No se trata de un ejercicio de lengua, conjugando el verbo descalificar.
Por Jesús Penayo Amaya
jesuspenayoamaya@yahoo.com.ar
Se trata del hábito que vamos adquiriendo como sociedad en general, y la clase política en particular.
En política fundamentalmente, vemos cómo la descalificación ocupa un rol sobrevaluado. Se invierte más en la práctica de la retorica que en la profundización de las ideas.
Incluso la formación táctica y estratégica en política se puede centrar casi exclusivamente en el ataque; basta recordar el libro del asesor de Macri, Durán Barba, donde en forma clara desarrolla su tesis sobre las mejores formas de ganar una elección mediante el ataque.
La descalificación no es patrimonio exclusivo de la política; también es utilizado por intelectuales, columnistas y la gente en general. Para graficar esta situación descripta basta pegar una mirada rápida a los comentarios en las redes sociales, un verdadero ensayo digno de ser analizado por la sociología.
Cuando oímos alguna opinión de alguien con el cual partimos de cosmovisiones políticas distintas nos tapamos los oídos, en la misma forma que hacen los chicos cuando se pelean. E inmediatamente largamos con la batería de descalificaciones, buscando herir al otro.
Otro ejemplo típico en descalificaciones son los denominados mediáticos, aquellos que se pasean en todos los programas de espectáculos opinando de todos los temas habidos y por haber, viendo quién tiene la lengua más filosa. ¿Nos cabe duda que eso reditúa en las entradas de los teatros?
El Diccionario de la Real Academia Española define descalificar como: desacreditar, desautorizar o incapacitar. Pensemos en todas las veces que llevamos a cabo estas acciones, cargadas de pesimismo, tirando dardos verbales en busca de generar el mayor daño posible.
Los mediáticos, intelectuales, periodistas, columnistas y dirigentes políticos apelan a la descalificación porque la misma tiene quorum en la ciudadanía, porque da raiting, justamente cada pelea, discusión y debate que se produce en el circo romano que es la televisión actual.
Todos estos personajes no nacen de un repollo sino que son productos de la sociedad, y en ella estamos cada uno de nosotros inmersos. Fijémonos qué nos atrae más, un titular fuerte, casi bañado de sangre (al estilo Crónica TV), o algo sobrio, ajustado a la realidad, alejado de todo sensacionalismo.
Varios pensadores han analizado por ejemplo el rendimiento de aquellos programas (radio o televisión) cuyo contenido se centra exclusivamente en buenas noticias, con no muy auspiciosos resultados.
Si deseamos un mejoramiento sustancial de la clase política, un debate de propuestas, ideas, también debemos replantearnos si estamos dispuestos a escuchar, o preferimos ser testigos de las carnicerías mediáticas.
Esta reflexión sobre la descalificación se aplica a toda nuestra vida, incluso la doméstica, donde en más de una ocasión al corregir o disentir con nuestra esposa o hijos, pareciera que la única forma de comunicarse es mediante adjetivos descalificativos.
No nos vendría mal hacernos la pregunta que Jesús hizo: ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? (Lucas 6: 41).


