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Confieso que he robado un banco…

…en una mañana de otoño de 1989. O tal vez fue en el inicio del invierno de aquel año. Quizás, por el contrario, fue durante la primavera. No lo recuerdo, al fin de cuentas apenas tenía 8 ó 9 años.

De lo que sí estoy seguro es que cursaba el tercer grado de la Escuela Nº 1 “Vélez Sarsfield”. Tanto lo recuerdo como el hecho del que les hablo. Él iba a faltar por unos cuantos días, tenía una de esas enfermedades que exigen reposo. Las que de niños todos anhelamos tenemos. Reposo era igual a muchas horas de televisión, juegos, libros y convenientes dosis de mañas.

Entonces, ni lo dudé. El banco que mi compañero usaba (pupitre para ser exacto, de los pocos que aún quedaban) estaba en inigualables condiciones. La ranura para dejar lápices y biromes estaba intacta, lo mismo que las bisagras que permitían abrir y cerrar la tapa. Además, la ubicación era perfecta: a centímetros de una ventana, con una vista conveniente del pizarrón, la maestra y el resto de mis compañeros. “Matanga dijo la changa”, pensé influenciado por el Chavo del 8.

El ejercicio que puse en práctica recién es, ni más ni menos, que una prueba de lo que hoy encontramos constantemente en los medios de comunicación. Insinúo parte del mensaje con una frase atractiva. Genero expectativa, intriga. Seduzco. Siquiera tiene que ser completamente correspondiente con el contenido. Literalmente pude haber pensado o interpretado, en aquel momento de mi niñez, que estaba robando un banco. Pero, claro, no con el sentido policíaco que puede darnos a entender en la lectura que hacemos ahora.

A diario hablamos y escribimos, muchas veces para cuestionar o interpretar, sobre lo que hacen, no hacen y deshacen cientos de actores de la comunidad: dirigentes, deportistas, delincuentes y otros tantos hombres y mujeres que, muchas veces sin proponérselo, “son noticia”. Pero, “¿y botella?”, suele preguntar un amigo al pretender saber cómo estoy. O también podemos interrogarnos así: “¿y por casa cómo andamos?”

Recuerdo, entonces, lo que días pasados me compartió un salteño sobre lo que decía un periodista de su ciudad: “Hay tres clases de periodistas: los informadores, los formadores y los deformadores”. El límite entre cada uno de ellos es muy delgado. Casi no existen controles, nadie nos verifica la documentación, ni hay permisos que tramitar. Pasamos sin más. En internet, donde siquiera hay fronteras físicas (como si ocurre en otros formatos como la radio y la prensa), las tentaciones de ir de un lado a otro, o mezclarlos, son mayores.

“Las noticias que lees en papel son de ayer”, es la frase de cabecera del sitio Infobae, uno de los de mayor número de visitas diarias en Argentina. Nacido y pensado para internet, marca a grandes rasgos el horizonte de la mayoría de los sitios digitales pensados con fines informativos. El número de visitantes mantiene en vilo a empresarios y editores de los medios de comunicación. Es, para ellos, lo que es el rating para los canales de televisión o las mediciones de audiencia de las radios o la cantidad de ejemplares vendidos por la prensa. Marcan su sobrevivencia o no en el aire virtual.

A priori, un sitio dedicado al acontecer diario de Concordia parece no jugar el mismo partido que otro con noticias de Chivilcoy, en la provincia de Buenos Aires, por nombrar alguno. Tampoco parece haber equivalencias entre un gigante como el sitio del diario La Nación o de Editorial Perfil con el de noticias regionales de Crespo y su zona, en la costa del Paraná. Sin embargo, no sólo la nomenclatura (al fin y al cabo son .com) los pone en la misma cancha: muchas veces también contienen la misma información.

Seguramente un vecino de Hasemkamp, por poner un ejemplo, busca información sobre su ciudad en el sitio de noticias de su zona, antes que en Infobae. Es de suponer, no obstante, que finalmente también irá a esas páginas de interés nacional. Es más, tanto por la celeridad con la que se actualiza, como por la cantidad de material a disposición del navegante, es factible que le dedique más minutos.

El modo en que se presenta un contenido es fundamental. Ya no se busca informar o contar sintéticamente el hecho noticioso tal como se hace habitualmente en la prensa. Hay que agudizar el ingenio para que el lector haga clic. Que ingrese. Siquiera importa si lee o mira el contenido. Hay que posicionar la página web en los buscadores y, para eso, el visitante debe “generar entradas”. Así, un día podemos encontrar el título: “renunció Cristina Fernández de Kirchner”. Sería un éxito en la web. Al ingresar descubriríamos que la presidente, en verdad, renunció a seguir siendo socia de Gimnasia de La Plata u otra cuestión menor para los intereses del Estado argentino.

Los verdaderos límites entre lo que hago y dejo de hacer en internet no deben determinarse por las líneas editoriales del medio al que pertenezco. Pueden ser orientadoras, pero finalmente es el sentido de pertenencia al bien común y la ética de cada comunicador los que marcarán la diferencia. Para decirlo en criollo: las palabras hot y video son una combinación explosiva. De alto impacto en la red. Hay hechos que, por su repercusión, no se pueden omitir. Pero no necesito poner a dos personas filmados en bolas y manteniendo relaciones sexuales para hablar del hecho. Informar, formar o deformar: ¿dónde te querés ubicar?

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