Estamos viviendo momentos en los que no solo se asiste a agresiones repetidas al espacio público, sino que hasta en forma harto peligrosa aparece como cada vez más desdibujado su concepto.
Es claramente perceptible existen casos de verdadera apropiación de ese espacio por parte de personas que vienen a delimitar y ocupar sectores del mismo en forma exclusiva, con evidente olvido de la condición de ámbito de utilización compartida por todos los integrantes de la comunidad, por lo que lo denominamos justamente público. Un estado de cosas que, aunque pueda parecer paradójico, es más grave que las usurpaciones que afectan a inmuebles de propiedad privada, ya que en este último caso los intereses involucrados no tienen dicho carácter público.
Se trata de un fenómeno que por lo general se hace presente en las grandes ciudades, y de lo que en estos días es un caso mediáticamente sobresaliente el de los “los manteros” de la porteña calle Florida, a la que un grupo de sesudos vendedores ambulantes habían convertido en una virtual feria al aire libre. Peligro del que ciudades como la nuestra no están exentas de sufrir, sobre todo en épocas veraniegas como la actual en la que el verdadero aluvión de turistas viene acompañado con la invasión del espacio público con la instalación de precarios puestos comerciales de este tipo. A ello debe agregarse la verdadera contaminación visual que significa la colocación verdaderamente anárquica de carteles publicitarios por lo general en nuestras calles céntricas.
De esa manera nos encontramos ante prácticas que, de no reglamentarse de una forma prudente, acotándolas estricta y razonablemente, se consolidarán y se volverán cada vez más frecuentes hasta llegar al punto en que, lo que en la actualidad no son nada más que transgresiones consentidas por la incuria de la autoridad, pasarán a ser consideradas como derechos por parte de quienes en realidad están en falta.
Nuestra municipalidad cuenta con un crecido número de inspectores de tránsito caracterizados tanto por su trato amable como su predisposición para tratar de hacer las cosas bien. De lo que se trata entonces es de asignarles la labor de ocuparse de esta cuestión, dándoles al respecto las instrucciones pertinentes. Puede quizás suponerse que un planteo como este en momentos en que nuestras autoridades locales tienen que enfrentar un sinnúmero de problemas es inoportuno, aunque estimamos que siempre tiene que existir un hueco para procurar hacer de la nuestra una ciudad cada vez más ordenada.




