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La mano tendida

Hoy tendremos nuevo Presidente. No pasarán muchas horas. Sea quien fuere, su nominación por parte del pueblo significará una nueva victoria de la democracia, además de la consolidación del sistema. Durante 32 años lo hemos custodiado entre todos. Es inaceptable y hasta condenable arriesgarlo. Puede tener defectos, bien se sabe que es perfectible, pero hasta ahora no conocemos otra forma de elegir autoridades y representantes.

De tal manera, cuando el comicio concluya y se consagre el nombre del depositario de la confianza popular, habremos plantado otro mojón. Ya no será posible retroceder.

De todos modos, convengamos que no ha sido la mejor campaña electoral. Lejos de eso, probablemente se la pueda ubicar entre las menos recordables. No abundaron las propuestas, apenas se enunciaron grandes líneas de acción y se comprobó en el último tramo de la campaña cierta insistencia en acusaciones personales.

Esto no es bueno y deteriora el sistema. La política demanda debate de ideas y proyectos. De eso se trata. Y si en determinada circunstancia la polémica se desvía hacia cuestiones personales, es porque algo está fallando en los contrincantes o en sus equipos de trabajo.

Atrás las reyertas inútiles

Mañana amanecerá un día diferente. Cualquiera sea el resultado electoral, los argentinos iniciaremos otra etapa. Habrá mayor o menor énfasis en determinados asuntos; se actuará con rapidez o lentitud, según los temas, pero todo indica que se registrarán variantes.

En forma simultánea, quedará atrás un período de penosos desencuentros entre los argentinos. Es innecesario enumerarlos porque todos, en diferentes escalas y situaciones, los hemos vivido. Sin que la mayoría lo buscara, se instaló entre nosotros la figura del enemigo, dominó la escena e involucró a una porción importante de la sociedad argentina.

La intención de imponer la idea propia como única, destruir al que piensa de otra manera, crear la dura alternativa "yo o el caos" y sus réplicas campo-ciudad, buenos-malos, amigos-enemigos, ricos-pobres, ilustrados-ignorantes y decenas de alternativas similares, tiende a naufragar.

Superar esta desgraciada instancia será uno de los deberes primordiales de quien reciba hoy la confianza pública. Es bien sabido que el disenso enriquece cuando se lo plantea en términos respetuosos. Aprovechemos la ocasión para demostrarlo.

Por otra parte, de confirmarse la impresión generalizada (por ahí también las encuestas, en las que no confío) será estrecho el margen en favor de uno u otro candidato. Si los sufragios ratifican la tendencia, estarán obligando al vencedor a convocar a su adversario derrotado, al menos para cambiar ideas acerca de la Argentina que viene. No ha sido un gesto acostumbrado entre nosotros, todo lo contrario, pero en esta circunstancia entrañaría un acto máximo de civismo.

Un método infalible

De igual manera, cualquiera sea el pronunciamiento del ciudadano, la nueva etapa argentina requerirá de consensos para avanzar, en todos los órdenes.

La recuperación de la producción que no ha crecido en cuatro años; el descenso de la inflación; la falta de reservas; la complicada situación monetaria; el déficit fiscal cada vez mayor; la pérdida de mercados internacionales de carnes y granos; los frigoríficos cerrados; el crecimiento de la pobreza; los hospitales en crisis; la educación en franco retroceso; las denuncias de corrupción, algunas en manos de la Justicia; el caso del fiscal Nisman y el pacto con Irán, entre otros muchos temas, demandan que las cúpulas se entiendan para actuar con la mayor fortaleza posible.

Uno u otro, tendrán que hacerlo. La mano tendida es un método infalible. Al menos para empezar.

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