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El mártir y beato que dejó su huella en Paraná: fue sacerdote, docente, escritor y enfrentó a un comisario para que los presos comulgaran

Primera fotografía del padre Juan en Paraná

En un vapor que partió del puerto de Barcelona el 2 de mayo de 1902 y arribó al puerto de Buenos Aires el 23 del mismo mes, llegaría a la Argentina el protagonista de esta historia.

 

Tras unos días de descanso en Capital Federal retomó el viaje. El año anterior, el obispo de Paraná monseñor Rosendo de la Lastra y Gordillo había invitado a la congregación agustina a trabajar en la parroquia San Miguel Arcángel. Allí se instaló el sacerdote Juan Pérez Rodríguez el 3 de junio de 1902.

 

Había nacido el 2 de diciembre de 1877, en Andavías del Pan, Zamora, España. De adolescente, les dijo a sus padres que quería ser religioso agustino. En su pueblo era habitual sumarse a la orden e ir a misionar a Filipinas, así que fue con esa idea. Sin embargo, durante el tiempo que pasó hasta su ordenación sacerdotal (26 de agosto de 1901), los agustinos son expulsados de Filipinas, por lo que crean una nueva casa en Argentina y este sería entonces su destino.

 

“Su misión era dar clases como profesor, ya que los agustinos crearon y luego ampliaron un colegio al lado de la parroquia, en la zona donde está actualmente el museo de Ciencias Naturales y Antropológicas Antonio Serrano”. La profesora Celia Godoy nos guía en la intención de reconstruir el camino del beato Juan Pérez Rodríguez, quien supo dejar su huella en tierra entrerriana, al cumplirse este 25 de agosto 90 años de su martirio durante la persecución religiosa en España.

 

“Era un tiempo muy duro para Iglesia, con el auge de la masonería y en contra de la educación laica. No era momento para hacer una escuela religiosa, pero fueron combativos”, dice.

 

El sacerdote Juan Pérez Rodríguez “era buen profesor, orador y le gustaba escribir. Tiene publicaciones dedicadas a la Hora Santa y la oración íntima con Dios”.

 

Permanecería en Paraná hasta 1908 como profesor y procurador de la casa parroquial, siendo trasladado a Buenos Aires. Regresaría en 1911, asumiendo como director del colegio y cura rector de la parroquia de San Miguel, donde también fundó la Congregación Hijas de María de la Consolación.

Una de las últimas fotografías del padre Juan
Una de las últimas fotografías del padre Juan

 

En el archivo de la Arquidiócesis Paraná conservan un informe enviado al Obispado en 1913, a cargo del propio Pérez Rodríguez : “La parroquia está regenteada por los Padres Agustinos siendo cura Juan Pérez, religioso de la Orden de San Agustín, español, venido y mandado por la obediencia a la R. Argentina en el mes de mayo de 1902 y fijando residencia en junio 4 de 1902 en la Iglesia San Miguel, cuya parroquia estaba a cargo de los padres agustinos desde el año anterior, 7 de mayo de 1901. Aquí permanecí ayudando al servicio de la Iglesia y siendo además profesor del Colegio San Miguel, en 1908 fui traslado para Buenos Aires. Volví en 1911 a Paraná y el 4 de marzo me hice cargo de la parroquia esta de San Miguel, en cuyo cargo fui confirmado por el Obispo Abel Bazán y Bustos. Los estudios de la carrera eclesiástica, los hice en España, en nuestros colegios seminarios de Valladolid y La Viol. Como comunidad vivimos cinco sacerdotes de la orden de San Agustín, necesarios para el gobierno de la parroquia y sostenimiento del colegio de 1ra enseñanza, titulado San Miguel. Los padres que aquí residen son: Bonifacio Fernández de 45 años, ayudante en la iglesia y profesor; Ciriaco Aguado, 48 años de edad, profesor y ayudante de la iglesia; Ángel Pérez de 35 años, profesor y ayudante en la iglesia; Cipriano Polo, 31 años, ayudante y profesor; y el que suscribe, de 35 años de edad, todos somos españoles”.

 

En diciembre de ese año, por carta comenta al obispo sobre la misión realizada en la parroquia, “unas mil doscientas confesiones” y lo feliz que estaba de ver a personas que no se acercaban a la iglesia, asistir al templo a escuchar la Palabra, confesarse y recibir la comunión.

 

Del 7 al 10 de febrero de 1915 participó del primer sínodo diocesano de Paraná, al que convocara monseñor Abel Bazán y Bustos, quedando su firma registrada en las actas.

 

Visita a los presos

 

 

Juan Pérez Rodríguez solía visitar a los presos. Se sabe que en una oportunidad se peleó con el comisario porque no les daba acceso a todos los internos para que reciban la catequesis. De todas formas, logró llegar y darles la comunión. “En abril de 1912 –después de haber dado instrucción a los presos que se encontraban en el Departamento de Policía- recibieron la comunión unos treinta presos, cinco de estos mujeres. Más de la mitad, comulgaron por primera vez”, comenta Celia Godoy, quien fue encargada del Archivo Arquidiocesano de Paraná.

 

Entonces, le informaba por carta al vicario general: “Tuve que sentir una nota discordante dada por el jefe de policía y Comisario de órdenes, oponiéndose con su conducta sectaria a no facilitarnos comodidad alguna para la instrucción de los presos. Hice presente este modo de proceder tan descortés a las Sras. de la Beneficencia, quienes elevaron queja al ministro y este repitió las órdenes dadas que el jefe de Policía interpretó a su modo, pero que ya no me impedían el dar la instrucción deseada”.

 

Recuerda la historiadora que “los detenidos comulgaron con gran regocijo. Luego, las señoras les sirvieron un chocolate y les repartieron yerba, azúcar, cigarros y algunos objetos religiosos como escapularios y crucifijos. Quienes dependían del jefe de Policía no comulgaron, porque se les prohibió asistir a las instrucciones religiosas y preparación”.

 

Renunciando a los anhelos del corazón

 

 

En 1918 concluiría la segunda y última etapa de Juan Pérez Rodríguez en Entre Ríos. Cuando llevaba ya dos años en Buenos Aires, se decidió el cierre de la de la fundación y el retiro de la Orden Agustiniana de Paraná.

 

En “El beato Juan Pérez de Andavías”, del sacerdote Teófilo Viñas Romás (publicado en Madrid en el año 2009) –agustino que llegó a Paraná con el fin de escribir este libro- se cita la carta fechada el 20 de setiembre de 1920, con la que el entonces vicario provincial José María Álvarez, notificaba de la medida al obispo, monseñor Abel Bazán: “Habiendo determinado nuestros superiores (de España) ampliar el Colegio de Buenos Aires, estableciendo en él, desde el próximo año, la enseñanza secundaria, y no disponiendo esta Vicaría de personal suficiente que esta aplicación y las necesidades que los demás colegios reclaman, el Venerable Definitorio de la Provincia en Madrid ha resuelto el retiro de los padres de esa residencia de Paraná, para llenar los fines expresados. Gratos y profundos recuerdos conservará la Orden Agustiniana del cariñoso recibimiento que la ciudad de Paraná dispensó a sus religiosos…” .

 

El obispo sentía gran aprecio por quienes integraban la congregación y sintió mucho su partida. “Cuando salía a misionar, siempre llevaba a algún agustino”, dice Celia Godoy.

 

También la comunidad les guardaba gran aprecio. En el mismo libro se deja constancia de que las manifestaciones de afecto fueron numerosas y muy sentidas. “El pueblo de Paraná, profundamente conmovido al tener conocimiento que el cumplimiento de graves deberes os llamaba a ejercitar vuestro apostolado en otros lugares, ha querido exteriorizar, en forma sencilla pero elocuente y sincera, sus sentimientos de gratitud para los que habéis sido para este pueblo maestros, amigos y bienhechores, durante los 20 años que habéis estado al frente de la Parroquia de san Miguel”, pudo leerse en una carta publicada en la revista “Rosas y espinas”, de la Comunidad Agustiniana de Buenos Aires.

 

En cuanto al padre Juan Pérez Rodríguez, dice el autor que seguramente –al enterarse de la decisión de sus superiores- pasó por un sentimiento de pena, no tanto por él, sino por quienes habían quedado llorando la salida de la pequeña comunidad agustiniana.

 

El 20 de marzo de 1921 entregaron la parroquia, la carta del vicario provincial–cuyo original se conserva en la arquidiócesis- decía lo siguiente: “Con gran sentimiento abandonamos la primera ciudad argentina en que los religiosos agustinos reanudaron su interrumpida historia en este país. Pero no siempre se puede dar satisfacción a los anhelos del corazón, sino que muchas veces debemos renunciar a ello para obedecer ciegamente la voluntad de Dios manifestada por nuestro superior”.

 

Martirio y beatificación

 

 

Después de 27 años de permanencia en Argentina, donde pasó por diversos colegios y parroquias, el padre Juan es destinado al seminario de Uclés (provincia de Cuenca).

 

En España trascurriría el resto de su vida, dando clases en centros educativos de varias ciudades, hasta ser víctima de la persecución religiosa ocurrida en la década de 1930 y que se acentuara entre 1936 y 1939, en el marco de la Guerra Civil española.

 

El 18 de julio de 1936, el padre Juan Pérez y quien sería su compañero de martirio, el padre Florencio Alonso, se refugiaron en casa de cuatro hermanas que vivían con un tío. Una de ellas, previendo que este los iba a denunciar, le pidió a un vecino alojamiento para los curas.

 

“El 24 de agosto dos patrullas coincidieron en casa de los Sres. Embil (donde se habían ocultado), por una doble denuncia”, se lee en el libro de Teófilo Viñas Romás.

 

“Aquella misma noche salieron los PP. Juan y Florencio, y el Sr. Embil, para las prisiones de Investigación y Vigilancia. Al día siguiente el señor Embil fue puesto en libertad; los padres quedaron en prisión, y el día 26 aparecieron muertos en Tragamón”.

 

Así, el martirio de quien fue párroco, docente y escritor, se produjo el 25 de agosto de 1936 en la ciudad de Guijón, al norte de España.

 

Tras un largo proceso, el domingo 28 de octubre de 2007 fue beatificado por el papa Benedicto XVI en la plaza de San Pedro (Ciudad del Vaticano), junto con 497 mártires de la Iglesia española en el siglo XX. Del total, 98 pertenecían a la Orden de San Agustín, señalándose el 6 de noviembre como día de conmemoración.

Cuadro en memoria de los mártires agustinos del siglo XX
Cuadro en memoria de los mártires agustinos del siglo XX

 

Noventa años después, la memoria de aquellos sucesos se mantiene viva para la Iglesia Católica. En junio de este año, el papa León XIV reconoció el martirio de 20 sacerdotes de la diócesis de Ibiza asesinados entre agosto y septiembre de 1936. El decreto declara que murieron precisamente por su condición de sacerdotes y por su fidelidad a la fe católica.

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