La libertad de expresión es patrimonio de todos
Está en el interés de toda la sociedad defenderla.
Enceguecido frente a su imposibilidad de terminar de destruir al Grupo Clarín, el gobierno nacional no deja atajo por tomar o pared por derribar en lo que parece hoy un casi excluyente objetivo político, uno que lo aleja cada vez más de las necesidades reales de un pueblo sofocado por una inflación asfixiante y a todos nosotros de los estándares de toda sociedad civilizada, donde la libertad de expresión es uno de los pilares.
Escondido detrás de la ley de medios y del escudo de Clarín, el gobierno ha avanzado sistemáticamente contra toda la prensa independiente. Ha constituido un enorme aparato de comunicación, financiado con los impuestos de todos, mientras se dedica a demoler a todos aquellos medios que no le son funcionales, ya sea negándoles pautas publicitarias, incitando a privados por vía coercitiva a que los sigan con medidas parecidas, o denostándolos públicamente a través de voceros por lo general muy poco creíbles. Tampoco se salvan del improperio quienes se muestran públicamente preocupados o dispuestos a frenar estos accionares, sino que lo diga Mauricio Macri, quien recibió una andanada de críticas oficialistas cuando anunció su intención de hacer aprobar una ley de defensa de la libertad de expresión en la ciudad de Buenos Aires.
La embestida continúa materializándose por estas horas en la amenaza de expropiar Papel Prensa y de intervenir a Clarín. Visto objetivamente, el proyecto de ley para expropiar Papel Prensa es un papelón. La demanda de papel de diario se cae en picada en el mundo entero y lo mismo sucede con el precio mientras los stocks se disparan, ya que no hay a quien venderle. Solo basta con abrir la importación para que el mercado local se inunde. Todo es una gran excusa para poder tener en un puño a toda la prensa independiente que tiene en el papel un recurso crítico. También es un mamarracho amenazar con intervenir el grupo Clarín a través de la CNV, acudiendo a una ley viciada de inconstitucionalidad y a la que a diez minutos de su aprobación se le incluyó un artículo habilitando la intervención de empresas que cotizan en bolsa. No hay argumentos valederos para hacerlo. Ninguno. Clarín o no Clarín, todo se reduce a un apriete incalificable. En el colmo de cinismo, días atrás Moreno se apersonó en la asamblea de Clarín para acusar a sus funcionarios de malos administradores mientras por otro lado trata de hacerles todo el daño posible, apelando a artimañas tales como la del cepo publicitario.
La lucha con Clarín es en definitiva una bomba de humo. La libertad de expresión está seriamente amenazada, y como ha sucedido muchas veces en los últimos años, el gobierno lo disimula poniéndose una capa de cordero y clamando a los cuatro vientos ser víctima de un atropello. No nos dejemos engañar, en esta materia, y no es la única, este gobierno no es otra cosa que un lobo famélico que se come todo lo que se le cruza y no atiende razones, solo las propias.
Para ilustrar el momento que vivimos, bien vale la pena traer a colación dos analogías escuchadas de boca de dos respetados periodistas pocos días atrás. La primera habla de que una sociedad sin libertad de expresión es como vivir en un cuarto oscuro. En un cuarto oscuro uno no ve lo que sucede alrededor, y todo tipo de tropelías e ilícitos son imaginables ante las narices de todos, sobre todo a manos de quienes son los que administran el poder. La otra dice que una sociedad amordazada es como un viaje en el desierto sin hoja de ruta. Sin ella uno pierde las referencias respecto de donde está parado y eso le impide tomar decisiones claves en cuanto a cómo y hacia donde moverse. La sociedad toda se inmoviliza y queda así a merced de todo tipo de alimañas.
La libertad de poder expresarse según su antojo no es un capricho ni una prerrogativa de una minoría. Quienes la denostan, minimizan y vilipendian lo hacen porque tienen cosas que ocultar o quieren que se conozca solo su versión de la historia. Ciertamente no viven en una sociedad justa, libre y moderna y tampoco les conviene o les importa. A nosotros, los ciudadanos de a pie, debería importarnos y mucho. Y defender la libertad de expresión es una manifestación en esa dirección que es la correcta.
Enceguecido frente a su imposibilidad de terminar de destruir al Grupo Clarín, el gobierno nacional no deja atajo por tomar o pared por derribar en lo que parece hoy un casi excluyente objetivo político, uno que lo aleja cada vez más de las necesidades reales de un pueblo sofocado por una inflación asfixiante y a todos nosotros de los estándares de toda sociedad civilizada, donde la libertad de expresión es uno de los pilares.
Escondido detrás de la ley de medios y del escudo de Clarín, el gobierno ha avanzado sistemáticamente contra toda la prensa independiente. Ha constituido un enorme aparato de comunicación, financiado con los impuestos de todos, mientras se dedica a demoler a todos aquellos medios que no le son funcionales, ya sea negándoles pautas publicitarias, incitando a privados por vía coercitiva a que los sigan con medidas parecidas, o denostándolos públicamente a través de voceros por lo general muy poco creíbles. Tampoco se salvan del improperio quienes se muestran públicamente preocupados o dispuestos a frenar estos accionares, sino que lo diga Mauricio Macri, quien recibió una andanada de críticas oficialistas cuando anunció su intención de hacer aprobar una ley de defensa de la libertad de expresión en la ciudad de Buenos Aires.
La embestida continúa materializándose por estas horas en la amenaza de expropiar Papel Prensa y de intervenir a Clarín. Visto objetivamente, el proyecto de ley para expropiar Papel Prensa es un papelón. La demanda de papel de diario se cae en picada en el mundo entero y lo mismo sucede con el precio mientras los stocks se disparan, ya que no hay a quien venderle. Solo basta con abrir la importación para que el mercado local se inunde. Todo es una gran excusa para poder tener en un puño a toda la prensa independiente que tiene en el papel un recurso crítico. También es un mamarracho amenazar con intervenir el grupo Clarín a través de la CNV, acudiendo a una ley viciada de inconstitucionalidad y a la que a diez minutos de su aprobación se le incluyó un artículo habilitando la intervención de empresas que cotizan en bolsa. No hay argumentos valederos para hacerlo. Ninguno. Clarín o no Clarín, todo se reduce a un apriete incalificable. En el colmo de cinismo, días atrás Moreno se apersonó en la asamblea de Clarín para acusar a sus funcionarios de malos administradores mientras por otro lado trata de hacerles todo el daño posible, apelando a artimañas tales como la del cepo publicitario.
La lucha con Clarín es en definitiva una bomba de humo. La libertad de expresión está seriamente amenazada, y como ha sucedido muchas veces en los últimos años, el gobierno lo disimula poniéndose una capa de cordero y clamando a los cuatro vientos ser víctima de un atropello. No nos dejemos engañar, en esta materia, y no es la única, este gobierno no es otra cosa que un lobo famélico que se come todo lo que se le cruza y no atiende razones, solo las propias.
Para ilustrar el momento que vivimos, bien vale la pena traer a colación dos analogías escuchadas de boca de dos respetados periodistas pocos días atrás. La primera habla de que una sociedad sin libertad de expresión es como vivir en un cuarto oscuro. En un cuarto oscuro uno no ve lo que sucede alrededor, y todo tipo de tropelías e ilícitos son imaginables ante las narices de todos, sobre todo a manos de quienes son los que administran el poder. La otra dice que una sociedad amordazada es como un viaje en el desierto sin hoja de ruta. Sin ella uno pierde las referencias respecto de donde está parado y eso le impide tomar decisiones claves en cuanto a cómo y hacia donde moverse. La sociedad toda se inmoviliza y queda así a merced de todo tipo de alimañas.
La libertad de poder expresarse según su antojo no es un capricho ni una prerrogativa de una minoría. Quienes la denostan, minimizan y vilipendian lo hacen porque tienen cosas que ocultar o quieren que se conozca solo su versión de la historia. Ciertamente no viven en una sociedad justa, libre y moderna y tampoco les conviene o les importa. A nosotros, los ciudadanos de a pie, debería importarnos y mucho. Y defender la libertad de expresión es una manifestación en esa dirección que es la correcta.
