guardapolvo blanco –"palomitas blancas" como diría alguien con pretensiones de poeta- un poco porque se da el caso de que tantas aulas estén vacías e incluso haya escuelas cerradas, y otro por cuanto en la actualidad ocurre que en muchas de ellas a los escolares no se los ve ingresar así uniformados.

Mientras tanto, y antes de seguir adelante con la temática del guardapolvo blanco, permítasenos intercalar dos mini relatos, que son en realidad dos "trozos de vida" de las primera décadas del siglo pasado.

Uno: "cuando empecé la escuela en 1914, en el barrio de Almagro en aquella época se hablaba de usted a los alumnos, y no usábamos delantal blanco que nos hiciera, digamos, hasta cierto punto anónimos."

Otro: "En 1928 íbamos a la escuela de punta en blanco, de acuerdo al veredicto de nuestro padre español: el nuevo guardapolvo estaba exageradamente almidonado, zapatos domingueros, peinado a la gomina (otra tortura), medias tres cuartos, camisa clara y corbata floreada. Nuestra madre se ocupaba de que no se conociera nuestra pobreza, en detrimento de otras necesidades hogareña".

Luego de lo cual, se debería admitir que Giacoboni no es sino un nombre más en la larga lista de quienes si no lo "inventaron" promovieron el uso generalizado y obligatorio de esa prenda por parte de los escolares. Lista que, contra lo que se puede pensar, no es encabezada por Domingo Faustino Sarmiento, quien desaconsejaba imponer la obligación de utilizarlo, dado que podía llevar a la no concurrencia a las escuelas de aquellos cuyas familias no contaran con recursos suficientes para adquirirlos.

Y en esa lista junto a Giacobini – al que no importa en qué lugar lo ubiquemos- debemos colocar el destacadísimo educador Pablo Pizzurno quien como Inspector General de Escuelas había recomendado su uso ya en 1904. O se podría mencionar a Julia Caballero Ortega, una maestra de trabajo manual, quien lo habría sugerido en 1905, en una escuela de Avellaneda. Sin dejar de mencionan a Antonio Banchero, maestro de 6to. grado, que en 1906 hizo lo mismo. Tampoco olvidar a Matilde Figueira de Díaz, que fue incluida en el Diccionario de Mujeres Argentinas por considerársela la inventora del guardapolvo. La cuestión es que el proceso encaminado a establecer la obligación de su uso fue largo ya que, recién en 1942 así legalmente se dispuso.

A la vez, ¿por qué debió ser blanco su color? Se debe, en una explicación consistente, dejar de lado toda alusión a la pureza o a la inocencia del alma de los niños que de esa manera quedaría simbolizada. La explicación es más utilitaria, ya que como lo destaca un pedagogo, "no hay que olvidarse que el delantal blanco exige toda una serie de cuidados específicos que dificultan el juego, la movilidad y la experimentación más libre".

Por otra parte, sumada su blancura a la persistencia del énfasis en la prolijidad y la higiene, el guardapolvo parece ser más bien una superficie que permite ejercer un control inmediato, económico y efectivo sobre los cuerpos infantiles, y también sobre los cuerpos docentes.

Se creyó que el blanco era el mejor color para la ropa higiénica, porque no es un buen conductor del calor y porque es liviano; también fue el centro de la "estética de lo lavable" que prefería las superficies lisas y claras para garantizar la limpieza. El blanco, permitía que la limpieza y la prolijidad fueran inspeccionadas rápidamente, lo que aseguraba que la inspección diaria de los escolares se hiciera en términos eficientes y efectivos.

Por la misma razón que a médicos y enfermeras otrora se los veía uniformados de blanco, y sin utilizar esos pijamas verdes o azules que, si resultan por motivos higiénicos apropiados dentro del quirófano o en los consultorios, aparecen como incomprensibles cuando se los ve utilizándolos por las calles o en una sucursal bancaria.

Pero existe una razón de peso irrebatible para explicar la relación que se establece entre escuela pública y guardapolvo blanco, cual es que su utilización -al uniformar- contribuye a reforzar un clima de igualdad dentro del aula.

De allí que el elogio del guardapolvo blanco – que no es otra cosa que la contracara de su elegía- y que, contra lo sostenido por pedagogos de orientación "progresista" que ponen el acento en un mal entendido respeto a la libertad de elección y a la espontaneidad, tienen mucho que ver con la higiene y, aunque resulta en las circunstancias actuales más difícil de explicar y sobre todo de entender, con el orden democrático que debe imperar en nuestra sociedad.
Autor: M.S.J.

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