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Tanta idiotez erosiona los límites de la tolerancia

Iba a ser una fiesta, más allá del resultado final. Terminó siendo un grotesco. Una sucesión de culpas que el silencio ubica allí donde el cántico popular que titula esta nota las ubica sin distinción de credo político o color de bandera deportiva.

Si la fiesta no ocurrió, fue por una única razón: falló el operativo de seguridad. Se dice que había 3.000 efectivos, entre Policía de la Ciudad, Policía Federal, Gendarmería y Prefectura. En vano. Inútiles para frenar a una horda de no más de 500 energúmenos. Incompetentes para proteger a un único ómnibus. Incapaces de diseñar para ese ómnibus un recorrido que no fuera un blanco perfecto.

La responsabilidad que asumió el Jefe de Gobierno de la Ciudad es compartida. El Ministro de Seguridad porteño ya debería haber renunciado. Pero el amianto que reviste a la clase política también se apoderó de esta casta que se jacta de provenir del sector privado, donde estos yerros no se perdonan. El Presidente y la Ministra de Seguridad de la Nación, que hace pocos días se ufanaba de que cuidar el partido sería un juego de niños en comparación con los requisitos de seguridad que demanda la reunión del G-20, son partícipes centrales de este papelón de dimensiones globales, reflejado con estupor en los medios de prensa internacionales. Por ocuparse mal, o por delegar en otros el cuidado de algo que de ninguna manera debía salir mal.

Poner la causa de los disturbios en los allanamientos de la tarde-noche del viernes, durante los cuales se secuestraron 300 entradas y 7 millones de pesos a barrabravas de River, sólo agrega leña al fuego. Alguien tuvo el coraje de hacer lo que se debió hacer hace muchos años un día antes del que sería un partido muy exigente en materia de seguridad. El sábado, a sabiendas del riesgo asumido, debió existir la inteligencia para suponer que el caldo estaría espeso y el coraje para poner mano dura en el procedimiento de seguridad. No hubo ni inteligencia ni coraje.

Hay maledicentes que se preguntan si los allanamientos fueron ordenados por quien Lilita Carrió denuncia como operador judicial del Gobierno, para beneficiar al club del que es presidente. Suena inverosímil, sobre todo porque la integridad física de los jugadores del club estuvo en riesgo. Hay otros maledicentes que dicen que la dirigencia de River sabía lo que ocurriría. De algún lugar sacaron los allanados esas entradas con las que harían su negocio.

Los barrabravas son parte de una gran mafia, con vínculos con la policía (este cronista vió con sus propios ojos a algunos uniformados llevándose parte del botín de los trapitos), los sindicatos (en cualquier movilización sindical puede uno encontrar las remeras de unos cuantos clubes de fútbol, vestidas por barrabravas) y el narcotráfico (evidente en Rosario, y que no es ajeno a otros clubes).
El secuestro de dinero y entradas supuso un golpe importante a la mafia. Un golpe que requería una vendetta que el operativo de seguridad les sirvió en bandeja.

No prever el riesgo da cuenta de un amateurismo que preocupa. La distancia entre asignar la culpa de lo ocurrido a los allanamientos del día anterior y autoincriminarse es cortísima.

El resto de la historia, por conocida, ya no sorprende. La imbecilidad de la Conmebol no tiene límites. A las 14 ya sabía que el equipo de Boca no estaba en condiciones de competir. Manosear a 60.000 personas durante 5 horas fue un bochorno. Volver a hacerlo el domingo, una tocada de culo.

El amateurismo en el operativo de seguridad sorprende. La falta de coraje, por recurrente, decepciona. Sólo es posible que un puñado pueda arruinar un programa de 60.000 personas porque el Gobierno tiene miedo de hacer cumplir la ley. Porque nos hemos dejado convencer de que los derechos de las minorías siempre son superiores a los de la mayoría. El temor a reprimir es tan fuerte que siempre opta por violar los derechos de la enorme mayoría de personas normales. Estoy harto de los derechos mal entendidos y de la falta de coraje del Gobierno, que ata de pies y manos a los operativos de seguridad.

El sábado estuve en el Monumental con mis hijos. El domingo, harto del manoseo, la imbecilidad de tantos, y el nuevo triunfo de los malos, había decidido no ir. Tenía que ser una fiesta. El partido del siglo. La inutilidad de tantos lo convirtió en la desazón del siglo. Me sacaron las ganas de ser socio de River. Me sacaron las ganas de volver a la cancha. Me importa poco y nada la Libertadores; ya no es, como dice el canto, mi obsesión.

El único hit que se me pegó es el que el sábado volvió a sonar con fuerza y da título a esta nota.
Fuente: El Entre Ríos (edición impresa).

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