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18 de mayo de 2012

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Año nuevo, vida nueva

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Llegó la Navidad. Se viene el año nuevo. Busco alguien o algunos que planteen un modo original de vivir las fiestas, casi revolucionario, libre.

Por Osvaldo A. Bodean
andresbodean@gmail.com 

Sí. Eso es lo que busco: personas más libres, no sólo para festejar sino para vivir.

No me importan los liberados por el gobierno de las garras de Clarín. Tampoco los liberados por Clarín de la hegemonía kirchnerista. No. Busco otra cosa, menos ideológica, más concreta, humana: rostros felices que hayan experimentado una verdadera satisfacción en la vida, una verdadera alegría.

¿Existen? ¡Por supuesto que existen!

En verdad, todos, absolutamente todos, buscamos eso, satisfacer nuestros deseos y en especial, el mayor de ellos, acariciar la felicidad, sentirnos plenos, realizados.

Lo saben los publicistas que diseñan campañas cada vez más creativas para convencernos que tal marca nos garantizará el resultado buscado.

Lo saben los que lucran con nuestros adolescentes, a los que les ofrecen cada vez más alcohol, más pirotecnia, más vértigo, más velocidad, más sexo sin amor ni compromiso, con la ilusión de que así verán satisfechos los deseos, que a esa edad bullen en tropel.

Pero no. No encuentro en esas propuestas lo que busco. Obvio que alguna satisfacción producen, pero demasiado fugaz, pasajera. El espejo del día siguiente, que nunca miente, no devuelve la imagen deseada.

A veces hasta es trágico ese día después. Paradójicamente, buscando vivir con intensidad, proyectando el día soñado, desafiando todos los límites, algunos terminan cayendo en las garras del más contundente de todos los límites: la muerte.

Se me vienen a la mente las víctimas fatales de la pirotecnia, de accidentes de tránsito sólo explicables por el alcohol en sangre, o ese joven tronchando su vida y su carrera política ahogándose, según se supone, en una alocada práctica sexual.

Pero no escribo estas líneas para hablarte de estos ejemplos tristes. Por el contrario, busco compartirte esos otros, quizá más exóticos, pero reales, muy reales, de quienes muestran signos evidentes de vivir mucho más cerca de la felicidad buscada.

“350 voluntarios brindaron con los que viven en la calle”, titula un diario por allí. Me adentro en la noticia y no me quedan dudas: en esta historia sí que hay rostros más felices.

En la Plaza del Congreso de Buenos Aires –dice el relato periodístico- los voluntarios y la gente que allí vive alternaron abrazos y agradecimientos en un momento único. “Vení más seguido, aunque sea con las manos vacías, para saludar”, le dijo un hombre a Claudio, uno de los colaboradores más fervorosos y a quien a esa altura le costaba horrores contener la emoción.

De pronto no ya solo en los voluntarios sino incluso en uno de los beneficiados por el gesto descubro una clave. Lo que dijo no es una frase hueca, no es pura formalidad. “Vení más seguido, aunque sea con las manos vacías, para saludar”, es la conclusión de quien acaba de experimentar la plenitud de haber sido mirado con afecto real por otro ser humano, de haber sido valorado como el ser más importante del universo. Esto, mucho más que la comida que le falta o la ropa de la que carece, lo hizo feliz por un instante.

Enseguida, por esas cosas que tiene la mente, recuerdo a esa profesora de Concordia, que va con sus alumnos a barriadas extremadamente pobres a ayudar a familias a arreglar su casa. También en ella y en los chicos uno ve rostros satisfechos.

En fin, de golpe también tengo presente a ese grupo de amigos que en medio de un asado se les ocurrió empezar a juntar tapitas para ayudar al Hospital Garrahan, y vaya si lo lograron, pero sobre todo, cuán satisfechos se los veía.

¡Pucha!, me dije. Parece que los rostros libres y felices son de aquellos que han comprobado eso de que “dando se recibe”…

Hay millones de ejemplos, incluso más elementales, más simples, cotidianos. Como el de nuestros padres que tantas veces se esforzaron por nosotros. O el de la esposa, los amigos y los compañeros de trabajo que nos han abrazado sin juicio ni condena.

La lista de rostros realizados se tornó interminable. Rostros reales, no como los de las publicidades. A veces arrugados por el paso del tiempo, por los sacrificios, por los sufrimientos y hasta por los errores cometidos, pero finalmente realizados, con la mirada de los que han dado.

Como si el verdadero secreto estuviera allí, en dar, en amar aunque duela. Como si se tratara de una secreta lógica eso de que la vida se nos da para darla. La única forma de verificarlo es hacer la prueba, experimentarlo.

Tal vez ni siquiera así nos demos por satisfechos, porque al decir del matemático, físico y filósofo francés Blaise Pascal, “en el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios, que no puede ser llenado por ninguna cosa creada”.

Como sea, querido lector, te deseo un año nuevo de búsqueda despierta e incesante de la felicidad que anhelas.