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18 de mayo de 2012

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El diario de Cristina

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El discurso oficial pregona una Argentina mágica en la que es difícil creer.

Por Claudio Maulhardt

La Presidenta anunció que durante el tercer trimestre la economía argentina creció a una tasa del 9.3%, mayor incluso a la que registró la economía de China en el mismo período, del 9.1%. El Presupuesto Nacional para 2012 anticipa una desaceleración en el PBI hacia una tasa del 5.1%, aunque desde el Palacio de Hacienda se aclara que la culpa es de la crisis europea y no de algún exceso en que se haya incurrido durante 2011. De todas formas, el precitado 5.1% ubicaría nuevamente al país entre los de mayor expansión en el globo.

Casi en forma concomitante, el INDEC, en su boletín de prensa mensual referido al intercambio comercial argentino durante noviembre de 2011, concluyó que el resultado positivo de 684 millones de dólares en la balanza comercial durante dicho mes fue 109% superior al alcanzado en noviembre de 2010. Esta conclusión fue reflejada por la mayor parte de la prensa.

Hace una semana, el mismo INDEC ofrecía la entrada a este mundo mágico al afirmar que la inflación de noviembre había sido de apenas 0.6%. Esta semana, la frutilla del postre la brindó el Banco Central: sin necesidad de aumentar la paridad cambiaria, la autoridad monetaria recompró casi 500 millones de dólares en dos días.

En esta época festiva, el Niño Jesús nos regala, a todos los argentinos (y argentinas), un mundo mágico de alto crecimiento, balanza comercial positiva, baja inflación y sin fricciones en el mercado de cambios.

Este mundo feliz no se discute. El diario de Cristina es la única realidad permitida. Para el kirchnerismo, las malas noticias, o las opiniones negativas, son conspiraciones. Al que no le guste, a Devoto.

Sin embargo, parece que los analistas económicos del exterior no se han percatado de esta regla de oro. Los economistas de Barclays, Bank of America y J.P. Morgan estiman que Argentina no crecerá más de 2.5% en 2012. Con la aclaración de que esa es la cifra que esperan que divulgue el INDEC, pues el verdadero nivel de actividad sería aún inferior.

Tampoco parecen haberse dado cuenta de que la realidad no se discute en alguna oficina del INDEC, pues en forma casi concomitante con la divulgación de datos sobre el intercambio comercial emitieron el comunicado referido a la balanza de pagos durante el tercer trimestre del año. El informe muestra una cuenta corriente que está prácticamente en equilibrio, y cuya tendencia declinante presagia que en breve volverá al déficit del que había salido una década atrás. Más preocupante, en el mismo informe, es la aceleración en la fuga de capitales y el hecho de que se hayan perdido desde comienzo de año 7.000 millones de dólares en reservas.

¡Y qué decir de los desestabilizadores legisladores de la oposición! Se empeñan en mostrar datos de inflación, que la ubican en 1.44% para noviembre y en 23% para el año, casi el triple de lo que calcula el INDEC. La inflación (la del 9%, la única admitida) no es un fenómeno monetario, como dice Marcó del Pont, ni un fenómeno de alzas generalizadas de precios, como dice el manual, sino culpa de empresarios inescrupulosos que suben precios por codicia, como pregonan los fieles laderos de Cristina.

Lo mismo ocurre en el mercado de cambios. Si la gente quiere dólares o productos importados, no es porque crea que es un buen refugio contra la inflación, ni porque recuerdan que la emisión espuria de moneda deteriora su valor, ni porque crea que el dólar está barato, ni porque, por extensión, algunos artículos importados sean más baratos que los nacionales. Es porque los medios de comunicación fomentan los intereses del club “devaluacionista”. Por ello, los compradores de dólares y los medios que los reflejen merecen ser considerados terroristas. La única realidad es que “el BCRA compró dólares”. No importa si para lograrlo hubo que obligar a todo aquel que los tenía declarados a venderlos, y sólo permitir al BCRA comprarlos.

El diario de Cristina habla del modelo de acumulación con redistribución. De la versión perfeccionada del capitalismo. Del capitalismo “a la argentina”, en que el aumento de la torta (del PBI) tiene al pueblo feliz, pues la inflación le impide discernir cuál es su verdadero poder de compra y oculta el hecho de que la distribución del ingreso es tan mala como durante el menemismo, o peor que durante la dictadura militar.

Se trata de un modelo capitalista que se vale del poder del estado, y del poder que el voto popular le ha dado, para la principal redistribución que ha generado: el enriquecimiento de las élites de la burocracia estatal hasta límites insospechados. De esto jamás hablará el diario de Cristina.