Cristina Fernández, la presidenta nacional y popular que se opera en un hospital “privado”, no es el único caso de incoherencia ideológica.
Por Osvaldo A. Bodean
andresbodean@gmail.com
A decir verdad, la coherencia ideológica es imposible; ¡absolutamente imposible!
Lo digo así, de una, sin rodeos, aunque no dudo que muchos sacarán a relucir la vida de fulano o de mengano y dirán que fueron verdaderos modelos de coherencia, que vivían como pensaban, que jamás traicionaron.
Por supuesto que hay personalidades que, a grandes rasgos, vivieron en una mayor sintonía con tales o cuales esquemas de pensamiento. Pero la coherencia total, la adecuación absoluta, eso no. Seguro que no.
¿Por qué lo niego de modo tan categórico? Aparte de que la propia imperfección humana impide a cualquiera ser totalmente coherente, hay otra razón mucho más importante aún: la vida es infinitamente más compleja, y, por tanto, mucho más rica que cualquier conjunto de ideas políticas, filosóficas, religiosas y hasta científicas que intente explicarla.
La ideología viene a ser algo así como un envase. Pero resulta que la totalidad de la vida no entra en el frasco. Es insuficiente para contener la existencia y, sobre todo, jamás podrá responder los deseos del ser humano.
“Más cosas hay, Horacio, en cielo y tierra, de las que sueña tu filosofía”, le hace decir Shakespeare a uno de los personajes de Hamlet. Es la misma conclusión.
No es que esté mal tener ideas. Todo ser humano las tiene y las necesita, impulsado por su razón a conocer y comprender la realidad.
La ideologización, de la que ninguno de nosotros está exento, es otra cosa. Sobreviene cuando nos encerramos en las ideas, a las que absolutizamos, permitiendo que nos determinen, al punto de que ya nada nuevo estamos dispuestos a reconocer por fuera de ellas. Se convierten en rígidos prejuicios que angostan no sólo la razón sino la vida entera, y limitan nuestra libertad para relacionarnos con los demás. Derivan en locura cuando justifican la eliminación del que no comulga con nosotros.
Sólo el impacto ante alguien o algo que sacude nuestros prejuicios puede liberarnos. El cine nos ofrece inolvidables momentos así.
Se me viene a la mente el pianista de Varsovia. El oficial nazi se topa con él en la casa abandonada y antes de matarlo le pide que interprete algo en el piano. Una bellísima melodía se apodera de la escena. La común sensibilidad humana de ambos ante la belleza triunfa sobre los prejuicios ideológicos. El militar no puede evitar experimentar un atractivo que contradice sus aparentes “certezas” nazis que asociaban a todo judío con un demonio a ser eliminado sin compasión.
Los esquemas de ideas, cuando generan una especie de esclerosis en la percepción de lo que nos rodea, son como ídolos.
Los ídolos no son sólo objetos o riquezas ante las cuales el hombre se arrodilla cual si fueran dioses. También una ideología, cuando el hombre se pone a su servicio creyendo que llenará todas las expectativas de su vida, da paso a una idolatría.
Marx lo tenía claro cuando escribía a su amada: “no es el amor al hombre de Feuerbach, ni el amor al proletariado, sino el amor a la amada, a ti, el que hace al hombre de nuevo hombre, en el completo sentido de la palabra”. ¿No es acaso una confesión de que las consignas ideológicas no alcanzaban para satisfacer su humanidad?
La ideologización extrema, de la mano de clasificaciones maniqueas entre amigos y enemigos (no adversarios), es un mal del que no estamos exentos los argentinos. Ni oficialistas, ni opositores, ni periodistas, ni intelectuales, estamos a salvo de caer en ella.
De igual modo, estamos inevitablemente expuestos a incontables incoherencias e hipocresías, porque las ideologías a las que decimos servir jamás podrán contener nuestras vidas.
En el caso de Cristina Fernández de Kirchner, valdría preguntarse si acaso es auténtica su ideología “estatista”. ¿No es ella una “empresaria” exitosa que acumula crecientes fortunas? ¿No ha participado incluso en operaciones de compra de propiedades que antes pertenecían al Estado? ¿Por qué entonces habríamos de asombrarnos de que elija un hospital que quizá sea menos “privado” que los incontables bienes que ella acumula?
Además, a decir verdad, la supuesta confrontación entre Estado e iniciativa privada es una mera abstracción sin base en la realidad. ¿Acaso podría existir el Estado si no fuera por los fondos que le aporta la iniciativa privada, a través de empresas, cooperativas, familias, empleados, etc.? ¿Acaso pueden desarrollarse normalmente actividades privadas allí donde no hay Estado al servicio de un orden justo y previsible? ¿Cuándo aprenderemos que sociedad civil y Estado se necesitan para el logro del bien común?
Por último, las situaciones límites, como un cáncer por ejemplo, son como terremotos que derrumban prejuicios. Es como si colgáramos de un precipicio y mendigáramos por alguien que nos tienda una mano para salvarnos, sin que importe si el que se acerca a socorrernos es comunista, ateo, católico, liberal, gorila capitalista, kirchnerista, socialista, del Opus, homosexual, heterosexual, negro, blanco, amarillo. Y de poder elegir, como elige hospital la presidenta, elegiremos al que tenga más fuerza para levantarnos, aunque no sea del palo.
A veces, tras una experiencia así, nos volvemos más abiertos a valorar a todas las personas con independencia de sus ideas y nos dejamos de cavar trincheras. A veces.




