El gobierno ha encarado un ajuste ortodoxo de la cuentas para asegurar que las necesidades de caja estén cubiertas.
Por Claudio Maulhardt
Cristina Kirchner y sus adláteres han repetido hasta el hartazgo que el gobierno no tiene metas de inflación, sino que su único objetivo económico es el crecimiento. Para 2012, comienza a quedar claro que dicho objetivo ha sido reducido hasta el nivel en que apenas se buscará evitar que el país caiga en recesión.
La mayoría de los analistas económicos estiman que la tasa de crecimiento del PBI se desacelerará en 2012 a un tercio de su nivel de 2011. De crecer al 9% en 2011, si se cumplen los pronósticos pasaremos al 3,5%. Una cifra desde la cual difícilmente podremos mejorar, pero que podría empeorar si no llueve en los próximos días.
De todas formas, no se trata de un freno impuesto por el impacto que la falta de agua tendría sobre el sector agropecuario, al que tampoco ayuda el empeoramiento de los términos del intercambio. Se trata, sobre todo, del hecho de que a este factor se suma la causa principal de la contracción que la mayoría de los economistas pronostican para 2012: el ajuste que ha encarado el sector público. Ajuste de tipo fiscal, monetario y cambiario. Las razones deben buscarse en que el jubileo monetario y fiscal utilizado en pos de asegurar la reelección ha asestado un fuerte golpe a las cuentas públicas y al balance del BCRA.
El hecho es que las cuentas no cierran y las opciones para balancearlas son escasas. Por un lado, financiar el desequilibrio en el mercado de deuda, que sería sin duda el camino de menor costo en términos de nivel de actividad, está vedado al estado argentino. El prontuario de incumplimientos acumulados (Club de París, fallos del CIADI, holdouts, etc.) ha restringido las opciones de financiamiento al BCRA y la ANSES, cuyos recursos, aunque seguramente serán vueltos a explotar al máximo, serán insuficientes para cubrir la brecha. Una segunda opción sería aumentar los impuestos. Sin embargo, la presión tributaria se encuentra en su mayor nivel histórico, por lo cual esta vía luce próxima a su techo. Es cierto que vuelven a prepararse proyectos para eliminar exenciones al impuesto a las ganancias de que goza la renta financiera y los fideicomisos para la construcción, pero su efecto tampoco será suficiente para cubrir el déficit de caja de las cuentas públicas.
Por ello, reducir el nivel de gasto público se había convertido en la opción más eficaz para balancear la caja. La única verdad es la realidad: el gobierno nacional y popular ha encarado un ajuste fiscal ortodoxo que le permita seguir cumpliendo con sus obligaciones. Aunque tarde, por fortuna parece haber comenzado el arduo camino de desandar la andanada de distorsiones que habían sido creadas. Cada semana se anuncia la remoción de algún subsidio. Sin prurito alguno se vilipendia a quienes los perciben y se soslaya que la distorsión ahora aborrecida es de su propia autoría.
Para que el ajuste funcione, al ajuste de las cuentas fiscales debe sumarse la moderación de la expansión monetaria y evitar la fuga de capitales. Por ahora, el BCRA ha esterilizado toda la emisión del año y se propone reducir la expansión de la base monetaria poco más de la mitad de 2011. En el mercado de cambios, Guillermo Moreno tiene como meta evitar que se pierdan reservas. Para ello ha cerrado el mercado de cambios y controlará uno a uno los pedidos de importación.
El objetivo inicial consistió en concentrar el ajuste sobre los hogares de mayores ingresos, aquellos con una menor propensión a consumir, para que el impacto sobre el nivel de actividad fuera el menor posible. Sin embargo, es claro que los anuncios acumulados apenas constituyen un pequeño parche para un agujero de 75 mil millones de pesos. Habrá que adecuar el discurso para el momento en que la supresión de subsidios se extienda y las quejas se multipliquen.
Nadie acepta un ajuste sin quejarse. Por eso mismo, el gobierno, con el estandarte de su avasallante victoria en las urnas ha decidido encararlo de inmediato. Después de años de despilfarro, convencer a sindicatos, punteros, gobernadores e intendentes respecto de la necesidad de entrar en un período de ajuste no es un proyecto sencillo. Por ello deben encararse de inmediato, mientras los elevados niveles de popularidad de la Presidenta actúan como factor de presión sobre quienes puedan oponer resistencia.
Detrás de estas veleidades de la política, queda claro que el ajuste fiscal, monetario y el cerrojo cambiario, incluyendo el control de importaciones, restarán tanto por el lado de la oferta como de la demanda. Y que 2011 pronto será un grato e irrepetible recuerdo.


