No es un cheque en blanco al gobierno para que pueda actuar a su arbitrio
El cerco de la casa de la abuela de Tom Sawyer
Desde que era chico, he leído y releído varias veces ese clásico de la literatura universal infantil: la novela del escritor norteamericano Mark Twain que lleva precisamente el nombre Aventuras de Tom Sawyer.
Y seguramente como consecuencia del gozo divertido que me provocó, durante mi lectura primera del libro, el episodio con el que espontáneamente la asocio es aquel que cabría mencionar como el de la pintura del cerco de la casa de su abuela. Porque Tom Sawyer, no sólo como cualquiera de nosotros tenía dos abuelas, sino que al menos una de ellas estaba viva, y en su casa vivía él, un chico tan travieso como pueden llegar a serlo todos los de su edad. Fue así como en la ocasión de una diablura de Tom, y como forma de corregirlo, en una tarde sin clases la abuela lo mandó pintar con cal el cerco de madera que delimitaba su vivienda. Y al comenzar su tarea no resulta extraño que comenzaran a acercarse al aprendiz de pintor otros chicos del barrio que coincidieron burlonamente en señalar que la actividad que aquel desplegaba era la consecuencia de una penitencia. Pero Tom convenció a sus amigos, que en realidad su abuela le había pedido que llevara a cabo ese tarea porque la misma no podía dejarse en manos de cualquiera, sino en las que fueran habilidosas. El resultado fue que los otros chicos envidiosos de la responsabilidad que se le había dado a amigo, terminaron pintando ellos la cerca, pagando para hacerlo esos pequeños, pero subjetivamente valiosos, objetos que atesoran los chicos. Y esa historia se me ha hecho presente al escuchar a funcionarios estatales anunciar el recorte en los subsidios a diversos servicios públicos dispuestas por el gobierno, al que se pretende mostrar como una medida de equidad social, que sería tardía. A la vez, esos mismos funcionarios se han negado empecinadamente a considerar a esos recortes como ajustes tarifarios, ya que dicen (formalmente con razón) que son quitas de subsidios, pretendiendo hacer olvidar a los usuarios que, dejando de lado la cuestión puramente semántica acerca de si se trata de ajustes o quitas, el hecho real y concluyente es que se ha duplicado o hasta triplicado la cantidad de dinero que tiene que salir de sus bolsillos para pagar las correspondientes facturas.
Mientras tanto, no son pocos los que quedarán a pesar de todo convencidos de la contundente verdad del argumento, más allá de que este no consista en otra cosa que el hacer pasar el gato por liebre. Con lo que más que efectuar una crítica expresamente focalizada en el justicialismo (no sé si no ha llegado la hora de acabar con los eufemismos, y llamando a las cosas por su nombre volver a hablar de peronismo, en la actualidad esta calificación ha perdido para la mayor parte de la población que no adhería o adhiere a sus principios doctrinarios, la carga negativa que tuvo), no hago otra cosa que referirme a una práctica difundida en nuestra dirigencia política y social, más allá de que en esa materia los justicialistas se muestren especialmente creativos.
La democracia peronista según Luis Alberto Romero
En una reciente nota periodística (La Nación, 15 de noviembre, página 15) el mencionado historiador y analista de nuestra realidad se ha adentrado en la descripción crítica de un importante y hasta decisivo elemento de nuestra realidad, cual es como la democracia peronista.
Es así como se ha encargado de señalar lo siguiente:
- Que nadie puede negar que el peronismo es un movimiento profundamente democrático, cosa que fue desde su origen, cuando aceleró los procesos de incorporación social.
- Que también en su funcionamiento interno hay un fuerte elemento democrático, ya que es un movimiento en el cual cada uno tiene la oportunidad de demostrar sus talentos y desarrollar su carrera.
- Que además, el peronismo forma legítimamente parte de nuestra historia política democrática en la medida en que con frecuencia (cabría decir, que cuando no ha estado proscripto lo de frecuencia quiere decir generalmente) gana las elecciones con amplitud.
- Que el peronismo se presenta como un movimiento que sería la expresión única de un pueblo homogéneo en intereses y doctrina identificados con la nación.
- Que por lo mismo que es así aparece como un movimiento de jefatura, investida por el pueblo de una autoridad tal que la coloca a esa jefatura por encima de las normativas institucionales, de allí que la democracia que expresa cabe definirla como democracia plebiscitaria o de líder...
- Que el peronismo al proponerse organizar la sociedad, regular sus conflictos y a la vez construir en ella una segunda base se sustento político, busca constituir una comunidad organizada en función del agrupamiento de la población en diversas organizaciones según sus diversos intereses sectoriales.
- Que de ello resulta que el peronismo es una singular forma de democracia, en parte corporativa y en parte plebiscitaria, a la que cabe describir como fuertemente tentada por el autoritarismo, pero que de cualquier manera corresponde a una de las variantes conocidas de la familia democrática.
Después de las elecciones del 23 de octubre pasado
La manera en que precedentemente se caracteriza el peronismo, puede resultar de utilidad para atender al contexto político nacional después de las elecciones generales de octubre pasado.
Como se sabe, en ellas se impuso vestido con el ropaje de un denominado frente para la victoria, con una mayoría aplastante por lo abrumadora. Es que nadie puede dejar de admitir que barrió en todos los distritos, casi sin excepciones. Una victoria que resultó más cataclísmica si cabe, al tener en cuenta la performance de las distintas oposiciones (es necesario hablar de oposiciones y no de una oposición no solo porque fueron incapaces de presentarse coaligadas, sino porque en realidad su forma de abordar e instalarse en la realidad es diferente), traducidas en el escueto número de votos obtenidos por sus candidatos sino por la escualidez de sus propuestas y el escaso vuelo de la mayoría de sus candidatos.
Una circunstancia que trae aparejados dos destacables peligros. De los cuales el primero, y no por ello necesariamente el menor, es el que quienes discrepan tanto con los postulados principistas de quienes componen una administración que va a ser en la práctica la continuación de la otra, ya que no existe entre ellas solución de continuidad, caigan en una suerte de auto censura, provocada por el temor de que se interprete cualquier cuestionamiento o juicio crítico acerca del partido gobernante como una falta de respeto a la decisión libremente arribada y plasmada de un abrumador número de ciudadanos. No se trata de aquello de que la voz del pueblo sea la voz de Dios, ni tampoco que la mayoría siempre tiene razón, sino que el necesario y legítimo respeto a la voluntad popular puede llevar a acallar críticas que deben considerarse siempre admisibles y aun válidas, más allá de que la voluntad de la mayoría tenga que ser respetada, ya que las minorías tienen también derecho a que se las respete, no cayendo entonces en la tentación de demonizarlas.
A lo que se debe agregar otro peligro (vinculado con la reticencia de quienes no comparten las posturas, enfoques y hasta comportamientos de quienes nos gobiernan) cual es que atento a la dimensión del apoyo eleccionario obtenido, y la presencia abrumadora en los cuerpos gubernamentales colegiados que es su consecuencia (no se puede pasar por alto, por ejemplo, que en nuestra provincia en lo que creo que es la primera vez en su historia se contará con un Senado monocolor) se asistan a desbordes en el poder, lo que es lo mismo que decir que quienes nos gobiernan sucumban a la tentación autoritaria.
A lo que aspiramos aquellos que no somos peronistas
Es que en mi concepto yerra Romero al señalar que existen diversas formas de democracia sin con ello se pretende significar que todas ellas deben ser valoradas de una manera similar. Es que como el mismo se encarga de indicar la democracia que él denomina plebiscitaria (sobre todo cuando viene a hacer una mixtura con ingredientes corporativos) es un tipo de debe al menos encender luces amarillas del semáforo, en la medida que ante su instalación tanto gobernantes como gobernados deben tomar conciencia de que deben transitar con precaución.
Es que una democracia plebiscitaria no es otra cosa que una democracia delegativa, en la medida que su instauración en una determinada sociedad se sustenta, tal como el nombre lo dice, en la delegación del poder en un jefe, el que viene a recibir una suerte de cheque en blanco para actuar a su entero arbitrio. Un estado de cosas cuando menos peligroso y hacia el que podemos empezar a rodar (si ya no lo hemos hecho), si se tiene en cuenta que las decisiones de gobierno se han convertido en infinidad de casos en no otra cosa que órdenes presidenciales, y que al parecer no se ha designado ningún candidato a legislador por el partido oficialista sin contar con la anuencia de la presidenta, cuando no han sido puesto por ella. Si a lo expuesto se agrega la tentativa de contar con una mayoría abrumadora de medios de comunicación social cuando no totalmente adictos al menos complacientes, acompañado de medidas con aptitud para arrinconar a aquellos que dan cuenta de posturas que incomodan a las autoridades, el cuadro se vuelve notoriamente más grave.
Indudablemente entre nosotros existen muy pocos- si es que los hay- tanto en la dirigencia como el conjunto de ciudadanos, que puedan considerarse libres de culpa en materia de agresiones a la democracia republicana, la que es, según una ingeniosa definición la menos mala de las formas de gobierno, y la que por lo demás es la adoptada por nuestra Constitución.
De donde no se trata aquí de pontificar sobre la cuestión, procurando mostrar la paja en el ojo ajeno mientras pasamos por alto la viga en el propio, sino de advertir que todos, desde el lugar donde nos encontremos, nos comprometamos a bregar no sólo por la institucionalización del país, sino haciéndolo dentro de los moldes de la democracia republicana.
Y es a ello a lo que debemos aspirar (lo que no es pedir demasiado, aunque no significa en realidad conformarse con poco) los que estando en la vereda de enfrente del viejo/nuevo gobierno no podemos dejar de hacer votos para su éxito, en la medida en que somos parte de una sociedad a la que pretendemos ver cada vez más integrada.




