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Las "ratas inmundas" que mataron a Jonathan

Jonathan Burgos desbordaba vida y proyectos este martes por la mañana cuando iba rumbo a su trabajo, pero no era noticia. Tal vez tampoco le interesaba serlo. Hoy está muerto y su rostro es tapa de todos los diarios.

Cruel paradoja: Existir para los medios cuando ya no se respira; saltar de la privacidad al mundo de lo público cuando el corazón ha dejado de latir y sólo queda la cristiana esperanza de que esté de algún otro modo en algún otro lugar.
La lógica reacción visceral
Es cierto que este concordiense trabajador, de tan sólo 24 años, no es la primera víctima de la inseguridad. A esta altura, la lista es más extensa de lo que nuestra memoria es capaz de recordar.

Y como en cada ocasión en que ocurren hechos así, de alto impacto emocional, cual si fuera un espasmo o una convulsión provocada por la sangre inocente recién derramada, sobreviene la reacción de una sociedad comprensiblemente indignada, que clama justicia y propone acciones, algunas de las cuales -me atrevo a adelantar- dan tanto miedo como los asesinos de Jonathan.

En Facebook, ese espacio público que algunos comparan con una cloaca a cielo abierto pero que también puede ser valorado como un ecógrafo que exhibe el estado de salud de los órganos del cuerpo social, fueron publicados mensajes de este tenor:

"Hay que hacer justicia por mano propia parece! Ratas inmundas estos chorros!!! Prenderles fuego es poco".

"¡La puta madre q los parió!!!!!!!!!!!! Hasta cuando!!!!!!!!!! Hasta cuándo vamos a tolerar esto!!!!!! Cuanta injusticia!!!!!! Siento impotencia!!!!!! Por Dios q alguien haga algo!!!!!! Pobre familia !!!!! Un inocente más se nos va!!!! Y las lacras siguen impunemente como si nada!!!!! Resignación para esta familia!!!!!".

"Los inocentes mueren y los delincuentes son cada vez más".


Estas y cientos de voces por el estilo dan forma a un mayúsculo mar de bronca.

Hablar de "ratas inmundas", plantear que hay que armarse para "exterminarlas", son algo así como reacciones viscerales, nacidas de las entrañas, de los instintos. Y como tales hay que tomarlas. ¿Pero, de verdad solucionarían el problema?

Nadie niega que bajaría el número de delitos si ponemos un policía por cuadra, un patrullero cada 4 manzanas, cámaras cada 50 metros, ampliamos el número de fiscalías, suprimimos la "puerta giratoria" en los tribunales y encerramos a los "malos". Son todas acciones urgentes y que la sociedad demanda.

Pero, ¿de verdad pensamos que se suprimiría con todo ello el problema de la inseguridad? ¿O tan solo mitigaríamos los efectos, bajaríamos la fiebre pero la enfermedad, la génesis de este mal, seguiría intacta?
¿De dónde salen esas "ratas inmundas"?
¿De dónde salen esos a quienes en las redes denominan "ratas inmundas", por lo general habitantes de las villas miseria? ¿Nacieron así, asesinos sin más? ¿Lo llevan en sus genes? ¿Es su raza acaso?

¿Salieron del vientre de la madre con un cuaderno de tercer grado que jamás será completado porque desde los 9 años ya no estarán en la escuela por más ley de educación obligatoria que haya? ¿Tienen sellado en su frente de recién nacido el entorno de desestructuración familiar, violencia y desempleo en el que se criarían? ¿Nacieron con el paco quemándoles la cabeza y un arma con la que sentirse poderosos?

¿O será que cuando bebé fueron tan esencialmente hermosos como todo bebé, inocentes como toda criatura, como tu hijo o el mío? Y de ser así, ¿qué pasó desde aquel llanto inicial hasta el presente para que se hicieran acreedores de la etiqueta "ratas inmundas"? ¿Todo es culpa de ellos y nada más que de ellos, son malditos victimarios y punto? ¿Quién o quiénes permitieron que queden sin escuela? ¿Quién o quiénes facilitaron que caigan en las adicciones? ¿Quién o quiénes les proveyeron las armas?
Bombas racimo que esparcen violencia
Obvio que nada, absolutamente nada, ni siquiera la extrema miseria, puede justificar los asesinatos y los robos y quien los cometa debe ser condenado en función de las leyes vigentes. Eso está fuera de discusión. Además, la inmensa mayoría de las personas que crecen en condiciones de extremas carencias no se convierten por ello mecánicamente en asesinos ni en ladrones. No hay determinismos tratándose de humanos.

Pero no es menos evidente que -y no por casualidad- la mayoría de los internos que abarrotan las cárceles de Argentina tienen historias casi calcadas, donde se conjugan todos los componentes capaces de facilitar la gestación de un delincuente, un verdadero cóctel de violencias que, cuando finalmente estallan, son como bombas racimo que la amplifican por doquier.

Porque es violencia la desnutrición emocional y física desde la cuna y es violento que a muy pocos les preocupe y ocupe; es violencia no terminar ni siquiera la primaria y que a casi nadie le importe; es violencia que queden a expensas de los narcos que los envenenan cuando apenas si tienen 12 o 13 años y los políticos que debieran hacer algo miran para otro lado o se debaten en una impotencia cómplice; es violencia que los mercaderes les vendan las armas para que maten y se maten y tampoco pase nada; es violencia crecer sin ningún adulto a tu alrededor que trabaje y te transmita la cultura del esfuerzo, porque en décadas los planes asistenciales han sido la única respuesta política al desempleo; en fin, es violencia que a gran parte de la sociedad le importe un pito la profunda brecha social y el abismo al que caen los que no están incluidos. Todo es violencia y genera más violencia.
El "estanque" del Caso Alfonzo
Tal vez por eso los jueces del Caso Alfonzo ocuparon varios párrafos de su sentencia en describir la "vulnerabilidad social" como raíz de tantos males, entre ellos la trata y la prostitución.

Los magistrados usaron la metáfora del "estanque" donde los proxenetas, al igual que los narcos y los vendedores de armas -que en ocasiones son los mismos-, van a "pescar victimas", no "a mar abierto" sino a un espacio acotado en el que "pululan".

"Ese estanque -sostienen los jueces- es un sector de la sociedad argentina actual, ampliado en ciudades como Concordia, en la que existen vastos sectores populares sumidos en la pobreza, en los que las familias subsisten con dificultad, y los jóvenes no terminan el ciclo de educación formal, no se capacitan para trabajar ni existen alternativas laborales para ellos, al punto que se los denomina en estudios sociológicos como "NI NI" (ni estudian ni trabajan)".
La profecía de Andrés Servin
En marzo de 2011, el Padre Andrés Servin acababa de enterrar a un pibe de 17 años, que también había muerto asesinado. Y el cura se largó a hablar: "Hay una pobreza que deteriora, chicos con problemas psicológicos serios y se potencia con el alcohol y la droga. Vamos a llegar a las pandillas de Nicaragua, de El Salvador, de Los Ángeles", vaticinó hace ya 6 años.

Andrés estaba convencido de que para atacar el problema había que empezar por algo concreto y ese algo era que ningún chico dejara la escuela. "Nos llenamos la boca de que vamos a poner obligatorio cuatro años de edad pero el asunto es la deserción, los chicos que no van, que han dejado no solamente la primaria muchos, sino que con 12 años se vienen a inscribir para segundo grado", se lamentaba.

Servin había pedido al gobernador de entonces que instrumente "una campaña agresiva, que impacte sobre la escolarización, para sacarnos de la cabeza que haya pasado a ser normal que algunos chicos no vayan a las aulas. ¿Por qué no creamos una conciencia colectiva donde todo el mundo, hasta el más dormido, le caiga mal, le caiga anormal, diga que no puede ser que un chico no vaya a la escuela o que un adolescente no siga la secundaria, no siga un oficio?", proponía. Obvio, no le hicieron caso, no le hicimos caso. Hoy, como en 2011, "se hace mucho más campaña por el dengue que por la escuela", como también repetía.

Tal vez empecemos a cambiar las cosas de verdad el día en que nos indigne enterarnos que un pibe no está siendo educado tanto o más que la inseguridad.

Y si no queremos educar por caridad, al menos hagámoslo por miedo, como decía Sarmiento.

¿Llegará ese día? Según las encuestas, parece que aún estamos lejos. La educación no aparece entre las prioridades de los argentinos.

Si ni siquiera preocupa demasiado que los chicos pasen semanas sin clases por los paros docentes.

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