La de gobernar, como actividad de riesgo
Nunca la situación de quien asume una función de gobierno, que implique grandes y graves responsabilidades, ha sido tanto entre nosotros como en el resto del mundo, una actividad profesional ni fácil ni sencilla; pero nunca como en la actualidad se la ve convertida en una profesión de riesgo, que a la vez se muestra como desgastante e insalubre además de una inestabilidad cargada de incertidumbre, ante la posibilidad de un final abrupto...
Por Rocinante
No se trata tan solo que la diversidad de los problemas que a quienes nos gobiernan se les hayan vuelto de una complejidad cada vez mayor, así como las resistencia a los cambios necesarios al tocar intereses poderosos se ha vuelto enconada y no siempre superable.
Sino que se asiste a la presencia de otra condición, que no es nueva pero que se la ve extendida de una manera ominosa; cual es la de las dificultades que trae aparejada la necesidad de convivir con liderazgos, que confunden en numerosas ocasiones, cuando no la convierten en una norma tácita, el poder al que espiran a detentar con sus caprichos y su angurrias. Ya que, dando cuenta con esas características, se los ve barriendo y arrasando toda norma o todo gobernante que se les oponga a sus pretensiones.
Ambas cosas, el insalubre riesgo que el gobernar implica de por sí, y la posibilidad de ser barrido, por quienes hacen de aquél una manera de escalar y de tratar después de mantenerse en la cima, han estado presentes siempre, pero nunca como ahora en la viña del Señor, y en especial en la porción que nos toca vivir, en la que no hemos dejado estropicio por cometer.
Es que, en lo que respecta a nuestra situación, en los tiempos que vienen corriendo no solo en la actualidad sino desde varios ayeres, de la que son ejemplo claro con que ilustrarlo la referencia al quehacer (muchas veces un mal-hacer, y en otras un des-hacer) de los ministros del gobierno federal respecto al tema. Ya que ella según la atención que despiertan, dicen más de los problemas más sensibles que enfrenta nuestra sociedad, que de las conjeturales soluciones con la que ellos intentan resolverlos.
Así la función que habitualmente ve a la atención pública focalizada, es la del ministro de Economía, de lo cual es una prueba la circunstancia que podemos ya no recordar el nombre de otras personas que han pasado por cargos similares en otras carteras, inclusive el de presidentes, pero no sucede lo mismo en el caso de quien ha tenido a cargo ese ministerio.
Son así muchos los que reconocen los apellidos Krieger Vasena, Rodrigo, Gelbard, Sourruille y hasta Mondelli, sin que se asista a la misma circunstancia con personas que han ocupado, inclusive con sorprendente solvencia, los que tienen que ver con la educación, la salud o la obra pública. Y en materia presidencial ¿quién se acuerda de José María Guido o de Ramón Puerta (un presidente por dos días)?,dejando de lado el respeto que se asocia al hecho de mencionarlos.
Mientras tanto, resulta a la vez sintomático que el malestar de la República, permanente pero agudizado de un tiempo a esta parte, los ha convertido cada vez con más frecuencia en meras piezas descartables, a las que durante el ejercicio de su cargo se las suele incluso maltratar, llegando al extremo de poco más que confundirlas con un trapo de piso.
Con el agravante que, se da el caso que el destrato que en tantas ocasiones reciben, los vuelve tan maleables, que hasta consideran que su dignidad personal no se ve aún más deteriorada, en los caso que por indemnización por su despido, se les abre la posibilidad de superar sus agobios, en una de esa jaulas de oro que resultan más de una vez las embajadas.
Entretanto, las cosas han cambiado tanto que ya no solo el de Economía o el de Defensa, vienen a mostrar por donde pasan los problemas públicos más sensibles, sino que este último ha perdido estatura, hasta el punto de que su nombre es desconocido por parte de un segmento grande de la población. Nos imaginamos que en otros tiempos llegarán a serlo el Ministerio de Salud e inclusive el de Educación, a los que era por la mayoría soportable, que pasarán por esos cargos sin pena y sin gloria. No porque el ámbito de sus funciones fuera de importancia menor, sino porque la opinión pública, con su desinterés, venía hasta cierto punto a silenciar sus problemas.
Pero en la actualidad, y esto no es de hoy, el tema de la seguridad pública, para hacer referencia a solo uno de esos casos, se ha vuelto tan crucial, que ha generado su desprendimiento del Ministerio del Interior, con la creación de uno nuevo, el cual debería llevar el nombre de Ministerio de (In)seguridad; así como en lo que en su momento fue un intersticio indefinido y a la vez incómodo se ha instalado el de Desarrollo Social, o como ahora se lo llame debería ser de una manera más adecuada designado como Ministerio del Mal-estar social. Todo ello ya que, como se sabe, nada es mejor que el llamar a las cosas por su nombre.
Una primera aproximación al caso Maia
Y si he elaborado ese largo introito es por la vinculación que tienen los Ministerios del ramo, en situaciones hasta trágicamente problemáticas, en los cuales vienen a converger de una manera principalísima ingredientes vinculados con la seguridad y la asistencia (lo correcto sería hablar de desarrollo humano) cual es la del caso indicado al principio de este apartado, en que se hayan tan fuerte imbricados que el uno resulta recíprocamente causa y efecto del otro.
Nadie ignora que en este momento que casi siete de cada diez de nuestros menores viven en situación de pobreza y que dentro de ese número lo hacen en condiciones de extrema indigencia y que el hambre es una realidad que golpea, y no solo el nombre de una Comisión con ese nombre creada por el gobierno nacional, de la que no sabemos siquiera si funciona, en un gobierno que, a estar a las palabras vicepresidenciales, existen ministerios que funcionan y otros que no funcionan, consideraciones que adecuadamente pueden ser extendidas a que aquel ha creado.
Como tampoco que una mayoría de nuestra población, ha sido en la actualidad víctima de algún delito. Delito al fin, aunque resultara consumado o alcanzara tan solo el grado de tentativa. Diversos tanto en su naturaleza, como en la magnitud y clase de los daños que ha provocado.
De donde hemos llegado a un estado de cosas, en las que se presta una desmedida y hasta obsesiva atención de una manera que en más de una ocasión pareciera convertir la tragedia de la realidad en un mero espectáculo, a estar a las imágenes y comentarios ininterrumpidos, en algunos canales televisivos dedicados a prestar atención a hechos delictivos, los que son presentados y vistos como capítulos de una telenovela. La que presenta la particularidad monótona, de la que esos espectadores no parecen darse cuenta, que se está ante la reiteración de unos pocos argumentos, todos semejantes, en los que los únicos cambios son los de escenario y de actores.
O sea que recién ahora con su desmadre, se está comenzando a comprender que todas esas situaciones, no son otra cosa que las manifestaciones de complejos problemas. De allí que se venga a explicar la escasa atención que se presta a las estadísticas en materia delictual, la cual es ínfima, cuando no inexistente.
Es que con un cumulo de datos a la vista, resulta evidente que la acción ministerial en la materia resulta en ambos casos frustrante, tanto por cuanto quienes como ministros en esos ámbitos no ha han estado casi nunca a la altura de lo que se esperaba de ellos, sino también por la ausencia en esas materias, de esas tan remanidas, pero también inexistentes, políticas de estado.
Y es dentro de ese contexto que se inscribe el caso Maia, un nuevo episodio de una al parecer interminable serie tremebunda, que viene a mostrarnos que este tipo de situaciones más allá de lo aséptica y eficazmente técnico exige de todos una mirada más profunda, que implica hacer de una manera empática esos problemas, por parte no solo de los que gobiernan, sino de todos nosotros.
Y lo que lleva a reflexionar acerca si en el transfondo de la emergencia y rol cada vez mayor que asumen los movimientos piqueteros, independientemente de la manipulación política de la que sus integrantes son víctimas, viene a quedar al desnudo un Estado ausente, en la medida que no atiende de la manera debida a reclamos reales, más allá de la manipulación referida.
Es que lo que debiera hacerse y no se hace, es encarar con criterios técnicos adecuados tanto esa empresa que tiene que ver con dar a todos el amparo que exige el respeto de sus derechos, de manera de brindarles sin diferencias ni distinciones algunas, las posibilidades de un desarrollo personal, como parte del desarrollo comunitario; condición esencial esta última para que el primero sea posible. Y todo ello no viendo solo un número al accionar, sino actuando con esa empatía que permite ver detrás de aquel a las personas.
Y en ambas casos se yerra el rumbo, cuando en lugar de buscar la manera de abordar en profundidad y eficazmente esas cuestiones, se recurre a paliativos, de aquellos que comúnmente reciben la designación de parches. De esos que hacen recordar a la inverosímil anécdota que muestra a un médico ante alguien literalmente destripado, intentando frenar la hemorragia, aplicando al paciente sobre su abdomen en forma continuada y sucesiva gasas esterilizadas, las que descartaba y sustituía una y otra vez, cuando la desechable estaba totalmente embebida de sangre.
Maia no es en realidad un caso, sino una persona maltratada por la vida
Es por lo mismo que debo admitir que el mejor abordaje del drama de Maia, una vez que la misma se reencontró con su madre en lo que aparece como un final feliz, respecto a una alternativa lúgubre posible, fue la pregunta que escuché formulada por un interlocutor ocasional: ¿y ahora qué? Ahora, ¿qué es lo que le espera y lo que se hará por Maia?
Una pregunta que es válida generalizar, para repetirla en relación a cada uno de quienes han vivido y viven situaciones parecidas a las de Maia. Una pregunta que exige en cada ocasión una mirada y un tratamiento personalizado, de esos que impide a quien es un ser humano con el respeto a su dignidad que ello conlleva, recibir el trato de lo que se considera como un caso más, o sea un simple numero de una estadística.
Ya que conmovernos de verdad por lo sucedido a Maia, resulta insuficiente, si al sentir brotar ese sentimiento hacemos abstracción del mundo en que ha vivido y en el que no debiera volver a vivir Maia, y todas las otras Maia de las que está lleno ese otro mundo de mayores dimensiones del que es tan solo una partecita el entorno de Maia.
En suma, tenemos la sensación que nos mira y miramos al rostro de Maia. ¿Ha quedado grabado en nuestra conciencia el habitáculo, que no llega siquiera a ser una carpa, y menos una choza, que para ella es su vivienda? De ser así, existen muchas formas de canalizar esa reacción. Canalización que puede ir desde el voluntariado social, como enfrentar las oligarquías gobernantes, para que si quieren permanecer donde están, hagan bien lo que no es otra cosa que su verdadero trabajo.