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Desafíos para el giro ortodoxo

El Gobierno corrigió algunos errores de manejo de la economía; es un desafío avanzar de manera gradual y otro sostener el apoyo político al nuevo rumbo

 

Los analistas económicos y políticos coinciden en que desde que se amplió el margen de acción del ministro Guzmán para manejar no sólo la política presupuestaria, sino también la cuestión cambiaria y su correlato, las reservas del Banco Central, el Gobierno parecería haber tomado un sendero de mayor ortodoxia. Se removieron restricciones cambiarias que habían acelerado el aumento de la brecha entre el tipo de cambio oficial y los tipos de cambio paralelos, y, por extensión, la pérdida de reservas en las arcas del Central.

 

Para recapitular, el 15 de septiembre el Banco Central tomó medidas para endurecer el cepo y evitar que lo que era un goteo diario de las reservas se convirtiera en una catarata. Si bien las normas funcionaron parcialmente por el lado de las reservas, la ampliación de la brecha cambiaria, a más de 130% en su punto máximo, abonó la sensación de que una crisis grave era inminente.

 

Guzmán, con aval del Presidente, revirtió en parte aquellas restricciones. Flexibilizó las operaciones de contado con liquidación, para dotar al mercado de mayor liquidez, aumentó la tasa de interés 12 puntos porcentuales en un mes para aumentar el atractivo de las colocaciones en pesos, y anunció la posibilidad de canjear bonos en pesos de corto plazo por bonos en dólares a mayor plazo, un mecanismo para dar salida a inversores extranjeros que, atrapados con pesos que cada día valen menos, parecían dispuestos a salir de su exposición a cualquier costo.

 

El resultado fue una caída de más de la brecha por debajo del 80%. La calma ganada le permitió al Ministro acudir al mercado de bonos con una serie de exitosas emisiones dólar-linked, que más que cubrieron las necesidades financieras de octubre y le permitieron cancelar adelantos transitorios del Banco Central y prometer que el Tesoro no volverá a recurrir a este tipo de financiamiento (emisión monetaria) en lo que resta de 2020. Así calmó las expectativas del mercado acerca de la inconsistencia que suponía un plan financiero que sólo descansaba en la emisión para cerrar los agujeros.

 

El giro ortodoxo se completó con un cambio de discurso respecto de la voluntad de solicitar nueva asistencia financiera al FMI – opción que el Gobierno ya no descarta de manera tan categórica.

 

Sin dudas, buscar soluciones más convencionales para los problemas descomprimió algunas tensiones en el sistema financiero y constituye un reconocimiento de errores para nada desdeñable. Sin embargo, el embrollo en que se encuentran tantas variables artificialmente contenidas tampoco puede ignorarse, y será necesario bastante más que lo que se vio hasta ahora para alcanzar un equilibrio general más estable.

 

Es aquí donde asoman dos límites para este tímido giro hacia la ortodoxia. El primero tiene que ver con la tolerancia ideológica y política hacia el experimento. El segundo, con lo que parece ser la intención de implementarlo de manera gradual.

 

La tolerancia política está delimitada por la carta abierta de la Vicepresidente. En el corazón de la falta de confianza empresarial y de los mercados yace la inestabilidad política innata al diseño del Gobierno, con un Presidente sin votos y poco liderazgo y una Vicepresidente dueña de los votos y que maneja la agenda. En su carta, Cristina Fernández insta al Presidente a dejar de cargar sobre ella las culpas de la inestabilidad económica, dándole rienda suelta para aplicar su plan. “¡Goberná!”, parece gritarle. Habrá que ver si el Presidente siente esa libertad, y si las distintas facciones del Frente de Todos aceptan no entrometerse. Por lo pronto, las reuniones de Guzmán con empresarios ya generaron algunas ambigüedades.

 

Al fin de cuentas, un giro hacia la ortodoxia equivale, en los términos simples de la política, a aplicar un ajuste en medio de una recesión. El intríngulis proviene de que, sin ajuste, la brecha cambiaria y la pérdida de reservas se harán incontenibles, y también insostenibles. Pero ajustar en recesión (y en pandemia) podría agravar la recesión y el malhumor social. Para la política, y para las preocupaciones judiciales de Cristina Fernández, un mal resultado en las elecciones de 2021 es un límite infranqueable.

 

A este desafío que plantean los intereses de la política se suman las dudas que provoca la estrategia gradual con que Guzmán pretende arreglar los desequilibrios. El ministro Guzmán se propone plantear al FMI un cronograma plurianual de achicamiento de la brecha fiscal hasta llegar al equilibrio. En castellano, eso significa que el déficit y la necesidad de financiarlo perdurarán algunos años. De no mediar una enorme buena voluntad por parte del FMI para solventar esa gradualidad, parece inevitable que sea la emisión monetaria la que cierre las cuentas. ¿Alcanzará con buena voluntad para evitar que la frágil calma se pierda?

 

Queda un imponderable: una segunda ola. Es el riesgo innombrable, que no cabe en ninguna proyección. Si cuando vuelva la temporada de gripe se replica lo que ahora ocurre en Europa, y el Gobierno reacciona igual que este año, la normalización quedaría en el terreno de los deseos.

 

Llevamos más de un mes desde que tocamos el más reciente de los fondos que desde hace casi tres años venimos tocando. Los intentos del ministro Guzmán parecen bien direccionados, pero los desafíos económicos son demasiado grandes como para pensar que para superarlos bastan las buenas intenciones. Probablemente haya ganado algo de tiempo como para diseñar un plan más consistente (¿habrá que decir sustentable?). Los pasos necesarios para alcanzar esa consistencia dependen de la paciencia de los agentes económicos con la gradualidad, y, sobre todo, de la voluntad de la política para soportar un giro incómodo.

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