Por Guillermo Acosta
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Este domingo volvió a eclipsar al planeta fútbol, con regates a diestra y siniestra, con asistencias y, por sobre todos, exquisitas definiciones como quien juega un picado entre amigos y se toma algunas licencias de "sobrar" al otro.
Claro, él lo hizo en la final del Mundial de Clubes donde, como pocas veces, no hubo equivalencias. A propósito, a no confundirse: los 4 goles (que pudieron ser 6 ó 7 tranquilamente) entre Barcelona y Santos no es la real diferencia que hay entre los grandes de Europa y los más bravos de Sudamérica. Boca, último campeón argentino, Nacional, ídem en Uruguay, Corinthians, el mejor en Brasil durante 2011, Liga de Quito, acostumbrado a definir certámenes continentales, o el campeón sudamericano, Universidad de Chile, podrían pelearle un partido a los mejores del Viejo Continente... salvo a los catalanes.
Barcelona hoy está por encima del resto por una diferencia jamás vista y Messi no hace más que ser consecuente con esta máxima del fútbol de principios del siglo XXI: es el mejor en el mejor del mundo. Algunos intentan minimizar su rendimiento diciendo: "sí, es un genio, pero ¿qué sería si jugase en un equipo chico?". Nadie a ciencia cierta lo puede saber, pero sospecho que su "equipo chico" tomaría notoriedad rápidamente, tanto como me permito suponer que si él se destacase en un equipo menor rápidamente sería comprado por uno de mayor poder.
Otros comentarios giran sobre la idea de que "fijate que en la selección no juega bien porque no los tiene a Iniesta, Xavi ni a Guardiola". Como he dicho antes, Messi hace rato que viene siendo repetidamente el mejor del seleccionado que no da pie con bola en la mayoría de los torneos que disputa. Pasa que, aunque nos cueste asumirlo, Messi es un jugador de equipo, el eslabón de una cadena que tiene varios intérpretes, en el que a él le toca ocupar el rol protagónico.
Me propongo, les propongo, desde el título mismo que terminemos con las inútiles discusiones entorno a la figura del rosarino: "Messi es argentino, la p... que lo parió" y a disfrutarlo entonces.
Sí señoras, sí señoras, este argentino naturalizó el hecho de que jugar al fútbol es igual a hacer goles o hacerlos hacer, si se permite el juego de palabras. Nada ni nadie se lo impide desde hace rato.
Circunstancias de su vida lo llevaran a tierras catalanas. Su familia no lo eligió, pero la opción se presentó: Barcelona vio primero a la personita llamada Lionel Messi y luego al futbolista. Newell´s, primero, y River, despúes, no vieron, no pudieron o vaya saber qué se les pasó cuando rechazaron acompañar económicamente el tratamiento que necesitaba "La Pulga".
Actualmente, todos saben que él es el as de espadas, todos los de Santos lo conocen, el entrenador del equipo brasileño tuvo medio año para preparar el partido pero ni así pudo evitar que hiciese dos goles. El fútbol, la dinámica de lo impensado, y Messi, uno de sus más brillantes intérpretes de todos los tiempos, pueden con cualquier previsión rival.
Párrafo aparte para Pep Guardiola: no para de ganar y conquistar seguidores en el mundo, pero lejos de descansar en una fórmula efectiva, se reinventa permanentemente. Ganó todo en su primer año como entrenador, pero igualmente le cambió la posición a Messi y lo convirtió en una máquina de hacer goles. Volvió a ganar todo e igualmente modificó su esquema, usando sólo tres defensores definidos e incluir a sus flamantes figuras: Cesc Fabergas y Alexis Sánchez.
Lo hizo ante el Madrid, en su propio estadio hace 10 días atrás y lo volvió a hacer este domingo, cuando las circunstancias, a priori, hubieran sugerido alguna cautela. Sonrisa de confianza habrá soltado ante el nuevo desafío: este domingo aniquiló al Santos de Neymar con tres defensas y siete medios, ningún jugador claramente definido como delantero. En rigor, salvo por Busquet, el resto de los mediocampistas se cansó de buscar el arco rival.


