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Como es sabido por todos, vivimos un momento de grandes odios e impulsos de venganza a flor de piel. Aunque como contraste, también lo estamos en una época de “enamoramientos” no solo extraños, sino que, incluso, no son tales.

Ello así, por cuanto se trata de un tipo especial de “salvavidas”, al animarnos a darle aquel nombre a ese aferramiento desesperado tanto a realidades tangibles, como también puede darse el caso a meras ilusiones, con el que se trata de evitar un desenlace infausto o, por lo menos, posponerlo.

Así, entre nosotros, este giro idiomático, surgió para aludir a esa cuarentena sin final preciso que estamos soportando. Que es algo que se habría dado primeramente con la aplicación de esa expresión, utilizada de una manera cizañera, para referirse a las dudas propias de Hamlet de nuestro presidente, de su consejo de sabios y sus colaboradores inmediatos; al tener presente las sucesivas prórrogas a ese no declarado “estado de alarma pública”; el cual, junto a su símil más recatado, señalado como “la cuestión de la deuda” llevaba a la existencia de razones consideradas equivocadamente como válidas, para la postergación del anuncio de su programa de gobierno por parte del actual presidente.

Ya que, como es tradicional, un anuncio de esta naturaleza, al menos en sus líneas u orientaciones generales suena a extraño, el no haberse incluido en su primer mensaje del presidente como tal. Que como es sabido, es lo habitual que dirija, no solo a la Asamblea Legislativa en el acto se asunción, sino de una manera implícita al pueblo de la Nación, de una manera simultánea.

En tanto, debemos proseguir con otro “enamoramiento” que va más allá de los que aquí vivimos, ya que se trata de un sentimiento que bajo la forma de “encantamiento”, parece haber cautivado a una gran parte del mundo. Nos estamos refiriendo a la forma con que, no solo en nuestro caso, sino también en otros lares, se ha comenzado a mirar a nuestro vecino oriental, o sea el Uruguay.

El mismo que, en su época, buscó de todas las formas posibles ser una de nuestras provincias -algo que no llegó a ser, como se sabe, como tantas otras cosas, como consecuencia de las malas prácticas de nuestros mandamases de turno-, y que se expresaba en un sentimiento del cual quedan todavía resabios de nostalgia, en el caso de quienes se auto identifican como “argentinos orientales”. Una manera de identificarse que en la actualidad se ha convertido casi en una excentricidad; algo que es fácilmente constatable, en la medida en que nuestros vecinos y hermanos han dejado de utilizar el patronímico “orientales” para identificarse y lo han reemplazado por el de “uruguayos”, por más que su himno nacional siga proclamando “orientales, la patria o la tumba”.

Razones no faltan para que esa atracción se haga presente. No solo sus paisajes naturales, que no se limitan a sus playas oceánicas. Ni tampoco el hecho que cuente con una población homogénea, amable en el trato y hasta dispendiosa en la acogida, que se manifiesta respetuosa hacia el otro.

Todo ello, como consecuencia de la formación cívica de su pueblo, a lo que se suma la robustez de sus instituciones, consolidadas en la alternancia del poder. Prueba de todo lo cual, se la tiene en los momentos actuales, en el modo con el que ha sabido manejar sin estridencias la peste, de una manera no solo ejemplar, sino que ha llevado a que se encuentre entre las naciones que, a estar a documentos de organismos internacionales, se encuentra ubicada en la acotada lista de los países a los cuales cualquier persona está habilitada a viajar sin temor.

Y en el caso concreto nuestro, esa atracción es la que llega hasta el extremo de que algunos entre nosotros se haya allí radicado o busque hacerlo; sobre todo en el caso de porteños y habitantes de las provincias del Litoral, viene a explicarse por la tranquilidad que inspira su seguridad jurídica y una economía que se presenta como cada vez más abierta al mundo.

Todo ello encomiable y cierto, pero que de cualquier manera no lleva, en nuestro caso al menos, ni siquiera a despertar el deseo subconsciente de abandonar nuestro terruño. Ello así, ya que estimamos que de cada uno de nosotros depende, con esfuerzo y armonía, lograr que nuestro país llegue a ser lo que debiera. Y no a lo que estamos “condenados”, como lo afirmara Eduardo Duhalde, apelando a una frase poco feliz.

Y si nos hemos dejado llevar por un verdadero desparramo de elogios, por cuanto nuestra intención es referirnos a Ernesto Talvi, y por sobre todo a una inquietud suya que nos ha dejado “encantados” al conocerla, y en la que se halla el contenido del verdadero núcleo de esta nota. A todo lo cual, lo hasta aquí puesto de manifiesto no es sino una suerte de prólogo.

Comencemos por Ernesto Talvi. Se trata de un hombre público uruguayo, hasta hace poco no demasiado conocido, ni siquiera en su propio país. A pesar de ser un solvente economista, militante en las filas del Partido Colorado, dentro del que en sus últimas elecciones primarias, pujó y obtuvo la candidatura presidencial por su agrupación política, después de haber quedado ubicado en tercer lugar en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, con casi el 13% de los votos. Talvi y su partido integraron, junto con otros cuatro más, la coalición política que, en la segunda vuelta, lograron encumbrar a su candidato, que en la primera lo había sido del “blanco” Partido Nacional, el actual presidente Lacalle Pou.

Designado ministro de Relaciones Exteriores de su país, por el flamante presidente, dejó su cargo renunciando al mismo, a poco más de los cuatro meses de asumirlo, por sus discrepancias con el presidente por la posición más moderada que, según su criterio, debía adoptarse con respecto a Nicolás Maduro.

No porque no compartiese el ver a Venezuela y su actual régimen como el correcto blanco de todas las descalificaciones posibles -y de las imposibles también- sino por considerar que, a pesar de ello, extremar la postura opositora en relación al “hijo de Chávez” y su pandilla de secuaces, lo único que iba a lograr era cerrar la posibilidad de cualquier salida pacífica del mismo. Un criterio, tan respetable como el opuesto. Pero que, a diferencia de lo que se puede imaginar que hubiera sucedido entre nosotros, no provocó un escandaloso estrépito, de aquellos a los que por nuestra parte estamos familiarizados.

Pero antes de dejar su cartera, según información a la que apenas se prestó atención, si es que la tuvo, se dio cuenta de que Talvi, todavía en su cargo, y desde el Ministerio de Relaciones Exteriores que estaba a su mando, solicitara informes a las nuevas autoridades de las comisiones binacionales, entre ellas la CARU (Comisión Administradora del Río Uruguay) y la CTM (Comisión Técnica Mixta de Salto Grande), como asimismo a la CARP (Comisión Administradora del Río de la Plata). Un pedido que, en las redes sociales, fundamentó diciendo que “las comisiones binacionales CARU, Salto Grande y CARP tienen un presupuesto conjunto mayor al de toda la Cancillería".

Añadiendo que "por transparencia y respeto a los contribuyentes, hoy pedimos a las nuevas autoridades un informe exhaustivo de ingresos, uso de recursos y situación patrimonial", agregó. Para concluir señalando que "se solicitó, entre otros: número de funcionarios (permanentes, asesores, contratados), forma de ingreso (concurso o contratación directa), remuneraciones y beneficios, contratos con empresas de servicios tercerizados, licitaciones para la realización de inversiones".

Indudablemente, el arquetipo de nuestros dirigentes es un “Anti-Talvi”, de los cuales estamos llenos.

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