Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido

El que no “apaga…paga”

Según cuenta un memorioso, de esos pocos que quedan, que han vivido en otras épocas, tan distintas a estos tiempos: se daba el caso de un padre, el cual obsesionado como estaba, por el ingrato monto de la tarifa eléctrica – o el costo de “la luz” como entonces, se afirma, “le decían” - cuando llegaba del trabajo a su casa, coincidente tantas veces con la caída del sol en el horizonte; algo que hacía que la obscuridad le ganara a la luz que junto al “astro rey” se retiraba; lo ´primero que hacía era avanzar apagando luces encendidas por todos las habitaciones de la casa por las que pasaba, hasta ingresar en el cuarto en que estaba habitualmente con su familia. Y ese era el momento en el que también diariamente, les decía a quienes en ese lugar se encontraban que el que “no apaga, paga”.

 

Queriendo de esa manera significar que quien no apaga – las lámparas de luz encendidas, en ambientes vacíos, por no encontrarse nadie en su interior-, termina “pagando”– o sea ver incluida en la boleta que da cuenta del consumo de energía eléctrica mensual, y del precio de lo consumido- por todo lo que era no otra cosa que un verdadero desperdicio.

 

Vemos cómo en esos entonces, se procedía de una manera totalmente opuesta a la que es la común en la actualidad, donde no resulta una fábula afirmar, que a nadie parece insoportable no desperdiciar el consumo de electricidad, y es por eso que resulta tan frecuente ver desde afuera –por no ceñirnos a referir lo que sucede adentro- a viviendas iluminadas por la noche “a giorno”, o sea logrando que se estuviera dentro, y aun fuera de la casa, como si “fuera de día”.

 

Sin contar los casos extremos, los que son verdaderamente desopilantes, en los que se ve a quien se retira de una habitación, dejándola totalmente vacía, sin preocuparse no sólo de “apagar las luces” que se encuentran en su interior encendidas, sino sin molestarse siquiera en apagar el acondicionador de aire, aparatejo este que había sido en un momento dado encendido, sin preocuparse por cerrar la ventana que se abría sobre la calle vecina, y que había quedado abierta luego de haber procedido- como ya lo hemos indicado, a poner en marcha el acondicionador... La descripción precedente, se trata de una referencia a una realidad incontrastable, con las lógicas diferencias de matices que inevitablemente se hacen presentes.

 

Y dejando atrás la que podría ser una explicación casi trivial de la situación, y de ese modo aludiendo a la mala educación que los padres se encargan de dar a sus hijos, aunque no se pueda pasar por alto que deba verse que ellos son por lo general los primeros que demuestran estar mal educados y de allí su comportamiento en la materia que no tiene nada de ejemplar; pasamos a proponer otra, metiéndonos en honduras que habitualmente somos esquivos en hacerlo.

 

Es que nos atrevemos a sugerir, que hasta un punto impreciso al que por nuestra parte no nos sentimos capaces de precisar lo que ssucede es que en los tiempos que corren enseñorea en nuestras mentes la idea, peligrosa por la gravedad, del error que ella implica, que “siempre que se hace presente una necesidad, se hace presente simultáneamente el derecho de reclamar su satisfacción”.

 

Sin detenerse a considerar en consecuencia, que se hace presente un interrogante acerca de “a quién es al que se debe reclamar” y “quien es el que como consecuencia de ese reclamo, el responsable de atenderlo de una manera obligatoria y a la vez satisfactoria”.

 

Todo lo cual, es consecuencia de una confusión que no es una cuestión de palabras, sino de carácter conceptual. Es que no es cierto que frente a la existencia de una necesidad, exista el derecho de reclamar su satisfacción, sino que lo que es verdadero es que “frente a toda necesidad, debe hacerse el esfuerzo indispensable para darle en lo posible exitosamente la respuesta adecuada”. O sea, superar la diferencia abismal de tener por “un derecho”, algo que habla de la necesidad de un esfuerzo.

 

Esos es lo que viene, en nuestra interpretación, a explicar nuestra despreocupación ante el hecho que en la actualidad las tarifas de consumo de energía eléctrica se las pueda calificar como “un regalo”, aun con el añadido escandaloso que significan ese conjunto de impuestos varios que en la factura respectiva se suman a aquélla tarifa y conforman el monto total de lo liquidado. De allí también, la poca atención que se presta en la actualidad a la existencia de “colgados”, es decir, a "los ladrones de electricidad", ya que la consumen, sin que el hacerlo quede registrado en medidor alguno.

 

Es que, bien miradas las cosas, todos venimos a ser una suerte de “colgados”, por más que estemos correctamente conectados al servicio que se nos presta. Ya que en una muestra de ingenuidad –que en realidad es en la mayoría una muestra de “mala conciencia”- parecemos no advertir que lo que se nos “regala” por una parte, tiene como consecuencia un descomunal déficit financiero consecuencia de la diferencia entre el precio de lo pagado por el servicio y su costo real; que nos lleva a una situación límite que es cada vez más difícil de manejar.

 

Somos conscientes que para todos, lo hasta aquí afirmado no existe sino como una explicación simplificada, y que inclusive puede contener alguna equivocación y muchas omisiones, de este verdadero drama. Pero no teniendo la presente nota la pretensión de ser un editorial, nos sentimos de todas esas faltas, excusados.

Teclas de acceso