Columnistas Ver todas las columnas

Buscando un ancla II: ¿Del consumismo al inversionismo?

El enamoramiento de las herramientas ha sido uno de los errores económicos más frecuentes en los hacedores de política de Argentina. Así sucedió con la convertibilidad y otras políticas más recientes que a ultranza intentaron hacer supervivir un sistema que lucía deslucido, y en aquel caso a sobre el fin de la década del noventa, en quiebra. Este llamado enamoramiento siempre fue acompañado de algún "ismo" que le dio significancia.

En esta nueva etapa, todos los discursos y acciones de gobierno nos señalan que la inversión sería la piedra de salvación y que el consumo interno la variable a combatir, lo llamamos el inversionismo. Todo lo que no pudo el esquema anterior anclado en la confianza del consumidor del pasado, lo podría la confianza del inversor externo del futuro. Nuestro carácter pendular en la política económica se reedita.

El esquema económico propuesto hace un fuerte hincapié en la confianza de los inversores externos, y de a ratos, eso suena a desmerecimiento de las fuerzas internas para la transformación del país. Es válido recordar que quienes sacaron al país de su mayor crisis fueron los actores internos con su esfuerzo e ingenio.
La dominancia
Venimos de un esquema donde el Estado se ocupó sostenidamente (bien o mal) de la transferencia de ingresos entre sectores. Técnicamente, su política consistió en transferir ingresos de los estratos con menor propensión marginal a consumir a los de mayor propensión. Conjuntamente con una política de financiamiento blando para las empresas y relativamente duro para los consumidores, sostuvo un aparato productivo y generó buenos negocios en el período comprendido entre la crisis mundial de 2008 y los últimos años. El mundo se caía, Argentina optó por fortalecer su mercado interno con el Estado en el centro de la escena.

La dominancia era fiscal por sobre lo monetario (con adaptaciones). Sin financiamiento externo, se compraba una tasa de inflación entre 20-30% para sostener el virtuosismo del consumo, que luego apalancaba el capital de trabajo e inversión con la política blanda de créditos a pymes. En este esquema, la inflación funcionaba como el mal menor, y el tipo de cambio como el ancla nominal.

En cambio, en este momento estamos en transición hacia un esquema donde la dominancia será monetaria-financiera externa, y lo fiscal será lo que se adapte.

Insertar nuevamente al país en los flujos internacionales de capital implica ser muy austero en lo fiscal (para no volver al 2001). El riesgo es que esa austeridad, por el tipo de inserción que hoy tenemos en el mundo, sea factible sin una tasa de desempleo o sub-consumo soportable social y políticamente.

El problema es intertemporal y la apuesta del Gobierno es solucionarlo en buena medida con capital inversor externo que asegura dos cosas:

• Los dólares para financiar el déficit externo-fiscal de corto plazo y

• La competitividad de la economía cuando haya que generar los recursos para remitir utilidades de esas inversiones y las deudas contraídas por el Estado.

La viabilidad social y factibilidad política de ésta apuesta son las dos grandes preguntas.
Tasa, tasita, tazón
El capital externo siempre prefiere prestarle a los Estados, porque de una u otra forma responderán los compromisos, son más seguros. Si no pueden confiar en el Estado, menos confiarán en las empresas de un país. En ese sentido, el Estado es quién marca la pauta general del riesgo percibido por los inversores en tanto las empresas.

La tasa del 7,2% pagada en la colocación a buitres es más baja que la pronosticada, aun así sigue siendo entre 3 y 4% por encima de otros estados emisores de la región.

Si la tasa que paga el Estado es lo suficientemente atractiva como para hacer el desplazamiento a la demanda privada de financiamiento, sin dudas gran parte de los recursos se moverán hacia él.

Por otra parte, el segundo efecto tiene que ver con que si la inversión externa fluye hacia actividades de bajo contenido tecnológico, no exportables, la génesis de la próxima crisis está en marcha. En la última experiencia en este sentido, el capital fluyó hacia servicios públicos, industrias capital intensivas y actividades intensivas en recursos naturales.
El ¡verdadero! debate pendiente
Lo que no se debate es el modelo de inserción comercial internacional de Argentina. Este es un tema microeconómico, no macro. Este error de enfoque nos hace fracasar. La economía internacional del comercio, es microeconomía. Cuando hablamos de micro, hablamos de mercados, competencia, empresas. Si no debatimos esto, no debatimos la posible exitosa inserción de Argentina en el mundo.

En la gran discusión intervienen las siguientes preguntas:

¿Con quién aliarnos comercialmente? ¿Dónde están las complementariedades?

¿Cómo jugamos desde nuestra alianza regional Mercosur?

¿Con que capital lo financiamos?

¿Cuál es el rol de las pymes?

¿Cuáles son los sectores que conviene apoyar?

¿Con que política industrial lo hacemos?

No se acaban aquí las preguntas.

Las fuerzas globalizadores imponen su ritmo. Como país debemos saber captar las oportunidades sin apremios y aliviar las amenazas sin histeria. Lo más importante que hemos aprendido en los últimos 25 años, es que debe ser con todos los argentinos dentro del sistema que se defina.

Y que el debate no es por un punto del PBI, es por la sustentabilidad social, política y económica de un país que hasta ahora no ha podido ser en términos de bienestar, lo que aspira. Que los "ismos" dejen de ser un fin en sí mismo, es un punto de partida.

¡Comentá esta nota!

Para escribir un comentario, antes deberás seleccionar una identidad.

[X]

* 600 caracteres disponibles

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.