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El presidente Alberto Fernández hizo, durante una audiencia con el presidente español Pedro Sánchez, referencias políticamente incorrectas al origen étnico de distintas naciones latinoamericanas. Para colmo, lo hizo citando referencias erróneas: atribuyó su frase a Octavio Paz, cuando en realidad era prácticamente igual a una estrofa de la canción “Llegamos de los barcos”, de Litto Nebbia.

Es probable que las reacciones al equívoco presidencial sean reflejo de la irrelevancia a que ha llevado la horrenda política interna y exterior argentina a nuestro país. Casi no hubo respuestas oficiales a las barbaridades dichas. El propio Pedro Sánchez no reaccionó al fallido: quizás la política española tampoco sea demasiado culta digamos.

Lo que no escaseó fue la mofa, más que las respuestas ofendidas. El respeto interno y externo por la investidura de Alberto Fernández se perdió allá lejos y hace tiempo; hoy es más usual verlo convertido en meme que siendo citado por la influencia de sus dichos.

¿Qué fue más grave? ¿Referirse de manera casi discriminatoria al origen de brasileños y mexicanos, o la errónea atribución de la cita a Octavio Paz, el premio Nobel mexicano? Una revela la impostura de la corrección política y del reclamo de que hasta el lenguaje sea inclusivo; la otra, la banalidad con que la viveza criolla pretende disfrazar la chabacanería y la ignorancia.

En tiempos en que todo queda registrado, y los actos fallidos, que siempre existieron, devienen rápidamente tendencia en las redes sociales, son muchos los líderes mundiales que han sido captados en falta.

Sin embargo, en casi ningún caso, los actos fallidos, fruto de la ignorancia o de la incorrección política, impidieron que quienes en ellos incurrieron pudieran ganar elecciones. Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Pedro Castillo, junto a nuestro Alberto Fernández, son prueba del poco costo que acarrean las palabras y los actos fallidos. Las redes sociales exponen todo y lo exageran, pero esa misma exageración hace que el hartazgo con el asunto llegue pronto y que su recuerdo quede rápidamente extinguido.

¿Cómo puede ser que los políticos puedan hacer cosas que a quienes no ejercen ni aspiran a cargos públicos les merecen un escarnio más duradero? Una explicación podría estar relacionada con la grieta. Es irrelevante cuanto cada político diga o haga: sus seguidores perdonarán hasta las más aberrantes faltas, y sus detractores castigarán hasta el más venial de los pecados.

La otra explicación podría provenir de que tanto la ignorancia como la incorrección política están más extendidas de lo que se supone, y las barbaridades no son consideradas como tales por una franja grande de la ciudadanía.

Es interesante la coincidencia entre el furcio presidencial y el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina. Este informe incluye un capítulo especial a la infancia, con énfasis en la pandemia educativa en la que se ha sumergido nuestro país. Que apenas 30% de los estudiantes hayan tenido clases virtuales desde inicios de 2020 basta para presumir que el capital humano del que siempre se han jactado los argentinos está en un proceso de declinación que cuesta no suponer premeditado. En Argentina, la esencialidad de la educación corre a la zaga de la de todas las demás actividades. Confundir a Octavio Paz con Litto Nebbia es algo que detecta una minúscula fracción de la sociedad. La mayoría tiene problemas más serios como para que los deslices presidenciales la preocupen.

Devaluar la educación aumenta, para la política, la capacidad de engaño. Distorsiona la capacidad de discernir entre información objetiva e impulsos encendidos por influencers, y provoca decisiones más sensoriales que racionales. Las barbaridades acaban convertidas en meme: no son un asunto serio. Que la canción de Litto Nebbia se llame “Llegamos de los barcos” motivaba a algunos a reclamar que los barcos nos volvieran a buscar.

Es que, así como van nuestra política interior y exterior, dejamos de ser una tierra prometida. Más que a “Llegamos de los barcos”, hoy nos cae mejor “La balsa”, esa otra canción de Litto Nebbia que reza que “construiré una balsa y me iré a naufragar”. Sobran las palabras y faltan las ideas (las balsas) para escapar de este naufragio estructural en el que nos vamos ahogando.
Fuente: El Entre Ríos

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