Ambiente

Las bombas atómicas dejaron una huella en cursos de agua, que sirve para datar sedimentos. La reaparición del DDT en lagos de la región

En el fondo de los reservorios, lagos y embalses hay una huella invisible de la Guerra Fría. Son partículas radiactivas provenientes de las pruebas nucleares realizadas entre las décadas de 1950 y 1970 —a miles de kilómetros— que hoy se utilizan como herramienta para datar sedimentos y reconstruir la evolución de contaminantes en el Uruguay.

La técnica también permite reconstruir cómo cambiaron las cuencas a lo largo del tiempo y aportar información clave para comprender procesos que afectan la calidad del agua, una preocupación que cobró especial relevancia tras la crisis de abastecimiento de agua potable que atravesó el país en 2023.

A partir de la presencia de estos radionucleidos, científicos de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República del Uruguay pueden fechar distintas capas del sedimento y reconstruir la evolución de contaminantes como plaguicidas, antibióticos y metales pesados, asociados a cambios en el uso del suelo y la urbanización.

Las huellas de las bombas atómicas
Estados Unidos, la Unión Soviética y Francia detonaron cerca de 2.000 bombas atómicas durante los ensayos nucleares realizados entre las décadas de 1950 y 1970. Los radioisótopos generados por esas explosiones ascendieron a las capas altas de la atmósfera y, tras circular alrededor del planeta, regresaron a la superficie transportados por la lluvia. Ese fenómeno, conocido como fallout radiactivo, dejó una señal detectable en suelos y sedimentos de todo el mundo.

"Ese material no es contaminación en el sentido de que pueda hacer daño. Son cantidades muy pequeñas, pero detectables", explicó Marcos Tassano, investigador del Laboratorio de Radioquímica del Centro de Investigaciones Nucleares de la Facultad de Ciencias.

La marca dejada por esas explosiones funciona como un sello cronológico. Como se conoce con precisión cuándo ocurrieron los ensayos nucleares, los investigadores pueden identificar distintos horizontes en los sedimentos y asignarles una fecha.

Pero hay un dato aún más llamativo. El análisis de los sedimentos de los embalses de Rincón del Bonete, Palmar y Salto Grande indica que aproximadamente la mitad del material radiactivo depositado en ellos provino de las pruebas nucleares realizadas por Francia en la Polinesia Francesa; el resto corresponde principalmente a ensayos de Estados Unidos y la entonces Unión Soviética.

¿Cómo pueden saberlo? Porque cada programa nuclear dejó una “firma” isotópica diferente. Los dispositivos franceses generaban una relación característica entre los isótopos plutonio-240 y plutonio-239, distinta de la registrada en las bombas estadounidenses. Al medir esa relación, los científicos pueden determinar el origen del material radiactivo.

El plutonio no es el único marcador temporal que utilizan los investigadores. También recurren al plomo-210, un radionucleido natural que permite estimar la antigüedad de los sedimentos acumulados durante aproximadamente el último siglo, y al cesio-137, un isótopo artificial liberado durante las pruebas nucleares atmosféricas cuyo máximo de deposición global ocurrió en la década de 1960. La combinación de estas señales permite construir un modelo cronológico de alta precisión y asignar una fecha a cada capa del sedimento.
Lo que cuentan los sedimentos
Cada capa de sedimento se analiza en busca de plaguicidas, herbicidas, fungicidas, metales y otros contaminantes para reconstruir cuándo aparecieron, cómo evolucionaron y qué efecto tuvieron los cambios productivos ocurridos en las cuencas durante las últimas décadas.

Los resultados muestran que esa reconstrucción coincide con la historia regulatoria de varios plaguicidas en Uruguay. Sus concentraciones aumentan luego de que se habilita su importación y comienzan a disminuir cuando esos productos son prohibidos, lo que confirma que los sedimentos funcionan como un registro histórico confiable de la contaminación ambiental.

Los primeros resultados ya dejaron una sorpresa. En los embalses de Rincón del Bonete, Palmar y Salto Grande los investigadores detectaron la reaparición de DDT, un insecticida prohibido desde hace décadas en Uruguay.

Sin embargo, el hallazgo no significa que el compuesto haya vuelto a utilizarse. Según Tassano, la explicación más probable es otra: durante años el DDT quedó retenido en los suelos donde había sido aplicado. Con la expansión de la agricultura y el cambio en el uso del suelo, aumentó la erosión y parte de esos sedimentos comenzó a movilizarse nuevamente hacia ríos y embalses, arrastrando consigo residuos del insecticida.

“Es un indicador de que aquello que echamos al ambiente puede removilizarse y volver a aparecer muchos años después”, señaló el investigador.

Además de reconstruir el pasado, el objetivo es establecer líneas de base propias para las cuencas uruguayas. Eso permitirá comparar futuras mediciones con un registro histórico local —y no con valores obtenidos en otros países— para evaluar si las políticas de manejo ambiental logran reducir efectivamente la contaminación o si determinados compuestos vuelven a aumentar.
Del pasado al futuro: los antibióticos
Ahora, el equipo busca aplicar esa misma metodología a una pregunta todavía más ambiciosa: reconstruir la historia del uso de antibióticos en la cuenca del río Santa Lucía y analizar si esa evolución estuvo acompañada por la aparición de genes de resistencia antimicrobiana en los sedimentos.

La elección no es casual. La cuenca del Santa Lucía abastece de agua potable a la mayor parte de la población del país y, al mismo tiempo, concentra una intensa actividad lechera, donde el uso de antibióticos veterinarios es frecuente para tratar infecciones en el ganado.

La hipótesis es que una parte de esos antibióticos llega al ambiente a través de los efluentes y queda registrada en los sedimentos. Allí también podrían conservarse señales del llamado “resistoma”: el conjunto de genes que permite a las bacterias resistir la acción de los antimicrobianos.

“La resistencia a los antibióticos no se genera solamente dentro de los hospitales. Una parte puede originarse en el ambiente, donde circulan antibióticos, bacterias y genes de resistencia”, explicó Tassano.

El investigador advierte que, si esa hipótesis se confirma, las implicancias trascienden el ambiente. “Capaz que uno tiene un gran cuidado de no utilizar muchos antibióticos para no generar resistencia, pero resulta que solamente por estar viviendo en ese ambiente está adquiriendo una resistencia a los antibióticos”, señaló.

Se trata de una hipótesis que el proyecto buscará investigar mediante el análisis de ADN ambiental y genes de resistencia presentes en los sedimentos.

“El agua es el vehículo que conecta todo”, resumió Tassano. Esa idea resume el enfoque Una Salud, bajo el cual se desarrolla la investigación: entender que la salud ambiental, la salud animal y la salud humana forman parte de un mismo sistema. Lo que ocurre en el suelo puede terminar en el agua; lo que circula por el agua puede afectar a los animales y, eventualmente, volver a las personas.

El proyecto reunirá especialistas en radionucleidos, química ambiental, microbiología y genética del Instituto de Investigación Una Salud de la Universidad de la República. La idea es combinar la cronología obtenida a partir de los sedimentos con análisis de ADN ambiental para reconstruir cuándo comenzaron a aparecer esos genes de resistencia y cómo evolucionaron junto con los cambios en las actividades productivas de la cuenca.

Si la estrategia funciona, los sedimentos dejarán de ser solamente un archivo del pasado. También podrán transformarse en una herramienta para anticipar riesgos ambientales, evaluar el impacto de las políticas de manejo de las cuencas y generar evidencia científica para prevenir nuevos episodios de deterioro de la calidad del agua, como el que Uruguay enfrentó durante la crisis hídrica de 2023.

Fuente: El País de Montevideo