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La diputada que se fue a Disney
La diputada que se fue a Disney
La diputada que se fue a Disney
En la Cámara de Diputados de la Nación -luego de la sesión en la que se produjo un insólito terremoto como consecuencia del rechazo de la Ley de Presupuesto para el próximo ejercicio- provocado por la reacción a una poco afortunada mezcla de prepotencia y de torpeza por parte del jefe de la bancada oficialista, éste se tomó la revancha consiguiendo con una mayoría ajustada de dos votos, la sanción de otra ley de importancia no menor, cual es la referida al régimen del impuesto a los bienes personales.

Cabe tener en cuenta, que luego de las últimas y recientes elecciones de legisladores para integrar ese cuerpo, la composición del mismo ha sufrido una importante modificación, ya que los dos bloques mayoritarios de ese Cuerpo –el del Frente de Todos y el de Juntos- se encuentran en una situación de virtual paridad, en cuanto al número de sus miembros.

Ello ha tornado casi imprescindible, que los proyectos de ley -en un gran número de casos y sobre todo en temas fundamentales- no tengan otra alternativa que ser sancionados por consenso. Y de no lograrse el mismo entre las dos bancadas mayoritarias, aquella que impulsa una iniciativa o la rechaza, tiene que buscar el apoyo de algunos de los otros bloques que integran el cuerpo, de manera de conformar la mayoría imprescindible.

Lo cual viene a querer decir que con la actual composición de esa Cámara, “cada voto vale”, y como consecuencia de ello cualquier ausencia al momento de la votación en ese cuerpo, puede llegar a tener graves consecuencias en lo que respecta al resultado de la votación. Dado que la misma provoca un vacío, que parece volverse notorio, con lo que cabría describir como un estrepitoso silencio, de ser posible conciliar el estrépito con el silencio.

Lo hasta aquí señalado, viene al caso porque la oposición toda –unida en este caso virtualmente sin excepciones- hubiera conseguido introducir modificaciones al texto del proyecto, si hubieran estado presentes tres diputados integrantes del bloque de Juntos. Cuya ausencia adquirió esa mezcla de estrépito y de silencio señalada.

Es que según se supo, uno de los ausentes -en este caso una diputada- se había marchado con sus hijos pequeños a los Estados Unidos, a donde los había llevado para que disfrutaran unos días en Disneylandia; el segundo tuvo que concurrir al casamiento de una hija, y el tercero estaba atacado con la peste que ahora busca contagiarnos, respecto al que ignoramos si no pudo haber participado en la sesión “a distancia”.

Se escucha señalar que en los bloques parlamentarios de la Sala de los Comunes inglesa, existiría un miembro al que se le da un nombre, que sería dable traducir como “latiguillo”, el que tiene como función primordial y principalísima, asegurar la presencia de todos sus integrantes en el recinto al momento de las votaciones.

De existir entre nosotros –en realidad ignoramos si existe o no, pero es notorio que en el caso de existir, en nuestro ejemplo concreto se ha mostrado incompetente- se hubiera persuadido a la diputada que se mandó a mudar con sus hijos, que no lo hiciera; al que se le casaba su hija, que solucionara la complicación de cualquier forma, al mismo tiempo que ignoramos la manera en que pudiera haber dado solución al problema del diputado apestado.

En realidad, de lo que estamos dando cuenta es de una anécdota, ya que lo que pasó no tiene remedio, y de lo que se trata es de dar vuelta la página. Aunque el así hacerlo, no significa que se lo pueda hacer de cualquier manera.

Ya que ese desafortunado episodio viene a mostrar hasta qué punto nuestros legisladores, en una proporción que no carece de importancia – lo descripto es un mero ejemplo-, consideran que su designación es la atribución de una “posición privilegiada”, y que por ende su actuar no debe tenerse por “un servicio” que viene a prestar en nombre no solo de sus votantes, sino de todos los habitantes del distrito por el que han sido electos.

En suma, no son más que mandatarios de todos ellos, lo que significa que deben comportarse como tales, y no erróneamente considerar que ya en su cargo, puedan moverse libremente, como si hubieran quedado desvinculados de su mandato.

Una composición de lugar, la precedente, que no tiene nada que ver con la tan manida cuestión de “quién es el dueño de las bancas”- o sea si las mismas son “propiedad” del partido que incluyó en su lista al legislador, o si pertenece a éste- porque la cuestión pasa por el hecho de que es un mandatario que se debe a quienes le han otorgado ese mandato.

Es que el no entenderlo así, no es sino el primer paso para sucumbir a la tentación de considerarse como integrantes de una casta privilegiada, una manera de ver las cosas que viene a provocar el descrédito de los elegidos, y de una manera indirecta de las instituciones a las que los mismos se han incorporado.

Mientras tanto, la sanción que les cabe a quienes “se hicieron la rabona”, no es cuestión que a nosotros nos atañe, pero se nos ocurre que una medida de este tipo en condiciones de ser considerada como ejemplar, caería bien en el cuerpo electoral y aliviaría la carga negativa que actualmente tienen que soportar en sus espaldas nuestras instituciones.

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