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Emociones efímeras en tiempos de contaminación mental

La imagen que nos emocionó pero no nos conmovió
Foto: La imagen que nos emocionó pero no nos conmovió
"La fotografía de mi hijo Aylan no sirvió para nada", dijo Abdalá Kurdi, casi un año después de la muerte del pequeño.

Su mensaje fue un golpe a la mandíbula de las hipocresías de la humanidad.

El reproche de este papá pobre, refugiado, atravesado por el dolor, no está dirigido contra la foto ni contra internet ni las redes sociales ni el periodismo, todos instrumentos creados por el hombre cuya verdadera utilidad depende del modo en que los utilicemos.

Sus palabras más bien están destinadas a interpelar a los seres humanos. De manera especial, a los que tienen mayor poder de decisión, aunque no sólo a ellos.

¿Exageró al decir que "nada" ha cambiado?

¿No es verdad acaso que la imagen de su pequeño hijo en la playa, tendido boca abajo y con las palmas de sus manitos mirando hacia el cielo, viralizada en las redes, contribuyó en algo a que gran parte de la humanidad cobrara un mínimo de conciencia acerca del drama de la guerra y de los refugiados?

Puede que sí. Pero para el papá de Aylan, la única verdad es la realidad.

No en el mundo virtual sino en el real, después de aquella foto murieron otros 423 aylanes. Y casi no se habló de ellos. O sea, no cambió "nada". O si algo cambió, podría haber sido para peor.
Emocionó pero no conmovió
Puede que la imagen nos haya emocionado pero no nos conmovió.

Es decir, originó comentarios, emoticones, "me gusta", hashtag, artículos periodísticos, mil variantes de la indignación canalizada a través del mundo digital, pero no fue suficiente para que los seres humanos nos pusiéramos en movimiento; no nos con - movimos para poner manos a la obra y cambiar en algo el curso de la historia.

Tratar de entender por qué ni siquiera la muerte de un niño inocente golpeando de lleno nuestros sentidos alcanza para inaugurar un cambio verdadero excede a estas líneas. Habría que ahondar sin dudas en el misterio de nuestra condición humana, en ese "corazón de piedra" del que habla la Biblia y al que sólo una intervención de Dios puede ablandar; en esa libertad expuesta al error que nos caracteriza y que a su vez nos hace resistir -y menos mal que resistimos- a cualquier intento de ser programados, automatizados, incluso aunque fuera para una justa causa. Como también habría que poner sobre la mesa con toda crudeza un sistema económico y político internacional incapaz de resolver las gravísimas inequidades que él mismo origina y que hacen las veces de caldo de cultivo para los extremismos terroristas en sus más variadas formas.
Desafíos del mundo digital
Pero también haría falta revisar desde un espíritu crítico qué está pasando con nuestra "comunicación" en los tiempos del reinado de lo "digital", un asunto al que con particular profundidad describe el Papa Francisco en la introducción de su Carta Encíclica Laudato Si.

"Las dinámicas de los medios del mundo digital, cuando se convierten en omnipresentes, no favorecen el desarrollo de una capacidad de vivir sabiamente, de pensar en profundidad, de amar con generosidad", dice el Pontífice.

Francisco introduce una expresión clave: "contaminación mental".

"La verdadera sabiduría, producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas, no se consigue con una mera acumulación de datos que termina saturando y obnubilando, en una especie de contaminación mental", advierte.

"Al mismo tiempo -agrega-, tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet".

"Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza".

"Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal".

Tal vez un antídoto contra esta "contaminación mental", contra estas "emociones artificiales", sea intentar seguir e imitar a aquellas personas que en centros barriales, escuelas, clubes, hospitales, parroquias, centros de autoayuda, en las periferias de nuestras ciudades, salen día a día al encuentro de tantos "Aylan" de acá a la vuelta, los abrazan, los educan, los aman, besan sus rostros sucios al modo en que Madre Teresa lo hacía con los pobres de Calcuta.

Nada más efectivo para salvarnos de la tentación de quedar atrapados en lo virtual que dejarnos impactar y guiar por el testimonio real de quienes ya viven un amor así, real, directo, concretísimo, carnal, poniendo el cuerpo y el alma por otros.

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