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08 de septiempre de 2010

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Lo poco que sabemos de nosotros mismos

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El presente es el año del Bicentenario, no solo para nosotros sino para otros cuatro países latinoamericanos cuales son  Chile, Colombia, México y Venezuela.

Para ser más precisos: doscientos años desde el momento en que nos dimos, tanto ellos como nosotros, gobierno propio, porque al menos en nuestro caso la declaración de la independencia se produjo en 1816.

Íbamos a escribir que ello es “como todo el mundo sabe”, pero a estar a los resultados de una reciente encuesta de opinión llevada a cabo entre los habitantes de  los países que cumplen el bicentenario de su gobierno propio, las cosas no son necesariamente de esta manera.

En suma, damos por supuesto que entre nosotros no hay quien no sepa que el 25 de Mayo de 1810 se formó el primer gobierno patrio, dado lo cual a partir de ese momento pasamos a gobernarnos en forma autónoma, es decir dejando de lado a España, por más que recién el 9 de julio de 1986 un Congreso reunido en Tucumán, declarase formalmente nuestra independencia de la que conocemos como nuestra madre patria -y de toda otra dominación extranjera- a pesar de que en los hechos la veníamos ejerciendo con mucho valor y esfuerzo desde 1810.

Pero de los resultados de las encuestas aludidas resulta  que en la actualidad  de cada diez argentinos solo seis saben que nos independizamos de España y entre los otros cuatro uno da una respuesta incorrecta, y los otros tres directamente no saben o no contestan.

Se trata de un hecho verdaderamente inquietante, en la medida que poco menos de la  mitad de nuestra población desconoce nuestro origen, y se halla así, de una manera significativa, desasido, más que desinteresado, de nuestras raíces comunes. Una situación en la que, a la falta de interés por parte de  los ignorantes de nuestros orígenes, se agrega una falla no solo de la educación formal, o sea aquella que se brinda en las escuelas sino además de la educación informal, entendiéndose por tal la que es tanto el  resultado de los contactos cara a cara, como la que brindan los  medio masivos de comunicación.

De donde estábamos equivocado los que suponíamos que  prácticamente todos los habitantes del país conocíamos,  aunque más no fuera de una manera  nebulosa y hasta fantástica, todos los hechos vinculados con la “semana de mayo”,  entre los que sobresalían  el Cabildo Abierto del 22 y la jornada del 25, con el vecindario porteño reunido en las puertas del Cabildo con sus paraguas abiertos, y con  French y Berutti distribuyendo a modo de escarapelas cintas celeste y blanca.

Porque es indudablemente exacto que para quienes han internalizado el acontecimiento hasta el grado de hacerse carne en ellos, fluye fácil la asociación del 25 de Mayo a la  imagen del  edificio del Cabildo porteño.

Y el estado de cosas al que nos referimos se vuelve más inquietante todavía, si hacemos nuestra la preocupación de una historiadora argentina, la que al enterarse de esos resultados se lamentó que  los porcentajes finales al respecto, no hubieran sido desagregados por edades, por cuanto ella tiene la sospecha que de ser así hubiera quedado revelado que ese desconocimiento es mayor a medida que disminuye la edad de los encuestados.

Lo que significa que el desconocimiento de nuestra historia viene avanzando con el paso de los años, en gran parte como resultado de las falencias indicadas en nuestra educación y en parte como resultado del empantanamiento en un presente complicado que nos lleva a desentendernos de toda otra cosa que no sea el bochinche o el escándalo del momento.

Pero tanto o más grave ese desconocimiento es el hecho de que para prácticamente la mitad de nuestra población, a estar a los resultados de la misma encuesta, la conmemoración del Bicentenario resulta poco o nada significativa. Una situación que solo puede tener como explicación la mezcla de  los sentimientos de  frustración, incertidumbre y  resignación que en la actualidad -y esto no es de hoy sino que viene de años y hasta décadas atrás- que embarga a los argentinos, muchos de los cuales dan muestra de la sensación que a pesar de los esfuerzos individuales  y de nuestras cualidades colectivas -que no puede unas y otras dejar de ser reconocidas- estamos perdiendo, si ya no lo hemos hecho, el tren de la historia...

Todo ello es consecuencia de  haber olvidado en gran medida el sentimiento básico que, como un cemento, mantiene unida a  toda nación, cual es que todos sus habitantes nos consideremos como formando parte de una empresa común, sentimiento que de una manera espectral y pasajera puede reverdecer en apariencia ante una gran conquista deportiva, por parte de aquellos por los cuales nos sentimos representados.

De lo que se desprende la necesidad de recuperar ese sentimiento  de participar en una  empresa común, el que aparte de volvernos más solidario nos revitalizará como  comunidad, tarea en la que todos, empezando por nuestra dirigencia, debemos comprometernos.