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Manos enamoradas

No es frecuente ver a tantas manos haciendo piruetas en el aire, moviéndose de aquí para allá, ahora uniéndose y luego separándose, más tarde arrimándose al rostro o bajando hasta la altura del pecho, por momentos con vértigo y de golpe suavemente, como acariciando.

Eran manos visiblemente alegres, maravillosamente expresivas, gritonas, festivas. Manos felices, como felices estaban sus dueños.

¡Eran -y son- manos enamoradas!

Parecía como que el sábado 3 de diciembre en la Catedral San Antonio de Padua se hubieran casado dos pares de manos y otras cientos se hubieran sumado a la fiesta, dichosas, orgullosas, hasta el extremo de no poder estarse quietas.

Fue uno de esos momentos fuertes en que hasta el espectador más distraído pudo constatar que el ser humano, gracias a ese maravilloso invento de las personas sordas llamado Lengua de Señas, no sólo puede "hablar" con sonidos. También puede hablar con las manos.

Con las manos se puede decir "mamá", "pan", "Dios", "amor". . . Con las manos se puede decir "Padre nuestro. . ." y con las manos se puede decir ". . . tanto en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad. . ."

Es decir, con las manos se puede ni más ni menos que transmitir significados y compartir sentimientos.
Él le enseñó su idioma y ella se volvió una experta
Amparo y Antonio (Ampa y Toto) pusieron una vez más en evidencia que no hay barreras idiomáticas que frenen al corazón.

Él le enseñó su idioma. Ella se convirtió en una experta en lengua de señas, capaz de tomar con la mano izquierda el ramo de flores y usar sólo la derecha para traducirle a su amado la primera lectura, allí donde San Pablo recomienda a los esposos "perdónense cuando tengan quejas contra otro, como el Señor los ha perdonado a ustedes". . . Todo ello, mientras las lágrimas -que también son un instrumento de comunicación- regaban sus mejillas. . .
De las ataduras a la libertad
La Lengua de Señas nació en los suburbios de París, allá por el siglo XVIII, donde los sordos de clase baja, que deambulaban por las calles sin destino y tenidos por locos, comenzaron a interactuar y, empujados por la imperiosa necesidad humana de comunicarse, fueron dando forma a una lengua propia, con soporte visual en vez de sonoro.

Los oyentes de entonces, ignorando de qué se trataba, supusieron que esas manos en movimiento a lo sumo constituían una alocada, primitiva y pobre manera de entenderse. Hasta que un sacerdote francés, Charles-Michel de l'Épée, viendo a dos hermanas gemelas comunicándose por señas, se asombró, prestó atención y de a poco consiguió descifrar este maravilloso invento. Fue el primero en darse cuenta que estos "discapacitados" habían sido "capaces" de crear un código, y no sólo eso: lo aprendió y comenzó a emplearlo para educarlos y catequizarlos en su propia lengua.

Pero el mundo oyente no se mostró tan abierto como aquel cura y durante siglos a los sordos se les prohibió usar su lengua, por miedo a que jamás hablasen. En algunos institutos educativos oralistas a ultranza se llegó al extremo de atarles las manos para evitar que señaran.

Avanzado el siglo XX, la Academia Nacional de Francia reconoció la "categoría lingüística" de la lengua de señas, al admitir que cuenta con un vocabulario, una morfología, una sintaxis y una semántica propias.

En Estados Unidos funciona la Gallaudet University. Allí, la primera lengua es la American Sign Language (Lengua de señas de los Estados Unidos) y el inglés es la segunda. Usando la Lengua de Señas, se comunican entre sí empleados, estudiantes y profesores, y se dictan la mayoría de los cursos.
El gozo de estar juntos
Pero volvamos al 3 de diciembre.

Después de la ceremonia en la Iglesia, la Lengua de Señas también copó el casamiento por civil y finalmente se apropió de la fiesta.

La comunidad sorda expuso allí una de sus máximas fortalezas: su alegría, su capacidad para celebrar, para disfrutar, para gozar del encuentro, del estar juntos.

Señaban sin que importasen las distancias, de una mesa a la otra y hasta en medio de la pista de baile, a la que también hicieron suya, moviéndose al ritmo de las vibraciones de la música tanto o mejor que los oyentes.

Señaban los recién casados, señaban sus amigos sordos y no sordos, señaban los hermanos de Toto, señaban las traductoras de lengua de señas, señaba la comunidad sorda.

Gracias Toto y Amparo por el testimonio de amor que nos regalaron.

Gracias comunidad sorda de Concordia por contagiarnos la alegría del encuentro y el valor insustituible de la comunicación cara a cara.

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