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18 de mayo de 2012

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Opción escandalosa: o Dios o “un completo chiflado”

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Digamos las cosas como son. Navidad recuerda un hecho o no es Navidad. Hecho concreto. Puntual. Carnal. En el tiempo y en el espacio.

Por Osvaldo A. Bodean
andresbodean@gmail.com 

Se resume así: Dios se hace hombre y viene a nuestro encuentro para salvarnos. Ese es el hecho.

¿Salvarnos de qué? Del pecado, surgirá quizá como respuesta inmediata. Sí, pero sería algo más profundo que las faltas a los mandamientos, a las reglas. Viene a salvarnos del peor de los pecados, el más grave, la infelicidad que experimentamos al intentar llenar inútilmente con poder político, riquezas, drogas, placeres, títulos, ciencias, consumismo, éxito profesional, honores y hasta moralismos de toda clase, ese deseo de absoluto, de infinito, del que estamos hechos. Porque, como decía el escritor italiano Pavese, “lo que un hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciará nunca a la esperanza de conseguir esta infinitud”.

Semejante hecho, tan escandalosa “pretensión” del Dios que se hace hombre, sin punto de comparación con ningún otro acontecimiento humano, no deja margen para muchas alternativas. Quizá sólo dos.

O es verdad y entonces de allí en más ya nada es igual. Porque es un hecho que trastoca TODO; en más, que le da consistencia y significado a TODO, al universo entero, a mi vida y hasta incluso a mi muerte. O, caso contrario, es un invento alucinado, loco, rematadamente loco, el más alocado de todos los inventos…

En este último caso, no hay Navidad que festejar… o la fiesta tendrá otro propósito, no siempre confesado. Será sólo evasión, cada vez más ruidosa y borracha, para olvidar, para gambetear, para tratar de sepultar esa insatisfacción última, ese deseo de infinito que llevamos dentro y que nada ni nadie termina de saciar.

No hay escapatoria. Es una disyuntiva personal: ¿Yo, qué festejo?, es la pregunta. ¿Celebro el hecho? O, al menos, ¿me cuestiona, me interpela ese hecho extraordinario que algunos testimonian? ¿O mi fiesta es mero convencionalismo nomás, costumbre, “tradición” hueca, para no desentonar, al punto que vale suplantar al Dios encarnado, pobre y hasta crucificado, por un ícono del consumismo, como es ese gordito ricachón, luciendo prendas espléndidas y repartiendo cosas, como si tener cosas y más cosas fuera la única y más profunda “medida” de la “dignidad” de los hombres?

Cada cual sabrá en lo más íntimo de su corazón qué festeja. Es una decisión libre. Porque el supuesto Dios hecho hombre no obliga a nadie, no impone nada. De haber existido, de existir, aún siendo todo poderoso, dejó a expensas de nuestra libertad si adherimos o no. Nadie puede tomar la decisión por nosotros, lo que hace más la dramática disyuntiva.

Puede que el lector sugiera que es posible intentar algún camino intermedio, que nos ponga a salvo de tan radical opción. Como el que propuso el periodista que entrevistó a Bono, el líder de U2: “Cristo tiene su lugar entre los grandes pensadores del mundo. Pero... Hijo de Dios... ¿no es eso increíble?”.

Pero Bono le salió al cruce: “Mira, la respuesta secular a la historia de Cristo siempre dice algo así... ‘Era un gran profeta, obviamente un tío muy interesante, tenía mucho que decir, en la línea de otros profetas, sean Elías, Mahoma, Buda o Confucio’... Pero la realidad es que Cristo no te permite decir esto. No te deja salir por ahí. Cristo dice: «no, yo no digo ‘soy un maestro’, no me llaméis maestro. No estoy diciendo ‘soy un profeta’. Estoy diciendo: ‘soy el Mesías’. Estoy diciendo: ‘Yo soy Dios Encarnado’». Así que lo que te queda es que, o Cristo era quien decía que era -el Mesías- o era un completo chiflado. La idea de que todo el curso de la civilización de medio planeta ha cambiado, que se ha vuelto del revés, debido a un chiflado... para mí, eso sí que es increíble”.

La opción es radical: o Dios o “un completo chiflado”.

Claro que, dilucidar si se está frente a un oasis de aguas puras o frente a una mera alucinación mental es una urgencia que sólo experimenta quien de verdad está atento a las señales de su propio cuerpo, quien reconoce la profundidad de su propia sed, como el beduino en el desierto.

En cambio, el que vive distraído, sin que alguien o algo sacuda sus seguridades, puede que no se de cuenta que tiene sed, puede que no experimente lo que describe el poeta Leopardi acerca de la condición humana: «No poder estar satisfecho con ninguna cosa terrena, ni siquiera con la tierra entera; contemplar la amplitud inabarcable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y descubrir que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de los mundos infinitos, y el infinito universo, y sentir que nuestro ánimo y deseo son todavía más grandes que el universo creado; acusar continuamente a las cosas de insuficiencia y nadería, y sufrir incapacidad y vacío, y aun aburrimiento, es para mí el mayor signo de grandeza y nobleza que vemos en la naturaleza humana».

Querido lector, te deseo que, al decir de Leopardi, tu vida sea atravesada por este deseo “todavía más grande que el universo creado”, y que te atrevas a buscar el oasis, o sea, ese Alguien que pueda satisfacerlo de verdad. Sería una actitud acorde con tu dignidad.

¡Feliz Navidad!