Hojas al viento

¡Felicidades…!

Escucharemos muchas veces en los días que vienen. Estarán escritas en todos los colores. ¿Qué significa esto que nos desean? Cada uno tiene su propia definición, supongo que no admite cambio. En su origen viene del latín: felicitas (place, alegría) y ésta de Félix (fecundo, próspero, dichoso) y en la base una raíz indoeuropea que significa mamar y amamantar Sin Freud, el solo origen de la palabra nos lleva al pecho tibio, rosado y lechoso. Para los ingleses y franceses está relacionado con algo que ocurre por casualidad, un golpe de suerte (raíces hap/ happy-eur/ bonheur), un accidente, más que un sereno fluir. Quizás sea esta una concepción más veraz y no la más deseada. Kant la definió como "la satisfacción de todas nuestras inclinaciones, tanto en multiplicidad, como en intensidad y duración". Algo difícil e improbable. Puede llegarnos como un ventarrón, se agota como imperceptible llovizna.

En estos días la felicidad está asociada a la llegada del Niño, a María y a los ángeles que cantaban en torno al pesebre. Pero, lamentablemente, la Nochebuena pasa y el 26 el mundo ya asoma con todo su rigor: un mundo no plácido, no dichoso. Quizás a veces para recibir la dicha se necesite un esfuerzo, una disposición, una apertura. Pocos han señalado como Jorge Luis Borges la gravedad de esa cerrazón o incapacidad para la dicha:

“He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”

“No me abandona la sombra de haber sido un desdichado”


Esa sombra será un remordimiento permanente, una culpa, la desobediencia al mandato de sus padres cuando lo concibieron "para el juego arriesgado y hermoso de la vida". Parece aquí la desdicha una elección, no la consecuencia de equivocaciones involuntarias o mala suerte. No creo que seamos engendrados con un mandato, sí con un misterio; los mandatos vendrán, probablemente, después.

Cuando muchos años antes que escribiera ese poema, repasa una antología de las mejores poesías de la lengua castellana, busca en alguna de ellas la representación de una dicha y elige un viejo romance:

"Quién hubiera tal ventura

sobre las aguas del mar,

como hubo el conde Arnaldo

la mañana de San Juan"


"Su agrado está en el ejemplo de felicidad que los versos iníciales preanuncian, y en nuestra sorpresa, al saber que tan codiciada y mentada felicidad no es una aventura de amor ni tesoro, sino solo el espectáculo de un barquito". Sí, tal ventura es un barquito hamacándose sobre las olas bajo una luz alegre. Una chalana en el Uruguay azul.

¿No nos recuerda a las inocentes alegrías, súbitas, imprevistas, de la infancia?

Borges señaló siempre la felicidad en las pequeñas cosas, en simples momentos, los atardeceres en un suburbio, el olor de los eucaliptos, el sabor del café. Y él mismo definió a la lectura como “una forma de felicidad", y vislumbró al "Paraíso bajo la forma de una biblioteca". Ya ciego, seguía comprando libros, adivinando regocijos y enigmas y, sobre todo, "Oh dicha de entender mayor que la de imaginar o de sentir". Incluso habló de "la aceptación de la ceguera como un tema de felicidad. Todo puede ser un milagro secreto". Y alabar la ironía de Dios, que le diera los libros y la noche. Pocos alaban las ironías, generalmente duelen.

Había para él belleza y felicidad, aunque fueran momentáneas, en todo y para todos, no para una élite de escogidos o privilegiados. Así en el prólogo a "Los conjurados" nos advierte: "La belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso". Así lo escucha a Adán: "Y, sin embargo, es mucho haber amado/haber sido feliz, haber tocado/el viviente jardín, siquiera un día".

(Pero también sabemos del dolor que muerde y la pena que no cede).

Nuestro poeta tenía una idea muy democrática de la belleza y la felicidad. Son comunes, están, aunque sea por momentos, al alcance de todos y para todos. Tal vez sea bueno que recordemos esto sin cansancio, que proclamemos para nosotros mismos un aquí está, en los momentos en que surgen, súbitamente.

"He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola”, "la felicidad no necesita ser transmutada en belleza, pero la desventura sí".

Un momento o un día solo de felicidad puede valer toda una vida. ¿Parece poco? Bueno, es hora de decirlo: Feliz Navidad.

Fuente: El Entre Ríos (edición impresa)