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Donald Trump y las naranjas amargas

Sin menospreciar a los expertos que pretenden explicar la victoria de Donald Trump apelando a categorías políticas y económicas, puede que el asunto hunda sus raíces en causas más profundas.

Por estas horas, tengo la sensación de que hace ya mucho tiempo que alimentamos un estilo de vida más y más superficial, hiper consumista, egocéntrico e intolerante, y, de golpe, resulta que nos escandalizamos cuando los pueblos eligen a hombres de esa calaña para que los lideren.

¡Qué ilusos! ¡Plantamos naranjas amargas y pretendemos cosechar dulces!

Nos estupidizamos con Showmatch y esperamos destilar obras con el refinamiento de Hernández, Cervantes o Shakespeare.

Llenamos la TV de realitys cosificantes y nos declaramos desconcertados porque el mundo se volvió loco y elige líderes que son ellos mismos un reality. ¿Acaso no estamos vomitando lo que tragamos desde la pantalla?

El pensador polaco Zygmunt Bauman describe este presente con mayor agudeza aún: "Sea cual sea el rol de cada uno en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar", sostiene.

La reflexión de Bauman trae a la memoria cuando el escritor ruso Alexander Solzhenitsyn, después de haber denunciado la perversidad del comunismo soviético, se atrevió a ser igualmente implacable con lo que encontró del otro lado del muro que años después caería: "No tengo ninguna esperanza en Occidente. La excesiva comodidad y prosperidad han debilitado su voluntad y su razón", dijo.

Como sea, está a la vista que nos hemos vuelto cada vez más indiferentes ante violentas desigualdades que laceran la dignidad humana de millones de personas, marginadas no sólo de los bienes materiales sino también de una educación integral y humanizante; hemos abonado la enfermiza idea de que alcanzaremos la paz electrificando rejas, instalando alarmas cada vez más sofisticadas, ideando barrios cerrados donde refugiarnos para disfrutar de lo acumulado. Y finalmente nos asombra que ganen elecciones tipos que no hacen otra cosa que redoblar esta misma apuesta, proponiendo al pueblo la más cruda xenofobia.

¡Cuánta hipocresía! No paramos de construir muros pero condenamos a uno que abiertamente los convierte en argumento de campaña.
Modernidad líquida
¿Cómo ha sido posible que nos volviéramos a tal extremo ignorantes y bestiales en tiempos de sofisticados avances tecnológicos?

Bauman lo explica con meridiana claridad: "Ahora tenemos acceso a más información que nunca. Una simple edición dominical del New York Times contiene más información que la gente más educada de la Ilustración consumía en toda su vida. Al mismo tiempo, los jóvenes actuales, los llamados millenials, que se hicieron adultos con el cambio de milenio, nunca se habían sentido más ignorantes sobre qué hacer, sobre cómo manejarse en la vida... ¡Todo es tan tembloroso ahora!".

Bauman es el mismo sabio polaco que se hizo conocido al crear un concepto clave para interpretar al mundo de hoy: la modernidad líquida. Sostiene que los pilares "sólidos" que apuntalaban la identidad del individuo -un estado fuerte, una familia estable, un empleo indefinido-, se han ido licuando hasta escupir un tipo de hombre acongojado por la zozobra permanente, el miedo y una insoportable incertidumbre. Un tipo de hombre, en definitiva, que no sabe quién es ni dónde está parado. Que en vez de actuar, reacciona, cada vez más instintivamente, bestialmente.

¿Cómo se entiende que en tiempos de internet, un avance tan maravilloso, presuntamente útil para acercar a los pueblos y avanzar hacia la aldea global, estemos dando a luz modelos autoritarios, aislacionistas, que exhalan odio por los poros?

Bauman propone una explicación digna de ser analizada: "los estudios sociales indican que esta maravilla tecnológica no sólo no te abre la mente, sino que es un instrumento fabuloso para cerrarte los ojos. Hay algo -dice- que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales".

El mismo Bauman se recuesta en el Papa Francisco al identificar tres asuntos a considerar para construir una sociedad sana. El primero, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. El segundo, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y el tercero, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad.

Si nos comprometiéramos a trabajar en serio en estos tres planos, tal vez a futuro las naranjas que recojamos no sean tan amargas. Tal vez.

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