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Le damos tan poca importancia a los humedales, que la mayoría de nosotros ni siquiera sabe lo que ello significa. Si consultamos el diccionario, nos encontramos con que un humedal es una zona de tierra, generalmente plana, cuya superficie se inunda, ya sea de manera permanente o intermitente. Ello significa que, al cubrirse regularmente de agua, el suelo se satura, quedando desprovisto de oxígeno, dando lugar a un ecosistema híbrido, entre lo puramente acuático y lo terrestre.

La precedente es la descripción que podemos considerar técnica y hasta científicamente correcta de la expresión, pero en puridad, independientemente de la importancia que ellos tienen en general para la preservación del ecosistema, queremos ocuparnos de ellos de una manera más acotada. Lo será, en la medida que nuestro interés es hacer referencia a relativamente grandes superficie de terrenos bajos, y por ende inundables, que en forma creciente en la parte este del territorio provincial son materia de relleno, con el objeto de elevar su cota, de manera que dejen de serlo y que estén a resguardo de las crecientes, de manera de poder afectarlo al desarrollo de diversas urbanizaciones con fines turísticos y la construcción de viviendas de vacaciones o de fin de semana.

No es la indicada una cuestión menor, ya que sus consecuencias se volvieron palpables luego de la catastrófica inundación provocada por lluvias intensas en la localidad bonaerense de Luján y sus extensas zonas circundantes. Unida esa circunstancia a la dificultad de desagote de las masas de agua resultado de aquellas, como consecuencia de haberse procedido al cegamiento de enormes extensiones de bajíos. O sea, de zonas anegables que servían precisamente de reservorio para ser ocupados con el incremento del caudal del agua normal de los ríos y arroyos precisamente por esa circunstancia. Terrenos que por haber sido rellenados y elevada su cota impidieron que el mayor caudal de la vía de agua le permitiese desbordarlo. Como detalle anecdótico, cabría señalar que milagrosamente se salvó de ser anegada la basílica de esa ciudad, circunstancia que algunos consideran pura casualidad y otros una circunstancia milagrosa.

Nos encontramos aquí, ante un ejemplo claro de lo que significa el hecho de juntarse el hambre con las ganas de comer. Dicho con todas las letras, está por una parte la codicia que en más de una ocasión acompaña a los desarrollos inmobiliarios, y la incuria de los funcionarios competentes en este tipo de cuestiones, que por lo general se contentaron con resolverlas sentados detrás de un escritorio, sin efectuar las indispensables recorridas sobre el terreno.

Una situación parecida a la que se vive en muchas localidades de la misma región, donde la lasitud respecto a hacer respetar a rajatabla las normas existentes en materia de prohibición de edificar por debajo de una determina cota, que coincide con la que debajo de la cual queda el terreno anegado por las grandes crecientes, ha llevado no solo al reclamo, sino a la construcción de defensas. Con un costo que se ignora en muchos casos si no sería mayor que el que signifique el traslado de la población de esas zonas inundables, de una manera permanente, a lugares seguros.

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