Días pasados se asistió a un interesante cruce de opiniones, entre los comentarios de los lectores a una noticia que publicáramos. La información estaba referida a que los enfermos sometidos a un tratamiento de quimioterapia residentes en San José, iban a tener la posibilidad de atenderse en un servicio habilitado en esa localidad, de manera que pudieran evitarse el molesto traslado a Concepción del Uruguay, donde funciona un calificado centro oncológico con ese objeto.
A uno de los lectores que opinaron, se le ocurrió plantearse su duplicación de inversiones y esfuerzos que ello se significaba, al no tenerse en cuenta la existencia de un servicio similar, listo para entrar en funcionamiento, que esperaba ser habilitado por la autoridad competente. El lector quejoso vive en Colón. El que le salió al cruce en San José.
Por nuestra parte, no es nuestro propósito terciar -al menos en esta ocasión- en un respetuoso intercambio de opiniones de este tipo, como es el cual se da en este caso. Sino tan solo preguntarnos si existe en nuestro país, una verdadera vocación para reducir el gasto público, o dicho con más precisión “el gasto público improductivo“ -en suma, el que no responda a una necesidad funcional- y por ende, que resulta superfluo e innecesario.
Existen, mirando fuera de nuestras fronteras, ejemplos de esa sana intención. Así en Italia se está, en estos momentos, analizando la manera de reducir el número de legisladores, e inclusive de transformar el sistema bicameral en unicameral.
No hay que ser muy imaginativo para hacerse una idea de la reacción que provocaría, si a alguien entre nosotros se le ocurriría sacar a a luz un proyecto de un gobierno militar, por el que contemplaba la posibilidad de unificar Estados provinciales, que no contasen con recursos con los que autofinanciarse. Demás está decir que de esa manera se buscaba transformar “tres” estructuras Estatales provinciales, en “una” con la “jibarización” que será su consecuencia, por el achicamiento estructural que significaría -lo repetimos- reducir a una sola lo que eran tras estructuras diferentes.
Sobre todo, en momentos como los actuales cuando ocho de cada diez de las personas que trabajan en Santiago del Estero, lo hacen como empleados públicos. Ello, sin contar lo que sucede en tantas partes, empezando por el gobierno nacional. Donde pareciera que el criterio directriz no es ese apotegma alberdiano que se resumía en las palabras “gobernar es poblar”, sino otro que lo sustituye según el cual “gobernar es crear cargos y más cargos, y cubrirlos rápidamente, sin parar”.
Aquí concluimos esta vez, sin que ello signifique que nadie pueda esperar que, por nuestra parte, “hemos tirado la toalla” al respecto.