En el objetivo de lograr la igualdad de trato al hombre y la mujer –preferimos plantear de esa manera la cuestión por cuanto en la actualidad no se ve bien hablar de igualdad de “sexos”,
y el concepto de igualdad de “género” aparece como impreciso- existe un largo camino por recorrer. No se trata tan sólo de hacer referencia a lo que sucede en muchos de los países en los que la religión musulmana es la predominante cuando no la exclusiva, sino lo que incluso pasa en muchas de las sociedades “avanzadas” de Occidente, donde si nos atenemos a la normas jurídicas vigentes las mujeres han quedado equiparadas a los hombres en lo que a sus derechos respecta, dado lo cual cabría, en principio, considerarlas como “liberadas” de un estado de sumisión ancestral.
Es que la igualdad jurídica no siempre se traduce en igualdad social, dado lo cual corresponde señalar que el haber logrado la “liberación” no significa que las mujeres no sigan viviendo en sociedades “machistas”, aunque el grado en que lo son muestra diferencias que en algunos casos son verdaderamente significativas.
Entretanto nuestro país no es al respecto una excepción, ya que diversos datos estadísticos son reveladores de la persistencia de esa situación, la que viene a dar cuenta de una manera de manifestarse verdaderamente trágica, cual es el de la violencia familiar, la que en un número preponderante de casos tiene a la mujer y a los menores como las víctimas. Es así como una información reciente da cuenta de que casi trescientas mujeres y niñas murieron asesinadas el año pasado en nuestro país, y que en el mayor número de los casos el victimario era el esposo o padre, o el varón que asumía un rol similar.
A la vez un reciente estudio encargado a una consultora por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), viene a abordar la cuestión de una perspectiva más amplia, ya que el mismo tiene el objetivo de recolectar información de manera de poder abrir el debate sobre el impacto de la distribución desigual entre los hombres y las mujeres en las tareas de cuidado en la vida de las personas que, total o parcialmente, son incapaces de valerse por sí solas, tal cual es el caso de los ancianos y los niños.
En realidad la investigación aludida llegó a una conclusión que cualquiera entre nosotros, sino sabía, por lo menos podía inferirlo de una forma casi intuitiva, en cuando viene a establecer que las mujeres son principalmente las encargadas del cuidado de niños y niñas y personas ancianas y enfermas.
Por otra parte esa conclusión general adquiere mayor precisión en la medida que de la encuesta resulta que en el setenta y seis por ciento de los casos la organización del cuidado es responsabilidad de la madre y que a la vez al menos en la mitad de los casos esa responsabilidad es asumida en forma exclusiva.
A la vez en el referido estudio ha quedado establecido que en el caso de que trabajen varones y mujeres en situación de cohabitación, es la red familiar (abuelo, abuela, hermano, hermana, tío, tía) la principal estrategia de cuidado cuando en los hogares hay niños pequeños a lo que debe agregarse que en estas redes las mujeres desempeñan un rol patagónico en forma abrumadora...
Profundizando el análisis, en el informe indicado a la vez se destaca que sólo cinco por ciento de las familias contrata a una persona para efectuar tareas de cuidado y que, como en casi un noventa por ciento de los hogares, los niños menores de trece años están escolarizados, el sistema educativo viene a convertirse en otra estrategia de cuidado importante para las familias.
También que este porcentaje desciende a apenas poco más del treinta por ciento en los hogares con niños menores de tres años, lo que viene a dar cuenta de la existencia de un déficit en la disponibilidad del sistema educativo en el nivel inicial, independientemente del hecho de que muchas familias prefieren cuidar de los más pequeños.
Si bien la indicada se trata de una situación que ha venido cambiando paulatinamente –y en los últimos años de una manera acelerada (basta con comparar el número de padres que en otras épocas podía verse cambiando pañales o dándoles mamadera a sus hijos pequeños, con la situación actual)- es innegable que esa situación de desigualdad entre hombres y mujeres impacta negativamente en el ejercicio de la autonomía e independencia de estas últimas. De allí la reflexión –que no siempre es una queja, ya que ellas asumen en una mayoría de los casos la situación como una cosa natural- que la mujer que trabaja fuera de su casa, termina desempeñado una tarea doble, ya que a aquella debe añadirse la que en el hogar la ocupara antes de irse a trabajar y después de retornar al mismo.
Es por ello que el estudio aludido ha servido a la entidad que lo encargó para destacar la necesidad de incluir en la agenda vinculada con el logro de una igualad social plena de hombres y mujeres junto a los problemas de violencia y de los derechos sexuales y reproductivos, lo que se denomina “la problemática del cuidado de las personas en situaciones de vulnerabilidad”.
De allí surge –independientemente de que deba darse una participación más igualitaria de ambos progenitores en la crianza de los hijos y de sus parientes ancianos-la necesidad de elaborar e implementar políticas públicas encaminadas a resolver las necesidades de cuidado en la primera infancia y los adultos mayores, y generar más y mejor infraestructura y servicios de cuidado.
Lo que es lo mismo que significar que se debe procurar el aumento del número de guarderías para los chicos que no alcancen la edad escolar, a la vez que la creación de “hogares de día” que puedan acoger hasta que llegue la noche a las personas ancianas. También en el caso de los enfermos que si bien deban guardar reposo, no requieran el permanecer internados implementar un servicio que permita la atención en su domicilio.
De lo que se trata en definitiva, es de encarar de una manera frontal una nueva realidad que como se ha visto es consecuencia de los mutaciones cada vez más profundas que acusa nuestra sociedad. Es que no hay que olvidar que en los libros que a principios del siglo pasado se ocupaban de las familias, de su organización y sus funciones- se señalaba entre ellas las asistenciales, vinculadas precisamente con el cuidado de ancianos, niños y enfermos del grupo familiar, en lo que no era otra cosa que un residuo perviviente de una época anterior en que la denominada “familia extensa” –es decir la conformada no ya por el padre, la madre y los hijos menores, sin por un grupo numeroso de parientes en situación de cohabitación- era una realidad viva y por consiguiente en condiciones de asumir esa función.
La realidad en la actualidad es otra, ya que a la circunstancia que no solo la “familia nuclear” convive muchas veces con la “familia nuclear incompleta” – como consecuencia de la ausencia o muerte de uno de los progenitores- se agrega el hecho que estos tipos de familia cuentan con un hábitat reducido, circunstancia que dificulta incorporar a los parientes ancianos al grupo, a lo que debe añadirse el hecho que esas familias nucleares viven en lugares distintos y muchas veces distantes a aquel en los que viven sus familias de origen.




