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Argentino, pero modesto

modesto, ta.
(Del lat. modestus).
1. adj. Que tiene modestia

modestia.
(Del lat. modestĭa).
1. f. Virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado, según lo conveniente a él.

No quedan dudas que los argentinos somos los mejores y más modestos seres humanos de todo el planeta. Esta frase bien podría asociarse a lo que frecuentemente llamamos “falsa modestia”, falacia argentina por excelencia. O se es modesto, o no lo es. No hay punto medio.

La portada de un periódico de distribución gratuita en Colombia puso el dedo en la llaga. Eligió titular el hecho de que Jorge Bergoglio se convertía en el nuevo Papa con la frase: “Argentino, pero modesto”. No me ocuparé, aquí, de hablar sobre las demostradas pruebas de modestia que da al mundo el Papa Francisco.
Sí, en cambio, les propondré que nos veamos un poco como argentinos: “Seguimos encantados con nuestra retorcida pertenencia. Somos difíciles, a veces insoportables, a veces maravillosos. La mayor parte de la gente que se va al exterior por razones económicas o laborales, siente nostalgia por las veredas rotas y los cafés ensordecedores y las bromas pesadas y los generalizados gritos y el caótico tránsito y el clima y los contrastes y el chismerío y la mar en coche. Amamos, pese a todo, este país y este pueblo contradictorio con sus agridulces tradiciones y sus amargos defectos” (“El Atroz encanto de ser argentinos”, Marcos Aguinis. Editorial Planeta, Buenos Aires, 2001).

En términos general, la modestia y la argentinidad no van de la mano. Hace rato, quizás desde el mismo momento en que nos erigimos como Nación, que cada cual ha tomado caminos distintos. Forjamos, con esmero y perseverancia vergonzantes, un esteriotipo de argentino chanta, vago, simplista y haragán.

Vuelvo a citar a Aguinis: “un argentino paseaba por una ciudad de España. Conducía un auto alquilado, mientras hacía chistes sobre gallegos. A toda velocidad pasó una luz roja. El motorista de la Guardia Civil lo persiguió, lo alcanzó, lo hizo detener y preguntó:
- Usted es argentino, ¿verdad?
- Sí, soy argentino. Pero ¿qué pasa, viejo? ¿Nada más que los argentinos pasamos con luz roja?
- Pues no. Pero sólo los argentinos ríen cuando lo hacen…”


El escritor sostiene que el argentino suele “cometer travesuras dentro y fuera del país” que denotan lo que él llama “un arraigado conflicto con la ley”. Caemos, a menudo, en la tentación de seguir el siguiente razonamiento: TODOS son unos corruptos (desde el juez de la Corte Suprema hasta el policía que está parado en la esquina de mi barrio).

En cierto modo, nuestra falta de pertinencia a las normas es apenas una parte de un todo más complejo: no nos sentimos parte siquiera del lugar en el que nacimos. Nos cuesta reconocernos como concordienses (coloque aquí el gentilicio que le plazca), entrerrianos y argentinos.

Entonces, como escribió el doctor Jesús Penayo Amaya: “valoramos siempre lo de afuera, elogiamos a presidentes extranjeros, que ellos elogian a nuestros presidente (¿contradicción?), al punto que no valoramos siquiera lo que Dios nos regaló por medio de la naturaleza, desmerecemos nuestros paisajes, nuestros lugares que son admirados por los turistas, nos negamos incluso a sorprendernos con nuestra tierra, nos sentimos extraños, pensando que nuestro país es un lugar en el mundo destinado al fracaso, y la salida es el afuera”.

No obstante, hemos mejorado. De un tiempo a esta parte, somos capaces de reírnos de nosotros mismos. Les Luthiers lo refleja magistralmente en el tanto “Me engañaste una vez más”, cuando recuerdan que, impulsado por la intriga, Mastropiero llega a Buenos Aires para conocer más de esa ciudad . Además, qué 10 años después de su emisión, Telefé le dedique 4 horas de su programación por la tarde a repetir la serie “Casados con hijos” es una prueba de que somos capaces de vernos y reírnos. Los “Argento” hacen y deshacen todo con esa “viveza argentina” que tantos dolores de cabeza nos provoca.

Por supuesto que, también, hay modestia en los argentinos. Como aquel propietario de una empresa familiar, exitosa en su rubro, que sigue siendo el primero en llegar al laburo y vive en la misma casa, del mismo barrio que lo vio nacer. O como aquel músico que se baja del escenario, tras ser ovacionado por miles, y dialogo sencillamente con cuanta persona pase por su lado. O aquel funcionario que, frente a una manifestación popular, baja desde lo alto de su despacho y dialoga cara a cara con sus vecinos. Por usar un término bien argento: no se la creen.

Son muchos más los que anónimamente andan felices de la vida (laburando, estudiando, o un poco de ambas, riendo y llorando) sin creérsela. Hay Favaloros, Messis y Papas Franciscos en cada rincón de este país.

“Del éxtasis a la agonía, oscila nuestro historial. Podemos ser lo mejor, o también lo peor, con la misma facilidad”, dice Bersuit en “La Argentinidad al palo”. Empecemos a templar nuestras reacciones externas, sin tantas oscilaciones extremas, para que sea posible la fórmula argentino = modesto.

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