Por Claudia Yauck
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La vida político electoral está aletargada en la provincia. Asumido el triunfo de octubre como un hecho natural y con la oposición sin rumbo, el oficialismo provincial diseña el armado de su interna partidaria sobre un mapa más que favorable en el que no le espera otro destino que ganar. La puja se plantea sólo en un par de seccionales de Paraná, pero no les quita el sueño. Más bien trasluce la conflictiva relación de la dirigencia de la capital. A pesar de eso, hay un dato de la realidad, que les asegura que los vientos favorables de octubre llegarán a las urnas peronistas esta vez, con la diferencia que no habrá contrincantes. Ni siquiera de aquellos que de tanto en tanto se inventan para legitimar una interna.
De todos modos, la certeza sobre un resultado previsto no aminora la tensión. Por si algún peronista distraído no interpretó la solidez de la definición del Congreso de suspenderlos, varios dirigentes salieron públicamente a ratificar la decisión que revisará, en un tiempo a confirmar, otro congreso, integrado por los mismos que hoy lo componen. Eso es lo que hace previsible el futuro de los 1200 suspendidos a los que, salvo alguna discreta excepción, aparentemente también les han cortado la lengua, puesto que la mudez con la que asimilaron la sanción aparentemente los aqueja también para emitir juicios sobre las primeras medidas del gobierno provincial que ha impuesto, en menos de lo que canta un gallo, una quincena de leyes con cambios estructurales en varios temas provinciales que impactan en muchos sectores sociales.
El justicialismo derrama poder desde el gobierno y el partido. Ya ha definido que el gobernador Sergio Urribarri ejercerá la presidencia del PJ y la mayoría de los legisladores ocuparán los Consejos Departamentales de la provincia. La elección, que estará desnutrida de todo el folklore de una interna, pondrá a unos 155 mil afiliados en la provincia en el nuevo rol de encuestados. Los dirigentes, suelen decir siempre, que el resultado de una elección es la mejor encuesta.
Los mandatos que se renovarán el primer domingo de febrero tienen una duración de cuatro años. Es decir que a su término, la suerte de los presidentes de los Concejos Departamentales, Unidades Básicas y del Consejo Provincial deberá ponerse nuevamente a consideración. Del mismo modo que el gobierno.
La cuestión que parece de una simpleza extrema, tiene en sus intersticios otra cuestión: ¿Soportará la dirigencia, que hoy goza de las mieles del poder, cuatro años en ese estado?
La pregunta no surge como un interrogante común, sino como un planteo que se trasluce frente a los apetitos que azuzan el poder. El armado que hoy luce Urribarri tuvo contrincantes que legitimaron su triunfo, pero actualmente y, parece que por un tiempo más, no habrá contra quién dar pelea y todo apunta entonces a que las escaramuzas surjan de los propios intestinos del poder.
Mientras tanto, la UCR y el FEF tienen en común, además del magro resultado electoral de octubre, el espacio legislativo como núcleo de poder. En la Cámara de Diputados, los dos bloques, como el del GEN y el FAP, resultan, uno u otro, indispensables para el oficialismo a la hora de buscar los dos tercios. Sin embargo, esa llave fue cedida sin coqueteos en las sesiones que se realizaron hasta ahora. Y, fue por esa decisión que el bloque justicialista pudo aprobar las iniciativas que le pedía el Ejecutivo.
En el caso de la UCR, el acercamiento con Binnner, impulsado por el presidente de los radicales, el santafesino Mario Barletta, es un primer paso hacia el armado de una nueva proposición político partidaria que tendrá, claro está, su correlato en la provincia. De hecho, Atilio Benedetti acompaña a Barletta en la conducción del partido a nivel nacional.
En el Frente Entrerriano Federal no hay pasos conocidos hacia algún lado, pero tampoco hay signos de disolución. Sus diputados han marcado algunas cuestiones en el recinto, pero no las han contado a los medios, en una actitud que muestra más señales de negociación que de oposición.
Enero arrasó con las cosechas y trajo una quincena de nuevas leyes bajo un sol despiadado que, como en los peores años de Alfonsín, colapsó el sistema energético al que los usuarios se aferraron como única forma de sobrevida ya que también les faltaba el agua. Esta última semana es de transición. En Febrero, que esta vez es más largo, vuelve a moverse el engranaje del poder. La sorpresa no está en el resultado, sino en como llevan adelante la conquista.


