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Argentina necesita su Mandela

Sólo la política gana con la grieta; superarla sin una crisis fulminante demanda un liderazgo diferente a los que tenemos.

 

Días atrás, un amigo recordaba los frecuentes viajes a Sudáfrica y Namibia que hacía 25 años atrás. Siendo un joven empleado en una pesquera española con operaciones en varios países, incluidos Argentina y esos países africanos, debía viajar para supervisar los embarques que la empresa hacía desde tierra africana.

 

Aquellos viajes forjaron en su memoria recuerdos imborrables de la realidad del apartheid. La realidad, recuerda, era que la población negra no sólo era tratada como de inferior categoría, sino que era esencialmente criada sin esperanza alguna de superar esa categoría inferior, casi como si se tratara de animales. No era sólo discriminación; la mayoría de la población negra se resignaba a su condición infrahumana como si fuera algo natural.

 

Superar aquella grieta brutal sin que mediara una guerra civil ni una catástrofe humanitaria demandó una persona extraordinaria. Nelson Mandela había sufrido 27 años de prisión por rebelarse contra ese sistema injusto e inhumano, pero hizo todo lo que estuvo a su alcance para cambiar el rumbo sin que el motor del cambio fuera el rencor o el resentimiento. Mandela logró que la grieta entre el ansia de revancha de unos, y los temores y el racismo residual de los otros, pudiera empezar a cerrarse tras 44 años de apartheid.

 

En Argentina, no son pocas las ocasiones en que parece que estamos yendo en sentido inverso: hay una exaltación de la grieta, que como en aquellos tiempos de Sudáfrica, beneficia a la clase política, que tienen en los medios de comunicación un cómplice poderoso. Nuestra grieta es sólo útil a los intereses de la política.

 

En nombre de bienes superiores muy abstractos, la clase política acumula derechos; los mismos derechos que va perdiendo la casta inferior de los ciudadanos. ¿Exagerado? Las cifras son contundentes: en apenas 30 años, la pobreza pasó de 15% a 44%. ¡Se triplicó! Ni siquiera vale entrar a comparar el deterioro relativo de los salarios contra los países vecinos, ni de la otrora envidiable calidad educativa en los exámenes internacionales. Nos hemos quedado sin capital material y con poco capital humano. El deterioro está en la calle: en la pérdida de las normas básicas de urbanidad y convivencia respetuosa. No importa si el gobierno es neoliberal, peronista, populista, progresista o radical. La pauperización de la sociedad es el resultado de una metodología que nada tiene que ver con la política económica, pero que tiene todo que ver con la forma de construcción de poder político.

 

En Sudáfrica, Mandela inició un proceso doloroso de igualación y cierre de una grieta impensable para los argentinos. En Argentina, el mantra político parece consistir en llevarnos en sentido inverso: cuando la única política estatal es el asistencialismo, lo que se garantiza es la despersonalización de la masa, la pérdida de la dignidad que da el procurarse uno mismo los medios de subsistencia, la esclavitud del beneficiario con el planero, la pérdida de la voluntad de progresar y el acostumbramiento a la medianía. El último avance político va contra la educación: más allá de la ley, ya no es obligatorio ir a la escuela; es más, parece que se promueve justamente lo contrario.

 

Esto es justamente lo que necesita la política para aumentar sus beneficios y perpetuarse en el poder. Cuando la gente ya no entiende, las barbaridades de los gobiernos, los abusos, las declaraciones altisonantes pero repletas de falsedades, las filminas mentirosas, les pueden parecer ciertas. El tono importa más que el contenido. En eso se convierte la política: en una máquina de propaganda para defender sus beneficios de clase a costa de la pauperización del conjunto.

 

La mayor parte de la población argentina es muy sumisa, o está muy cómoda en tanto su metro cuadrado pueda ser defendido. Parece haber perdido la ambición de progresar, individualmente y como país. Los más inquietos emigran. El resto perdió capacidad de reacción, o todavía no percibe el avance de ese apartheid en que nosotros estamos marginados y los dirigentes políticos (de todos los partidos) son la élite que nos margina.

 

Cerrar la grieta sin una crisis demanda un liderazgo diferente. Que la función pública vuelva a ser un servicio a la comunidad y no un servicio a uno mismo. Que se privilegien las políticas de igualdad en serio (educación, salud pública, seguridad, infraestructura básica), en lugar de las políticas asistencialistas que llevan décadas destruyendo capital material y capital humano, y generando nuestra propia versión del apartheid. Quizás necesitemos a nuestro propio Mandela.

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