“Con la democracia se come, se educa y se cura” decía Alfonsín al asumir en 1983; pasado 37 años, los resultados parecen contradecirlo
Varios días después de pronunciada, la advertencia del expresidente Eduardo Duhalde respecto de la probabilidad de que hubiera un golpe de estado en nuestro país sigue dando que hablar.
Nadie supone que las Fuerzas Armadas estén planificando un movimiento como los que supieron ejecutar durante el siglo pasado. Sin embargo, no sería la primera vez que una situación enmarañada es resuelta mediante un golpe de estado democrático. Les ocurrió a Alfonsín y a De La Rúa. Pese a que ahora las condiciones políticas (gobierna el peronismo) y económicas (no estamos en hiperinflación ni tenemos un tipo de cambio estrictamente fijo que ahogue la economía) no parecieran propicias para un quiebre, los ánimos políticos están caldeados, pocas variables de la economía se encuentren en equilibrio, y es muy delgada la red de contención social para evitar las quiebras, los despidos y el aumento de la pobreza.
Hace 37 años que la democracia regresó a nuestro país, a caballo de una oleada democrática regional que generaba grandes expectativas de prosperidad, estabilidad y desarrollo social, luego de medio siglo de inestabilidad política en la que dictaduras y gobiernos fallidos se habían alternado en la Casa Rosada.
Las expectativas, huelga decir, se cumplieron en muchos países latinoamericanos, pero quedaron truncas en Argentina. Luego de 37 años, cuesta encontrar un indicador que sugiera que el país está mejor con la democracia que lo que estuvo durante las décadas de turbulencia política. Entre 1983 y 2019, el PBI creció a un promedio anual de 2,14%; en los cincuenta años previos lo había hecho a 2,87%. La inflación promedió 213% anual contra 76% en el medio siglo anterior. Cuando asumió Alfonsín, 20% de los argentinos eran pobres; en los últimos 10 años la pobreza promedió 30% y hoy está claramente por encima de esa cifra. Quienes en la pobreza siguió pobre, con poca esperanza de recuperarse, otro evidente signo de decadencia. La sociedad es más desigual, los niños tienen peor educación, la salud pública se degradó y las calles son más inseguras. De los 9 defaults de la historia argentina, 5 ocurrieron en los últimos 37 años. Años durante los cuales Argentina perdió peso relativo frente a casi todos los países de la región.
No es descabellado, entonces, pensar que la democracia tiene algo que ver en nuestro declive. No por el sistema político en sí, que hasta hoy sigue siendo el menos malo, sino por la manipulación que la política ha hecho de la democracia en nuestro país. Esta manipulación ha trocado el orden natural con el cual debería funcionar la democracia, que es ese en el que los representantes elegidos por el soberano (el pueblo, los ciudadanos) trabajan en beneficio de éste. Ese orden natural en la práctica ya no existe: hoy los gobernantes democráticamente elegidos ya no trabajan para el pueblo, sino con el único fin de mantenerse en el poder. Aunque para ello deban obrar en contra de los intereses de los ciudadanos.
La teoría del lawfare, tal como la entiende la Vicepresidente, supone que el voto popular amerita su absolución penal – para ella, el pueblo expresa la voluntad del líder. ¿No debería ser justo al revés, el líder representando la voluntad del pueblo?
Se discuten en estos días varios proyectos de aumento de impuestos al patrimonio y a las ganancias. El objetivo declamado: más igualdad. El mismo objetivo que el mismo remedio no ha logrado alcanzado en 37 años. La voracidad de la clase política y su tergiversada interpretación del mandato que le confieren las urnas nos ha llevado al cabo de 37 años de democracia a un sistema tributario opresivo para sostener un sistema estatal ineficiente. No para mejorar el sistema de salud, ni el sistema educativo, ni para garantizar mayor seguridad para los ciudadanos. Salud, educación, seguridad, pobreza: todas están peor que 37 años atrás. Los nuevos impuestos buscan resolver lo que los viejos impuestos ya no resuelven por culpa del estado; muertas las ventas y las ganancias, van por lo único que queda: el capital. El verdadero objetivo es el de resolver urgencias, de forma de ganar su próxima elección. La no-coparticipación de los recursos es una confesión de partes.
A veces, las cosas se hacen insostenibles. No por culpa de la democracia, sino por culpa de quienes la administran. Es la política la que deshonra a la democracia cuando se burla de ella, ensalzándose hasta ubicarse por encima del soberano en beneficio propio, alterando los mecanismos de funcionamiento de la democracia y el orden natural de prelación del sistema.
Hace 37 años que la democracia la sufren los ciudadanos (el soberano) y la disfrutan sus representantes (los servidores). Los desencantos se han ido acumulando y no se vislumbra una salida para el círculo vicioso de decadencia nacional y crecimiento de la política. ¿Habrá sido esto lo que motivó la advertencia de Duhalde?