Francisco nos invita a ser custodios
El Papa Francisco inició su ministerio petrino en la solemnidad de san José, que en la tradición es conocido como “custodio” de María y Jesús. Papa Francisco parte de este dato para desarrollar la verdad de esta su misión, reflejada en la actitud de José. Afirma que la ejerció “con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, …”. Considera a José como prototipo o modelo para comprender nuestra propia misión de “custodiar”, porque es “simplemente humana, compete a todos”.
La palabra latina “custos” significa “protector”, el que tiene la guarda de alguien, el que cuida. El cuidado tiene distintos niveles, que van del mero proteger, al cuidado por el bien y el desarrollo de quien es protegido, hasta el elevado y noble respeto. Se puede decir que el ser custodio, del que habla el Papa Francisco, no es un custodiar por oficio, sino más bien una inclinación respetuosa por “todas las criaturas de Dios”.
Trataré de profundizar en este sentido de la mano de Romano Guardini, en “Una ética para nuestro tiempo”. Él parte de un vocablo alemán, que como todo lenguaje es memoria de una determinada percepción de la realidad. Parte, digo, de “Ehrfurcht”, paradójicamente compuesto de “Ehre” = honor, y “Furcht” = temor. Un “temor honorable”, la reacción de una persona de índole noble ante un valor elevado. En lenguaje común “respeto”.
“En el respeto – dice Romano Guardini – el hombre renuncia a lo que de otro modo le gustaría, esto es, a tomar posesión y usar para su propio provecho. En vez de eso, se echa atrás, toma distancia. Así surge un espacio espiritual en que se eleva lo que merece respeto, y puede subsistir libremente y resplandecer”.
Parece que hoy se nos impone la realidad contraria. Desde que el mundo perdió su significación, también la perdió el ser humano y caímos bajo el dominio. El que respeta retira las manos, el que domina aferra y somete. Es significativo que se hable hoy tan inocentemente de “construir poder”, en vez de crear condiciones para la libertad, de todos obviamente. Sigue Guardini: “Quizá se puede decir que toda auténtica cultura empieza cuando el hombre se echa atrás, no se precipita, no arrebata consigo, sino que crea distancia, para que se establezca un espacio libre en que puedan hacerse evidentes la persona con su dignidad, la obra con su belleza y la naturaleza con su poder simbólico”.
Debemos señalar todavía, que la raíz del respeto es de naturaleza religiosa. Su expresión máxima es el “mysterium tremendum et fascinans” de la historia de las religiones: el temor ante lo sagrado que repele al mismo tiempo que ejerce una irresistible atracción en cuanto valor absoluto. En la revelación judeo-cristiana se expresa en la adoración al Dios creador, que sostiene todo en su mano, “en el cual vivimos, nos movemos y existimos”, al decir del poeta Arato, originario de Cilicia, siglo III a.C., y citado por los Hechos de los Apóstoles 17,28. Es Dios que honra al hombre sosteniéndolo en su libertad, sea poderoso o débil, rico o pobre, santo o pecador. Por eso el creyente ora con toda confianza: “me refugio a la sombra de tus alas” (Sal 57,2), ¡oh Dios, “custodio del hombre”! (Job 7,20).
En ese sentido José fue para Jesús la sombra del Padre (Jan Dobraczynsky) y así modelo de inspiración para ser, en palabras del Papa Francisco, custodios de “toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”. Sólo el respeto por todos puede abrir ese espacio de libertad para que cada uno llegue a ser lo que está llamado a ser.
La palabra latina “custos” significa “protector”, el que tiene la guarda de alguien, el que cuida. El cuidado tiene distintos niveles, que van del mero proteger, al cuidado por el bien y el desarrollo de quien es protegido, hasta el elevado y noble respeto. Se puede decir que el ser custodio, del que habla el Papa Francisco, no es un custodiar por oficio, sino más bien una inclinación respetuosa por “todas las criaturas de Dios”.
Trataré de profundizar en este sentido de la mano de Romano Guardini, en “Una ética para nuestro tiempo”. Él parte de un vocablo alemán, que como todo lenguaje es memoria de una determinada percepción de la realidad. Parte, digo, de “Ehrfurcht”, paradójicamente compuesto de “Ehre” = honor, y “Furcht” = temor. Un “temor honorable”, la reacción de una persona de índole noble ante un valor elevado. En lenguaje común “respeto”.
“En el respeto – dice Romano Guardini – el hombre renuncia a lo que de otro modo le gustaría, esto es, a tomar posesión y usar para su propio provecho. En vez de eso, se echa atrás, toma distancia. Así surge un espacio espiritual en que se eleva lo que merece respeto, y puede subsistir libremente y resplandecer”.
Parece que hoy se nos impone la realidad contraria. Desde que el mundo perdió su significación, también la perdió el ser humano y caímos bajo el dominio. El que respeta retira las manos, el que domina aferra y somete. Es significativo que se hable hoy tan inocentemente de “construir poder”, en vez de crear condiciones para la libertad, de todos obviamente. Sigue Guardini: “Quizá se puede decir que toda auténtica cultura empieza cuando el hombre se echa atrás, no se precipita, no arrebata consigo, sino que crea distancia, para que se establezca un espacio libre en que puedan hacerse evidentes la persona con su dignidad, la obra con su belleza y la naturaleza con su poder simbólico”.
Debemos señalar todavía, que la raíz del respeto es de naturaleza religiosa. Su expresión máxima es el “mysterium tremendum et fascinans” de la historia de las religiones: el temor ante lo sagrado que repele al mismo tiempo que ejerce una irresistible atracción en cuanto valor absoluto. En la revelación judeo-cristiana se expresa en la adoración al Dios creador, que sostiene todo en su mano, “en el cual vivimos, nos movemos y existimos”, al decir del poeta Arato, originario de Cilicia, siglo III a.C., y citado por los Hechos de los Apóstoles 17,28. Es Dios que honra al hombre sosteniéndolo en su libertad, sea poderoso o débil, rico o pobre, santo o pecador. Por eso el creyente ora con toda confianza: “me refugio a la sombra de tus alas” (Sal 57,2), ¡oh Dios, “custodio del hombre”! (Job 7,20).
En ese sentido José fue para Jesús la sombra del Padre (Jan Dobraczynsky) y así modelo de inspiración para ser, en palabras del Papa Francisco, custodios de “toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”. Sólo el respeto por todos puede abrir ese espacio de libertad para que cada uno llegue a ser lo que está llamado a ser.
