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El maestro, la campana y el gol inolvidable

Sanlorencista de pura cepa. Sentado frente a mí, escritorio de por medio, recodará una anécdota que lo marcó.

“Cuando era adolescente, lo único que me interesaba era jugar al fútbol. Nadie me dijo nunca que yo podía ser un buen jugador, pero mis compañeros de equipo confiaban en mis condiciones de goleador” (1).

De memoria, recita a Soriano. Claro, pensé, si también “el Gordo” era hincha fanático del club que ahora se jacta de tener a un tal Papa Francisco entre sus seguidores.

Evidentemente “Un tipo tan buenazo como el Gordo” (2), al decir de Eduardo Galeano; el fútbol y los libros que lo hacen historia van muy bien de la mano. Se entienden de memoria, tanto como el 10 que se la sirve redondita al 9, que sólo tiene que patear fuerte y listo: gol, golazo!!!

“Como te decía, lo único que me interesaba era jugar al fútbol”, reencauza el diálogo el hombre que se prestaba a contarme su anécdota. Había advertido, evidentemente, que mi mente estaba en otro lado. Entre “rebeldes, soñadores y fugitivos”, para ser exactos.

Me contó de sus años de fútbol, tamizados con buenas tardes de básquet. Para ser un gran futbolista, hay que haber jugado al básquet. Los 24 segundos para resolver un ataque es una soga al cuello que te invita a resolver rápida y efectivamente cualquier acción. “Grande maestro”, le solían decir cuando definía “de una” al palo más lejano del arquero.

Tanto goles hizo, como tantas veces oyó que lo llamaran maestro que terminó abrazando esa profesión. Antes pasó por otros laburos, pero lo suyo era la escuela. Con el paso del tiempo, el goleador implacable le dio paso al estratega pasador, más pensante. Bajó un par de metros en la cancha y empezó a dar más vueltas a la hora de explicar un tema a sus alumnos. Le fue bien.

Por razones que no vienen al caso recordar, hacia fines de 1989 estaba desembarcando en Lobos o Cañuelas. ¿O habrá sido en Bragado? No, quizás fue Coronel Pringles. No lo recuerdo, siempre fui malo para recordar nombres. Tanto que, como habrán notado, siquiera retuve en la memoria el nombre de quien me habló sentado frente a su escritorio.

El trabajo en una escuela rural lo sedujo. Pasó, entonces, a ser el director, maestro, ordenanza y morador de aquella pequeña escuela. Personal único de escuela rural, dicen en el Ministerio de Educación. El maestro (troesma en algunas provincias), dicen los alumnos.

Los primeros meses fueron bravos. La silenciosa soledad del campo, apenas interrumpida por el incesante zumbido de los mosquitos, lo puso al borde de la renuncia. Pasó el sacudón. En parte, gracias al televisor de14 pulgadas que se compró con unos australes que tenía ahorrado. La otra gran ayuda se la dieron sus vecinos, que siempre estuvieron a su lado, aunque físicamente el más cercano vivía a 3 kilómetros de la escuelita.

El 24 de junio de 1990, los más chicos no habían ido a clase. Literalmente, estaba solo. Con los ojos puestos en el televisor y los oídos en la radio. ATC le mostraba lo ocurría esta tarde en Turín, Italia. Victor Hugo se lo relataba. Un Argentina – Brasil por los octavos de final del Mundial justificaban tanto ausentismo escolar.

Sufrió como un condenado. Cada pelota que pegaba en el palo o desviada por Goycoechea, el arquero que hasta entonces sólo conocía Bilardo, le paralizaban el corazón. Nos paralizó a todos, recordé y me vi con mis ingenuos 9 años mirando el partido junto a mi familia.

Lo impensado terminó ocurriendo: el 10 que tenía el tobillo a la miseria, armó a pura gambeta una enorme jugada. La misma que hizo una y mil veces en un potrero cuando la miseria no sólo le afectaba al tobillo. El “hijo del viento” se contagió de tanta belleza y voló hacia el gol, gambeta de por medio al arquero. Golazo!!!
¿A quién abrazar cuando el mortal más cerca está a 3 kilómetros de distancia? ¿Cómo compartir semejante alegría? La campana sonó y resonó un sinfín de veces. Alegría hecha sonido desde las manos de aquel maestro. Euforia descargada en la soledad de la galería de una escuelita rural.

Confusión. Preocupación. Urgente galopar de los paisanos del lugar. El alocado festejo de uno, fue entendido como el desesperado pedido de ayuda por otros. En minutos nomás estaban todos los que ese día no se habían asomado. Lo bombardearon a preguntas y él se sintió Goyco atajando en aquella tarde provinciana: ¿Qué le pasa maestro? ¿Está bien? ¿Le robaron?

Una vez más, el milagro del fútbol había ocurrido. Un puñado de personas terminaron reunidas para celebrar un gol: nunca más se sintió sólo en aquel lugar.



(1) De “El Míster Peregrino Fernández” del libro “Arquero, ilusionistas y goleadores” de Osvaldo Soriano, Seix Barral, Editorial Planeta, abril de 2006).
(2) “Adiós al amigo”, de Eduardo Galeano. Lo escribió luego de la muerte de Soriano, el 29 de enero de 1997.

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