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Matías Kulfas, uno de los más nombrados
Matías Kulfas, uno de los más nombrados
Matías Kulfas, uno de los más nombrados
A 9 días del cambio de mando, poco se sabe respecto de las políticas que perseguirá Fernández y los funcionarios que las ejecutarán

Restan 9 días para el cambio de mando en la Casa Rosada. Aunque el plazo es corto, son pocas las precisiones que se tienen, no sólo respecto de las políticas de gobierno con que planea iniciar su gestión Alberto Fernández, sino también respecto de los nombres que se harán cargo de las diferentes carteras.

Y, sin embargo, una calma chicha se ha apoderado de las variables financieras, que, ante un panorama económico desafiante y la mayor incertidumbre respecto de los planes para enfrentarlo, se mueve dentro de parámetros de lo más normales desde el 27 de octubre.

Por un lado, el endurecimiento de los controles cambiarios tiene mucho que ver con esta calma. Por el otro, el hecho de que la contienda electoral haya concluido de manera definitiva aquel domingo de octubre también es clave para entender esta quietud financiera, y en especial para explicar por qué Argentina, con sus penurias económicas a cuestas, ha quedado relativamente aislada de los temblores políticos y sociales que sacuden a gran parte de Sudamérica.

En las últimas semanas no sólo el dólar, en todas sus versiones, se ha mostrado calmo, sino que incluso los bonos del Tesoro y hasta las acciones recuperaron parte del valor perdido. Esto, pese a que no mediara noticia para justificar la recuperación y a que esta pareciera estar explicada por el agotamiento de los vendedores en niveles de precio que, en ciertos papeles, son de liquidación.

Es siempre agradable al oído de los políticos eso de poner controles para ayudar a los menos favorecidos con rentas de los capitalistas

Se dice que entre Fernández y Macri no hubo transición: el único motivo por el cual no la hubo fue porque no hubo nada urgente que resolver. Esa es la buena noticia; la mala es que la incertidumbre es grande y la falta de precisiones ha generado andanadas de rumores de lo más variados y, en no pocas ocasiones, contradictorios entre sí.

Así es como se escuchan para el crucial Ministerio de Economía los más diversos nombres: desde los más repetidos Matías Kulfas, Guillermo Nielsen, Martín Redrado o Emmanuel Álvarez Agis, hasta algunos tapados como Roberto Lavagna, Carlos Melconian, Guillermo Calvo o Martín Guzmán. Para el periodismo argentino, tirar nombres dándose el comunicador ínfulas de informado, es un ejercicio cotidiano y no pocas veces malintencionado, aunque de efecto efímero. Los yerros son prontamente olvidados.

De esa misma manera conviven rumores acerca de un impuestazo a la riqueza y rumores de un nuevo blanqueo de capitales. Como si ambas cosas pudieran coexistir.

O los que hablan sobre la restructuración, reprogramación o reperfilamiento de la deuda pública con total gratuidad, como si tal ejercicio fuera un proyecto de laboratorio que pudiera ejecutarse con independencia de un plan económico.

O aquellos que mencionan la offshorización de Vaca Muerta pero, a la vez, insisten con la pesificación de las tarifas de gas. Mejor, pensémoslo bien: nos va a costar convencer a alguien de la bondad de nuestros contratos si arrancamos rompiendo otros contratos.

Pero es evidente que en Argentina no hay demasiado capital y que nadie lo enterrará en el país en tanto este riesgo de exacción sea palpable

¿Cómo es que conviven rumores tan variados sobre los mismos temas? Aunque contradictorios o impracticables, resultan creíbles por una única razón: estamos en Argentina, el lugar donde cualquier escenario es imaginable. La política argentina tiene una confianza en sí misma y en su capacidad de hacer el bien que excede con mucho a la razón.

En la retórica ganadora, estamos abandonando el neoliberalismo y entrando en la era de la justicia social. Al fin de cuentas, el resultado de la elección parece sugerir que la gente pide más estado, más gobierno y menos libertades para la actividad privada. Como en 2015 pidió exactamente lo contrario.

Es siempre agradable al oído de los políticos eso de poner controles para ayudar a los menos favorecidos con rentas de los capitalistas. Pero es evidente que en Argentina no hay demasiado capital y que nadie lo enterrará en el país en tanto este riesgo de exacción sea palpable.

Hay una contradicción innata en la democracia: la duración de los mandatos fuerza a los gobernantes a pensar sólo en el corto plazo, en los dos años que median entre cada elección legislativa o a lo sumo en los cuatro que median entre cada elección presidencial. El plazo suficiente para ocultar los síntomas, pero no para curar la enfermedad que subyace a nuestros recurrentes fracasos.
Fuente: El Entre Ríos Edición Impresa