Volviendo a decir de otra manera una y otra vez las mismas cosas
Al ponerme a escribir esta columna, se me ha hecho claro lo peor que le puede pasar a un periodista (algo que me siento, sin serlo en realidad), cual es tener la sensación que, como acabo de señalar, estoy una y otra vez volviendo sobre las mismas cosas, nada más que diciéndolas de otra manera.
Por Rocinante
Será a lo mejor por el párrafo de una entrevista que acabo de leer (y de ella, lo que sigue y que transcribo, se lo pueden saltear, porque debo confesar que, al menos en mi caso, no la he terminado de entender). Es en la que se dice que estamos en el desierto, ya que ni siquiera tenemos las preguntas correctas, no digamos las respuestas. Y aunque pueda parecer paradójico, y ser una frase tan absurda que un filósofo podría decirla, creo que lo que ocurre es que no estamos lo bastante perdidos. El arte de perderse, en el sentido más profundo, y el encontrar salvación en la sensación de perderse, es algo que podemos aprender y creo que debemos aprenderlo deprisa. Algo que interpreto que, hasta que no estemos del todo boleados, y nos volvamos conscientes de ello, no estaremos en condiciones de reencontrar ese camino, que es el correcto. Algo, que incluso me lleva a preguntarme si en verdad en algún momento lo hemos transitado.
Pero, creo que dejando de lado esas disquisiciones, que suenan a verdaderas y a lo mejor lo sean, por momentos tengo la impresión que la cuestión es en realidad mucho más sencilla, aunque recién comienza a aclararse, después de haber, por un tiempo tan impreciso como indefinible, estado girando como una calesita, tal cual por generaciones lo hemos estado haciendo; a la vez que teníamos la impresión de estar empantanados. La única duda que me queda es si inclusive ese movimiento circular es inexistente, y que lo que sucede, en realidad, es que venimos reculando como si fuésemos cangrejos.
En este tren de sincerarse, el que al menos en mi caso es verdadero; hasta pienso que debo pedir perdón por, al mencionar la pandemia y sus efectos, hacer referencia a los problemas entre dramáticos y trágicos que buscamos incesantemente que nos lastimen hasta el mayor extremo posible, señalando que los mismos como consecuencia de ella han quedado desnudados.
Es que se trata de un giro lingüístico que si bien puede sonar muy bien, resulta erróneo para explicar lo que nos ha ocurrido. Es que no se puede desnudar lo que ya está desnudo, y que así se presenta ante nuestros ojos. Ya que lo que ha ocurrido es que nos hemos empeñado en no querer verlos. Es por eso que, a través de su negación en una gradación despareja, hemos logrado volverlos invisibles, mientras seguíamos jugado a movernos en círculos, aunque con la impresión de que nos manteníamos en una situación de estabilidad que a la vez nos negábamos a ver como precaria, a pesar de que los recurrentes barquinazos se han convertido en un traqueteo continuado. Todo ello al borde de un precipicio, al que todavía se sigue viendo como si fuera no otra cosa que expresiones agoreras elucubradas por falsos videntes.
De ese modo no resulta extraño que recién parezcamos habernos percatado que el Poder en su realidad inasible, es siempre un ente peligroso, independientemente del hecho que se lo ubique encarnado en un Estado, y aun en el caso que éste formalmente, se presente como Estado de Derecho. Es que, por lo general, pasa desapercibido que lo que es siempre aunque más no fuera, potencialmente peligroso, es el Poder en sí mismo, y no tan sólo las personas que lo ejercen.
Frente a lo cual se debe dejar bien en claro que el Poder no deja de ser imprescindible, en la medida en que la nuestra no es una sociedad de ángeles, sino de hombres, y que, por lo mismo, de lo que se trata es de lograr que el mismo se lo vea empuñado por personas que demuestren una auténtica Autoridad, y aun así exige que todos permanezcamos atentos y vigilantes, dado que la carne de quienes gobiernan es tan débil como la del caso de cualquier mortal; circunstancia añadida siempre al hecho que la tentación existe, y que ella exige un valor cada vez mayor, a medida que el Poder se vuelve más próximo. De allí que nunca se pueda echar en saco roto al famoso apotegma de Lord Acton, que nos dice que todo poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.
Quiere ello decir, que siempre se da el hecho que el poder estatal tenga en grados diversos, algún modo de control sobre nuestra existencia cotidiana. Y que este último aspecto, según las consideraciones de otro autor, se ha vuelto muy evidente ahora con la pandemia. Porque muchas de las cosas que se dieron antes, son similares a las que ahora tenemos. Aunque creo que nuestra generación nunca había visto el poder del Estado. El cual siempre estuvo ahí, pero no tenía control real sobre nosotros. Ahora, con la pandemia, sentimos que básicamente el Estado se ha quitado los guantes y hemos notado su mano fría: y eso es nuevo para nosotros.
El estado argentino vuelve a mostrarse como uno sin guantes
Dentro de ese contexto, es que en el actual momento se hace presente entre nosotros con una plenitud exacerbada, aunque esforzadamente se logra contenerla, aquello que Marcelo Elizondo, un calificado analista y consultor económico, en una nota de opinión aparecida hace de esto muy pocos días en el diario La Nación bajo el título El prohibicionismo se ha impuesto en la Argentina, lo que él denomina tácitamente, ya que no le dar nombre alguno, como un Estado prohibicionista.
Una nota cuyo acápite viene a decirlo todo, del sentido del contenido del texto, cuando señala que en una sociedad libre, el gobierno no debería administrar las cosas de la gente, sino administrar justicia entre la gente que administra sus propias cosas.
Paso a transcribir, por considerarlo un atinado llamado de atención, dos párrafos de esa nota.
En el primero de ellos se señala que hace algunos días dirigentes ruralistas protestaban por el regreso de la prohibición (primero total, después parcial) de exportaciones de carnes. (El mismo tipo de protesta que el pasado viernes se ha visto repetida en alguna de nuestras rutas) Pocos días después, el índice internacional MSCI calificó a nuestro país en la pésima categoría standalone ( o sea algo así como mercado que no encaja en ninguna clasificación, y que por eso queda en la situación de mercado solitario–lo que hace inelegible a la economía argentina para acceder al financiamiento internacional–, y entre sus razones se encuentra la restricción al acceso regular de divisas para el pago de obligaciones (comerciales o financieras) contraídas por empresas en el exterior.
Para, en un segundo párrafo, incorporar esa circunstancia dentro de un contexto mayor. Es cuando pasa a describir otros ejemplos de un modelo que se ha impuesto en la Argentina: cuando algún día se prohibió la participación de simpatizantes de equipos visitantes en los estadios de fútbol, otro se impidió a las personas comprar dólares en los bancos en los que operan, están prohibidos los despidos de trabajadores en las empresas y siguen desautorizados servicios de transporte individual de pasajeros provistos por plataformas desde aplicaciones móviles. A un ex futbolista se le impidió la compra de vacunas contra el Covid para ser donadas y empresas internacionales abandonaron la Argentina por restricciones que les impiden operar. Está prohibido a compañías exportadoras cobrar los dólares que sus propios clientes les pagan conforme los contratos que firman (a cambio, el Banco Central les entrega pesos a una tasa de cambio inferior a la de mercado) y a las empresas que abastecen nuestro consumo doméstico se les impide acordar precios con sus clientes. La reciente ley de teletrabajo lo restringe fuertemente. Y está vedado pactar cláusulas libremente en contratos de alquiler. Se ha prohibido a los supermercados exhibir físicamente los productos como consideren más apropiado y hasta está observada jurídicamente alguna manifestación pública sobre asuntos políticamente sensibles. Y los uruguayos se quejan de que no aceptamos levantarles la prohibición de celebrar acuerdos comerciales internacionales imperante desde hace 30 años en el Mercosur.
No se trata de que queda prohibido prohibir
En ocasión de la estudiantil revuelta parisina de 1968, una de las consignas a las que se observaba salpicando las paredes de la ciudad, era precisamente esa: prohibido prohibir.
Por mi parte nunca, en mi manera de ver las cosas, la he tenido como correcta y válida. Dado que está claro que existen comportamientos que no pueden ser admitidos. Pero los que entran en esa categoría, debe procurarse que sea el menor número posible. Y que cuando así se los señale, no sea de una manera arbitraria, y en la que en ningún caso esté ausente, para explicarla y a la vez justificarla, una razón válida.
Es que un estado prohibicionista, y eso mirado con mucha buena voluntad, hace acordar a esas madres sobre protectoras, que por pretender cuidar a sus hijos de una manera obsesiva, terminan asfixiándolo, al no permitir el desarrollo saludable de su personalidad.