En lugar de adoptar los beneficios múltiples del tipo de cambio flotante, el gobierno parece preferir el arduo camino de la represión.
Por Claudio Maulhardt
Los titulares destacan que se han otorgado en forma oficial facultades a Guillermo Moreno para controlar el flujo de importaciones. Un titular más acertado para describir la resolución que le otorga tales facultades debería ver sido así: “Es oficial: faltan dólares”. Pues tal es el motivo exclusivo por el cual Moreno ya había alcanzado poderes cuasi-plenipotenciarios en el mercado de cambios, y ahora goza de ellos para controlar las operaciones de comercio exterior. La creciente liberación de las exportaciones de carnes y trigo, y las crecientes restricciones de facto a las importaciones preanunciaban lo que ahora quedó escrito.
Sobradas pruebas hay de que cuando el gobierno se obsesiona con un mecanismo de resolución de problemas, en quijotesca actitud lo lleva a cabo en hasta las últimas consecuencias. Consecuencias que en general no han sido favorables ni para la economía ni para las cuentas públicas. El dolor de cabeza que fue salir de la Convertibilidad dotó a la economía de un tipo de cambio flotante con capacidad de actuar como un búfer que absorba el impacto de factores exógenos que pudieran afectarla. Sin embargo, hace un par de años el tipo de cambio perdió su flotación libre para ceder el paso primero a una flotación administrada y más recientemente a un tipo de cambio casi-fijo que ha provocado un atraso cambiario y la consecuente pérdida de competitividad.
Podría esgrimirse el dudoso argumento de que el atraso cambiario afecta principalmente a las empresas, pero mejora el poder de compra en dólares de los asalariados, lo que lo hace políticamente atractivo. Sin embargo, menos entendible resulta el impacto que el dólar barato genera sobre los ingresos del sector público, sobre todo por la enorme importancia de las retenciones y las transferencias de ganancias cambiarias del BCRA para el Tesoro. Es a causa no sólo de la política manirrota de gastos del gobierno, sino sobre todo por la retracción de ingresos auto-infligida por el capricho cambiario, que hemos recaído en déficit fiscal.
El gobierno despotrica contra el “club devaluacionista” y se empecina en doblegar el brazo del mercado. Sin embargo, quienes más necesitan la devaluación son los sectores que el kirchnerismo más fomentó desde su acceso al poder, y a los que desde entonces prometió un tipo de cambio competitivo. Hace tiempo que la promesa dejó de cumplirse.
Trabar las importaciones tiene alto impacto comunicacional, pero, como todas las ideas que emanan de la imaginación buida de Moreno, tiene poco efecto real. Apenas el 11% de las importaciones corresponden a bienes de consumo, que están detenidas desde hace tiempo por el pie de Moreno. El resto no puede detenerse sin afectar el nivel de actividad. Hacia eso vamos.
Faltan dólares y el reporte del Departamento de Agricultura de los EE.UU. (USDA) emitido esta semana no trajo alivio. Si existían esperanzas de que las pérdidas provocadas por la sequía pudieran ser compensadas con mayores precios, el reporte del USDA se encargó de enterrarlas: aumentó las estimaciones de inventarios globales a pesar de la menor producción esperada en América del Sur.
Faltan dólares aunque no esté en los titulares. Los bancos los retacean. La AFIP los retacea. Moreno no deja importar. El billete “blue” vale 4.80 y el dólar futuro en el exterior vale 5.18 pesos a fin de año. La victoria aparente de las regulaciones no demuestra la ausencia de demanda, sino apenas su represión.
Se han instrumentado y modificado infinidad de regulaciones tendientes a controlar el flujo de capitales y las importaciones. El gobierno parece estar preparando el terreno para cuando el mercado de cambios se torne más áspero. Por lo pronto, ha dotado a la AFIP de un alto grado de discrecionalidad respecto de qué se puede importar y qué no. En el extremo, parece preparar el terreno para el desdoblamiento cambiario. Todo con tal de no ceder a la voluntad del mercado de equilibrarse en un precio mayor.
En la geometría euclidiana, la distancia más corta entre dos puntos es la recta. La distancia más corta entre la falta de dólares y la necesidad de ellos es un aumento de su precio. Algo que el fin de la Convertibilidad vino a permitir. En la geometría de Moreno, hay una infinidad de estaciones intermedias entre el punto de desequilibrio actual y el punto de equilibrio al cual los dólares dejarían de escasear. Estaciones conocidas por el nombre de regulaciones, prohibiciones, desdoblamientos y aprietes, entre otros. Eso sí, aunque el camino sea más largo, el destino final es el mismo.


