Suena extraño, y hasta un poco loco, el hecho que en medio de la actual situación, prestemos atención a los trabajos de reconstrucción de una plaza. Algo que en Colón ha estado sucediendo en estos días, en las jornadas previas al brote viral.
Se trata de una plaza cuyo nombre nunca nos ha quedado bien en claro. Ya que, de un momento para otro, y sin que sepamos de ninguna disposición formal, pasó a conocerse como plaza San Martin; aunque hubo un tiempo en el cual, en las conversaciones entre vecinos, esa designación se la alternaba con la de 25 de mayo.
Se trata, lo ocurrido –y que, por otra parte recién comienza- de una circunstancia que consideramos destacable, ya que siempre en nuestras notas acerca de este tipo de temas, ha sido una suerte de latiguillo, el insistir en la advertencia acerca de que el estado de las plazas, es una prueba rápida y certera de la calidad de la administración municipal. Y en el caso de esa plaza, a lo largo de sucesivas administraciones se fue acentuando su grado de deterioro, perceptible en el abandono de sus veredas y veredones rotos o rajados, con sus senderos que en su momento fueron de granza, que poco a poco se cubrieron con un pasto –no es correcto hablar de césped- pinchudo que lo afeaba; con bancos en distinto grado de destrucción, despintados y notoriamente escasos; ya que una plaza no es un lugar de paso, sino entre otras cosas, el de dejarse estar moroso.
La lista de esperpentos, que suma la necesidad palpable de la reconstrucción de canteros desde el vamos, es mucho más larga. Y se nos ocurre que bien merece la contratación de un paisajista para atender a su diseño definitivo, luego de la actual labor de emprolijamiento, que ha permitido mejorar en pocos días, lo que se dejó arruinar a lo largo de los años.
Un paisajista o un especialista de incumbencias similares, que tendrá que decidir si los espacios que conforman la plaza deben contar con sombra arbórea en los tiempos estivales, o seguir siendo, como hasta ahora, una superficie carente de todo resguardo, donde el sol golpea fuerte en los veranos. Y ver la manera de eliminar ese feo y sucio grupo de piletones enrejados, que rodean el pedestal donde se levanta la estatua ecuestre de nuestro prócer máximo; “emprendimiento” que, en hace de esto ya un tiempo largo, llevó a un intendente “innovador”, a reemplazar de esa manera a un decoroso jardín que rodeaba al monumento.
Todo lo cual lleva a aspirar a que en un momento, que no es obviamente el actual, se contemple la posibilidad de aumentar el número de plazas, en una ciudad en la que prácticamente no existe ninguna fuera de lo que era el primitivo casco urbano.